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La mujer de la mirada inmortal

La actriz podría ser enterrada en el cementerio WestWood Village Memorial Park de Los Ángeles, al lado de Marilyn Monroe y Natalie Wood.

Fernando Araújo Vélez

23 de marzo de 2011 - 05:00 p. m.
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Por las mañanas, después de un té, se peleaba los periódicos con Richard Burton. Al mediodía ojeaba las 500 o más cartas que su secretario personal, Raymond Vignale, le seleccionaba; cartas de amor, peticiones, favores, halagos, una que otra propuesta indecente y uno que otro saludo. Un señor le pedía 20 millones de dólares para un albergue. Una señora le preguntaba por el secreto de la eterna belleza. En las tardes salía de compras con Burton y sus perros pekineses, y en la noche se mostraba ante quien quisiera verla, que eran todos, a veces inaccesible, a veces distante, pero siempre radiante. De día era una mujer sin maquillaje, invisible. De noche, una diva a cuya sombra deambulaban James Dean, Katharine Hepburn o Rock Hudson, por ejemplo. Laurence Olivier o Marlon Brando.


Elizabeth Taylor pasaba en dos segundos de la risa por las caricaturas de Carlitos, a la depresión por una foto que publicaban en cualquier diario del mundo, “¿Por qué estos tienen que hacer cosas como éstas?”, decía y repetía al borde del llanto. Del amor hacia Burton al pánico por los ratones, de la inocencia de esperar a Santa Claus cada 24 de diciembre, a la ira porque le servían sin sal un puré de papas. Era tímida, pero tenía destellos de soberbia, sobre todo cuando alguien a su alrededor le señalaba que iba tarde a una reunión. “Si la reina Isabel me esperó 10 minutos y el mariscal Tito 20, cualquier otro puede aguardar cinco”.


Aunque sus pequeños miedos la acorralaban, miedo a una alimaña, a que algún día se le olvidara un parlamento, a que las medias se le rompieran, solía ignorar los grandes peligros. En 1969, cuando Charles Manson asesinó a Sharon Tate, Liz Taylor recibió una notificación de la Policía según la cual Manson la condenaba y amenazaba con sacarle los ojos. En la misma lista negra de celebridades se encontraba Frank Sinatra, a quien le cortaría la lengua y le obligaría a oír sus discos hasta el fin de su vida.

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Taylor jamás respetó las infinitas medidas de seguridad que quisieron imponerle. Su séquito, a escondidas, tuvo que reforzar su cuerpo de guardaespaldas, tanto en Los Ángeles como en Gstaad, donde pasaba la mayor parte de su tiempo, y en un yate que compró en Londres para vivir sobre el Támesis con Richard Burton “la más linda historia de amor del Siglo XX”, como decían en las revistas y los periódicos.


Se habían conocido en 1961, durante el rodaje de Cleopatra. Él, galés, actor de teatro, serio, profundo, un eterno inconforme que quiso ser escritor. Ella, londinense, estrella, ganadora del Óscar en 1960 por ¿Quién le teme a Virginia Wolff? (En el 66 obtendría otro Óscar, por Una mujer marcada), irresistiblemente bella, una eterna inconforme en el amor, “En cada aliento que uno toma en la vida, debería tener a alguien en mente”, escribió el 22 de julio de 2010 en un twit. Días antes había dicho sobre los twitters: “A veces creo que sabemos demasiado de nuestros ídolos, y eso arruina el sueño”.


Para Burton, Elizabeth Taylor no sólo era la mujer más bella que había existido en el mundo, sino la mejor actriz. “A su lado —dijo un día— Greta Garbo o Ava Gardner la hacen reír”. “Si me dejas, tendré que matarme, no hay vida sin ti”, le escribió por aquellos años en una carta que ella guardó, como todas las otras, y que a fines de los 90 entregó a los escritores Sam Kashner y Nancy Schoenberger para el libro Furious love: Elizabeth Taylor, Richard Burton and the marriage of the century.

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Después de los 70, y luego del divorcio de Burton, Taylor comenzó a difuminarse. Contrajo matrimonio otras siete veces y tuvo cuatro hijos. Actuó en algunas películas como El espejo roto, en series de televisión como Hotel y All my children, apareció en diversas campañas benéficas al lado de su gran amigo Michael Jackson y en esporádicas entrevistas. Su historia, su gran historia, ya estaba escrita. Escrita y filmada, fotografiada y reproducida miles de millones de veces. Nada ni nadie pudo opacarla. Ni la ausencia ni la muerte de Burton en agosto del 84 ni los rumores sobre su salud ni las certezas de sus enfermedades. Elizabeth Taylor brilló desde su infancia, y ese brillo lo adosó con sus ironías. “Algunos de los mejores compañeros de reparto que he tenido han sido perros y caballos”, “Las ideas mueven el mundo sólo si antes se han transformado en sentimientos”, “Sólo me he acostado con hombres con los que me he casado. ¿Cuántas mujeres pueden decir eso?”.


Palabras de Michael Wilding, hijo de la actriz

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“Mi madre era una mujer extraordinaria que vivió al máximo con gran pasión, humor y amor. A pesar de que su pérdida es devastadora para aquellos que la teníamos cerca, siempre estaremos inspirados por su contribución al mundo. Su  notable trabajo en el mundo del cine, su éxito  como empresaria y su  valiente e  incesante  apoyo en la lucha contra el SIDA, nos llenan de orgullo. Sabemos simplemente que el mundo es un mejor lugar porque mamá vivió en él. Su legado nunca desaparecerá, su espíritu siempre estará con nosotros y su amor vivirá por siempre en nuestros corazones”.

Por Fernando Araújo Vélez

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