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“La Odisea”: una lectura filosófica de un viaje erótico (II) (Sobrepensadores)

A propósito del renovado interés por “La Odisea”, tras el estreno del filme de Christopher Nolan, este texto explora la filosofía detrás de la identidad, el destino y el erotismo en la obra.

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Roberto Palacio
22 de agosto de 2026 - 03:00 p. m.
Matt Damon fue el encargado de encarnar a Odiseo en la adaptación cinematográfica del poema de Homero de Christopher Nolan.
Matt Damon fue el encargado de encarnar a Odiseo en la adaptación cinematográfica del poema de Homero de Christopher Nolan.
Foto: Melinda Sue Gordon/Universal Pictures
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Lo primero que me enseñaron los profesores de filosofía antigua griega y de literatura es que la filosofía nació en un intento deliberado por distanciarse de la obra de Homero. Pero al volver a leer una de las piezas centrales de la antigua épica, tantos años después, encuentro que las primeras ideas de los presocráticos e incluso de Sócrates ya estaban prefiguradas en la Odisea. Esta aborda al menos dos grandes temas de interés filosófico: el destino y la identidad.

Por un lado, cuando uno contrasta la idea del destino en la Odisea con aquella que hay en la Ilíada, salen a relucir diferencias significativas. Cuando Héctor, el guerrero troyano en la Ilíada, sale a enfrentar a Aquiles, el gran campeón de los griegos, le confiesa a su esposa Clitemnestra que sabe que morirá, pero que en ello se resuelve su destino. Hay una inevitabilidad en su muerte, en su historia, que él mismo conoce y que acepta incluso con dolor ante el hecho de dejar a su esposa y a sus hijos. En la Odisea, por el contrario, el destino de Odiseo se juega contra el designio de Poseidón, que no le quiere permitir el regreso a casa debido a que ha cegado a su hijo Polifemo, el cíclope. Odiseo intentará engañar al dios de los mares incluso con las ofrendas aduladoras. Igual que en Edipo Rey, su destino se desarrolla justamente en un intento de huir de él. El contraste entre estas dos ideas de destino es tan notorio como el que hay entre la rígida escultura de los antiguos egipcios y los cuerpos vivientes de Fidias en el Partenón.

En cuanto a la identidad, un tema a todas luces filosófico, la Odisea recoge una larga tradición de reflexión en la mitología y la épica griega. Cuando Teseo regresa de matar al Minotauro, sus congéneres lo reciben como un héroe a tal punto que dejan su nave en lo alto de una montaña como un monumento. Poco a poco, cada planchón, cada cuerda se pudren y son reemplazados, hasta que al fin los atenienses se quedan atónitos preguntándose si es la misma en la cual regresó Teseo. Los antiguos estaban fascinados por la mismidad, por el origen, por lo que perece y lo que no. En la Odisea, la pregunta por la identidad se refiere sobre todo a la identidad de las personas. Odiseo regresa a su casa transmutado por Atenea en un anciano que no recuerda del todo a su amada Ítaca. ¿Era el mismo Odiseo que partió a la guerra? Cuando se encuentra con su hijo Telémaco y este no lo reconoce por ir como un mendigo, el héroe señala cómo ha sido cambiado por Atenea a veces en contra de su voluntad:

Lo que has presenciado es obra de Atenea, que impera en las batallas; la cual me transforma a su gusto porque puede hacerlo; y unas veces me cambia en un mendigo y otras en un joven que cubre su cuerpo con hermosas vestiduras. Muy fácil es para las deidades que residen en el anchuroso cielo dar gloria a un mortal o envilecerle.

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A pesar de ello, son los perros de Ulises los que lo reconocen a través de ese algo inextinguible que hay en nosotros, algo que quizá puede engañar a los hombres, pero no a los seres que tienen un contacto más básico con nosotros, olfativo, sensorial. Es como si hubiera una esencia inocultable a la que no podemos renunciar. Parte de esa “esencia” de Odiseo es ser astuto, no resolverlo todo por la fuerza bruta, saber mentir y urdir planes que lo mantendrán con vida. También es algo de lo que carece la mayoría de los héroes de la Ilíada: la capacidad de seducción.

Este es un aspecto de la obra que se nos escapa por la sacralidad con la que nos acercamos a los clásicos. Pero la Odisea narra un recorrido erótico por el lecho de diosas y mortales con las que Odiseo tuvo contacto durante los 20 años que se demoró en llegar a casa. Con la ninfa Calipso, por ejemplo, quien lo tuvo preso por 7 años, incluso en su despedida, cuando ella a regañadientes lo debe dejar ir por designio de Zeus, la pasión desflora. Se despiden de esta forma:

Púsose el sol y sobrevino la oscuridad. Retiráronse entonces a lo más hondo de la profunda cueva de Calipso, y allí, muy juntos, hallaron en el amor contentamiento.

La hechicera Circe, a cuyo palacio arriba Odiseo con sus hombres en otro giro del destino, y quien convierte a todos los hombres de Odiseo en cerdos, cae rendida a sus pies al comprobar que este era inmune a sus encantos y a sus hechizos gracias a una pócima protectora que le ofrece Hermes:

¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? Me tiene suspensa que hayas bebido estas drogas sin quedar encantado, pues ningún otro pudo resistirlas tan luego como las tomó y pasaron el cerco de sus dientes. Alienta en tu pecho un ánimo indomable. Eres, sin duda, aquel Odiseo de multiforme ingenio, de quien me hablaba siempre el Argifontes que lleva áurea vara, asegurándome que vendrías cuando volvieses de Troya en la negra y velera nave. Mas, ea, envaina la espada y vámonos a la cama para que, unidos por el lecho y el amor, crezca entre nosotros la confianza.

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Se trata, sin duda, del enorme atractivo que ejerce sobre una mujer bella y poderosa el hombre que no sucumbe a sus encantos. Esta pregunta que se hace Circe es justamente la que se hace la mujer que cree haber renunciado a los hombres ocultándose detrás de muros protectores, pero que se entrega al amor repentino por un hombre que la seduce plenamente: ¿pero quién eres tú que me ha sacado en un solo momento de todo el muro protector que había construido en torno mío? ¿Cuál es tu origen? ¿Cómo llegaste hasta mí? A los demás hombres que sucumbieron a su hechizo, pero por los que no siente ningún atractivo, los ha convertido en cerdos, sin duda un simbolismo muy explícito nacido de una percepción femenina de la masculinidad que, por lo visto, se remonta hasta la antigüedad. Ulises hubiera podido ser inmortal a su lado, pero escoge su hogar y a Penélope.

No todos los encuentros terminan en la cama. Nausicaa, luego de un encuentro inusual en el cual las doncellas de la joven princesa salen corriendo al ver a Odiseo emerger desnudo de entre los arbustos a los cuales lo había arrojado uno de sus muchos naufragios, tiene el valor de no huir:

Y se les apareció horrible, aleado por el sarro del mar; y todas huyeron, dispersándose por las orillas prominentes. Pero se quedó sola e inmóvil la hija de Alcínoo, porque Atenea dióle ánimo a su corazón y libró del temor a sus miembros. Siguió, pues, delante del héroe sin huir…

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Dice Odiseo, parado, falto de toda prenda frente a ella, con todo el descaro y el desparpajo del cual llegamos a saber que es capaz:

Que nunca se ofreció a mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he quedado atónito al contemplarte. Solamente una vez vi algo que se te pudiera comparar en un joven retoño de palmera, que creció en Delos, junto al ara de Apolo —estuve allí con numeroso pueblo, en aquel viaje del cual habían de seguirme funestos males—; de la suerte que a la vista del retoño quedéme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había brotado de la tierra un vástago como aquél; de la misma manera te contemplo con admiración, oh mujer y me tienes absorto y me infunde miedo abrazar tus rodillas, aunque estoy abrumado por un pesar muy grande.

Termina Nausicaa enamorada de Odiseo luego de esta prueba de su propia valentía. Pero sólo logra de este las más hermosas y extrañas palabras a pesar de que se le hubiera entregado en cuerpo y alma. La Odisea ha retratado el amor con una penetración psicológica asombrosa; sabía que el erotismo femenino es en gran medida autoerotismo, proyección, el deseo de ser deseada. Y que un motivo de seducción suele ser no sólo la indiferencia del otro, sino la propia valentía que uno haya desplegado en el amor buscado, lecciones que llevamos 2700 años pendientes de redescubrir —especialmente en tiempos de corrección política—, como tantas otras que nos deparan las páginas de un clásico como la Odisea.

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