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“La Odisea”: una lectura filosófica sobre el olvido y el recuerdo (I) (Sobrepensadores)

A propósito del renovado interés por “La Odisea”, tras el estreno del filme de Christopher Nolan, este texto explora la filosofía detrás del olvido y la memoria.

Roberto Palacio

16 de agosto de 2026 - 03:58 p. m.
Fotograma de "La Odisea", de Christopher Nolan, tomado durante una escena de la guerra de Troya.
Foto: Melinda Sue Gordon/Universal Pictures
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No deja de ser asombroso que, después de 2700 años de haber sido escrita, volvamos a tomar un interés renovado en “La Odisea” de Homero. El punto angular de “La Odisea”, su grandeza como obra narrativa, proviene del hecho de que revela la estructura que seguirá toda la tradición literaria occidental de allí en adelante: el héroe sale de su morada para verse envuelto en las dificultades de un mundo que no lo reconoce como se le reconocía en su hogar. Luchará para regresar a ese lugar soñado en el cual era quien era, pero no podrá hacerlo, o al menos no como la persona que salió de casa. Retornará transmutado, convertido en otro.

Cuando Odiseo logra pisar su casa luego de su largo divagar, lleva tanto tiempo por fuera que no reconoce en dónde está. Ha regresado a Ítaca sumergido en un profundo sueño, transformado por Atenea en un mendigo, como si toda su historia hubiera sido una larga ensoñación. ¿El pasado es real o producto de mi imaginación?

El tema del olvido y del recuerdo, uno que ocupará no sólo la literatura griega sino filosofías como la de Platón, juega un lugar central en la Odisea. En un breve pasaje de la obra se describe cómo los hombres de Odiseo llegan al apacible país de habitantes que comen flores de loto, portadora de un narcótico (un opiáceo quizá) que los aleja de las preocupaciones y los sumerge en el olvido. Cuenta Odiseo en el Canto IX:

(…) arribamos a la tierra de los lotófagos (…), envié algunos compañeros —dos varones a quienes escogí e hice acompañar por un tercero que fue un heraldo— para que averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella tierra. Fuéronse pronto y juntáronse con los lotófagos, que no tramaron ciertamente la perdición de nuestros amigos; pero les dieron a comer loto, y cuantos probaron este fruto, dulce como la miel, ya no querían llevar noticias ni volverse; antes deseaban permanecer con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria. Mas yo los llevé por fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles compañeros entrasen luego en las veloces embarcaciones: no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta.

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El esfuerzo de Odiseo no sólo es por regresar, sino por querer seguir deseando el regreso en una travesía que durará 20 años. La obra homérica elabora un motivo humano ya no sólo actual sino de todos los tiempos: cuando la meta parece imposible, es común que olvidemos incluso nuestros deseos, nuestras motivaciones, lo que más profundamente nos define. Más allá de las guerras de la espada vienen las que no se pueden ganar con la espada, las del olvido, más insidiosas y difíciles porque no hay una sola batalla, sino que transcurren en medio de una lenta seducción que se confunde con la vida misma, la nueva vida fuera del hogar, sea dichosa o infausta, a la que nos hemos acostumbrado. Acá la memoria forma parte central de la identidad: un hombre que no puede recordar su tierra natal ha perdido su consonancia con el mundo, ya no sabe quién es, ya no se pertenece.

La tentación del marinero perdido, su verdadero riesgo como se retrata en Robinson Crusoe de Daniel Defoe, no es no regresar, es bestializarse y no querer retornar. Es por ello que lo primero que fabrica Crusoe en su isla perdida es un tenedor y una cuchara. La pérdida de la memoria es en el fondo una pérdida de la propia narración interna que nos mantiene unidos por un centro de gravedad narrativa que llamamos “yo”.

En “La Odisea” el recuerdo a menudo se confunde con el dolor. En la primera parte de la obra, la Telemaquía, la búsqueda que hace el joven héroe Telémaco de su padre Odiseo eventualmente lo lleva a Esparta, al palacio de Menelao y de su recuperada esposa Helena, la mujer más bella por la cual zarparon las naves de los griegos a hacer guerra contra Troya. No es de extrañar que la mujer que fue raptada, luego regresada, tenga unos poderosos elíxires contra el dolor del alma que procura el recuerdo. Cuando Telémaco narra la historia de su padre y a todos se les vienen las lágrimas al evocar la remembranza de los hombres que murieron el Ilión. Helena tiene un brebaje:

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Entonces Helena, hija de Zeus, (…) echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien la tomare, después de mezclarla en la cratera, no logrará que en todo el día le caiga una sola lágrima en las mejillas, aunque con sus propios ojos vea morir a su madre y a su padre o degollar con el bronce a su hermano o a su mismo hijo. Tan excelentes y bien preparadas drogas guardaba en su poder la hija de Zeus por habérselas dado la egipcia Polidamna, mujer de Ton, cuya fértil tierra produce muchísimas, y la mezcla de unas es saludable y la de otras nociva. Allí cada individuo es un médico que descuella por su saber entre todos los hombres, porque vienen del linaje de Peón. Y Helena, al punto que hubo echado la droga, mandó escanciar el vino…

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La ensoñación en “La Odisea” es una en la cual se confunden la realidad del presente y la del pasado. El tiempo remoto y legendario de la historia de Odiseo es inseparable de su hoy. Cuando llega Odiseo por accidente al palacio de Alcinoo, el aedo ciego Demódoco está cantando la historia del mismo Odiseo que se ha sentado entre los asistentes sin que nadie supera de quién se trataba. Cuenta Homero la reacción de Ulises en un bello pasaje de la obra:

Odiseo tomó con sus robustas manos el gran manto de color de púrpura y se lo echó por encima de la cabeza, cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza que brotaran lágrimas de sus ojos delante de los feacios; y así que el divinal aedo dejó de cantar, enjugóse las lágrimas, se quitó el manto de la cabeza y, asiendo una copa doble, hizo libaciones a las deidades. Pero, cuando aquel volvió a comenzar —habiéndole pedido los más nobles feacios que cantase, porque se deleitaban con sus relatos— Odiseo se cubrió nuevamente la cabeza y tornó a llorar.

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Los primeros pasos de la filosofía griega también intentan borrar la distancia entre el tiempo de los dioses y el de los hombres, pero por otro camino. En “La Odisea”, el mito es actual porque el mismo héroe que lo protagonizó está sentado a la mesa con los hombres del hoy.

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Claro que la filosofía surge como una aproximación narrativa distinta a la de la épica homérica y la mitología como la de Hesíodo, lo cual se manifiesta en primer lugar en el género escogido. Mientras que la Odisea estaba escrita en un tipo de verso llamado Hexámetro Dáctilo hecho para facilitar la memorización (se cree que ambas obras por largo tiempo fueron recitadas oralmente sin haber sido escritas), la filosofía hasta donde sabemos nace en prosa. Ello no significa que los temas abordados fueran distintos. Quiere decir que los pueblos antes de tener sistemas filosóficos propiamente hablando, han pensado el mundo a través de la literatura. En nuestro caso hay un equivalente en Cien Años de Soledad. Aún nos queda por abordar temas como el destino, la identidad, las relaciones pasionales que veremos en la siguiente entrega de esta sección.

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