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Las notas de la suite llenan el espacio del foso y llegan hasta los presentes que cabalgan entre uno y otro acorde. En el escenario, los músicos concentrados leen las notas que han interpretado una y otra vez, son conducidos por el director que a su vez sigue las partituras como una guía indispensable para no fallar ni un silencio ni una nota, ni en el tempo, ni en los compases. Era el primer Cartagena Festival Internacional de Música y la escena se repitió durante cuatro noches en distintos escenarios.
Ahí, silenciosa, tranquila y atenta a cada momento musical estaba ella, Ana María Fonseca. Una joven pianista bogotana cuya misión —aparentemente aburrida a los ojos de cualquier asistente poco experto— era pasar las páginas de las partituras para el director Charles Wadsworth, conductor de la orquesta canadiense I Musici.
Noche tras noche Ana María con su mirada reposada servía de lazarillo para el director. Un año más tarde, no cabía duda, sería una vez más la elegida para la difícil tarea. Pasar las páginas no es un algo irrelevante. Es necesario que quien lo hace sepa leer música, que no se pierda y que no se haga sentir, como una presencia invisible. Su profesora Sandra Meluk, directora ejecutiva del festival, había acertado con esta joven de 21 años y el señor Wadsworth la solicitaba de nuevo, “Ellos dicen que soy muy tranquila y que esa tranquilidad la transmito a los músicos. La verdad es que estoy parada pero me meto en la música y lo disfruto mucho”.
Ese segundo año, en uno de sus ratos libres, Ana María encontró un piano y decidió ejercitarse un poco. Acababa de llegar de Caracas, en donde había estudiado con la maestra Isabel Palacios y el clavecinista Rubén Guzmán, de Camerata de Caracas. La esposa de Wadsworth la escuchó y pidió a su marido que la oyera interpretar el instrumento.
Dos noches más tarde, Ana María haría parte de la orquesta, ya no leyendo la música en silencio sino interpretando el clavecín. Se presentó como continuista en el doble concierto para violín de Bach al lado de la Orquesta I Musici de Montreal. Esta sería la segunda vez que la música le daría una gran giro a su vida.
La primera fue en 2003. Ya Ana María, hija de un músico aficionado, hacía parte del coro La Escala, estudiaba seriamente el piano y tenía claro que su vida estaba entre Beethoven y Mendelssohn. “Ese año —cuenta desde Montreal donde hace sus estudios de clavecín— se inició el programa ‘Música antigua para nuestro tiempo’ de la Biblioteca Luis Ángel Arango y la Schola Cantorum Basiliensis hizo unos talleres de música barroca. En ese momento sentí como si esa música me perteneciera desde siempre. Como si estuviera impresa en mi memoria genética”.
Tras haber tenido una especie de epifanía con la música antigua, a los 19 años se dedicó a estudiar el instrumento que le permitiría tocar y en un futuro dirigir música sacra. “La razón principal para acercarme al clavecín es que no hay casi repertorio barroco para piano. La música antigua está escrita para clavecín”.
La cercanía con el festival de música de Cartagena, con su director y con la orquesta I Musici le abrió muchas puertas. A mediados de este año estuvo en el festival Spoleto USA en Charleston, Carolina del Sur, una vez más como pasadora de páginas; y este año fue invitada por el Cartagena Festival Internacional de Música como solista. Ahora se prepara en la fría Montreal para hacer audiciones en Estados Unidos y Europa, donde aspira hacer la maestría en clavecín.
“Mi sueño sería tocar con Fabio Biondi o con Jordi Savall. Estuve en sus conciertos en Bogotá y una vez más sentí que esa música me pertenecía más que ninguna otra”, afirma la joven clavecinista.
A principios de 2009, el 12 de enero, Ana María estará compartiendo escenario con la orquesta City of London Sinfonia y con la violista Hsin Yun Huang. Un paso más en una promisoria carrera que apenas comienza.