La paz se piensa en el campo

En la vereda Pantanillo, de El Retiro (Antioquia), se esconde detrás de las montañas el Laboratorio del Espíritu, una biblioteca que les enseña a los niños la importancia de creer en el ensueño.

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Camila Builes / @CamilaLaBuiles
23 de marzo de 2017 - 07:22 p. m.
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“Este mundo privilegia lo pragmático sobre lo ensueño. No sé por qué este mundo definió que soñar, imaginar y crear era demasiado abstracto, demasiado ‘sollado’, para hacer parte de lo real.

Hay un nivel totalmente pragmático de las cosas. Yo sigo creyendo y defendiendo el arte de explorar y tocar otra realidad humana, esa que nos enseña, de una manera insospechada lo que estamos olvidando cuando sentimos que tenemos que ser especialistas en algo. La literatura nos pone frente a frente. La literatura no es una evasión del mundo, nos enseña el ser, nos confronta con nuestra propia condición, nos pregunta, nos inquieta. Al igual que todas las artes.

La exploración del arte en el hombre es una condición que no queremos dejar olvidar. Nos parece que la vida del matemático, o de cualquier carrera de esas que llamamos prácticas, se enriquece y se potencia con una mirada acerca de lo que el arte cuenta del hombre. Nos gusta pensar que eso todavía puede coexistir en los sujetos”. Javier Naranjo está sentado en una silla roja de madera. Hace frío y se calienta las manos con el vaho que sale de su boca. Detrás de él hay un tablero verde que dice: “Espíritu: aparato que uno tiene y que no sale en un libro de ciencias”. Lo escribió Guillermo Lancheros, de 10 años, en una de las clases de lenguaje en la biblioteca Laboratorio del Espíritu, en El Retiro (Antioquia). Naranjo fue su coordinador académico durante diez años.

Este año, el Laboratorio del Espíritu quedó entre las cuatro mejores bibliotecas públicas de Colombia en el Premio Nacional de Bibliotecas Públicas Daniel Samper Ortega, otorgado por la Biblioteca Nacional.

Según el jurado del premio, lo mejor es la “originalidad y pertinencia de los programas que realiza con comunidades rurales como el mariposario, la escuela de formación de músicos campesinos y el periódico rural Monteadentro, además de la formación de bibliotecarios campesinos y muy especialmente las metodologías de promoción de escritura con niños”.

El laboratorio, que es dirigido por Gloria Bermúdez, recibe más de 3.000 personas mensualmente. La mayoría de asistentes a los talleres son campesinos de las veredas aledañas a Pantanillo, donde queda la biblioteca.

“Aparte de las técnicas que se les enseñan a las personas en diferentes artes y oficios, el espíritu que anima esto es que todos nos sentimos felices acá y que es difícil pensar que estamos en un trabajo desagradable. Este es un trabajo amoroso con la gente, y así la palabra cariño o amor no tengan mucho prestigio hoy en día, cuando vienen los niños del colegio, los campesinos, las señoras, y te saludan con firmeza, con verdad y con limpieza, hay un afecto entrañable que circula”, cuenta Naranjo.

La principal actividad de la biblioteca es el fomento de la lectura y la escritura entre todos los asistentes a los talleres. “Estamos escribiendo todos: los niños, los señores que vienen al taller de tecnología, las señoras que vienen a hacer bolsos o cerámica. Estamos tratando de que por medio de esas palabras nos encontremos. No sólo escribimos cuentos o poesía —lo valoramos muchísimo—, sino sobre la cotidianidad, que cuando lo compartimos entre todos vamos creando lazos, tejiendo. Entonces, a la señora que escribe de lo que vive en su casa con su esposo, le preguntamos: ‘¿Usted quiere leerlo?’, porque entendemos que es sobre su vida: una pelea, un abrazo. Siempre preguntamos si quieren compartirlo, y cuando lo leen en voz alta, se sienten valorados, respetados, sienten dignificada su vida, y creo que así vamos conectándonos”.

Uno podría escribir muchas cosas en esta edición especial de El Espectador para motivarnos a seguir creyendo en todas las iniciativas que mantienen este país en pie. Sin embargo, todas las palabras parecen vacías y vulgares escritas desde la comodidad de un escritorio en Bogotá. La historia del Laboratorio del Espíritu puede parecerse a la de muchos salones pequeños escondidos en el monte y la serranía de este país que parece estar dividido en partes incontables. Lugares llenos de personas anónimas intentando hacer grandes revoluciones con libros y pinturas.

No hay mucho que decir. Mejor ponerlo en las palabras de Estefanía Castañeda, una niña de 10 años que va de lunes a viernes al Laboratorio.

“A mí me gusta muchísimo la biblioteca. Cuando llego me siento superbién porque me hablan con cariño, no como en el colegio. Me gusta mucho leer los libros de la biblioteca. La biblioteca nos ofrece muchas oportunidades en vez de estar mirando televisión. Por eso te hice esta carta, biblioteca linda, porque te quiero mucho y quiero que muchos niños puedan ir a lugares así. Me gustan tus libros y tus historias. Me gusta sentirme en paz y hacer el amor y no la guerra”.

Por Camila Builes / @CamilaLaBuiles

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