Su condición natural es la de conversador incorregible y, como buen caribeño, es un mago con la palabra, mejor anfitrión, exitoso gestor cultural y comunicador a toda prueba. Él dice que esas dotes empezó a forjarlas en sus días de estudiante en su natal Barranquilla y en el seno de su familia, “encantadora y de buen humor”. Lo cierto es que Jaime Abello Banfi es un sinónimo de mediador sin ceder su cetro. Distribuye tareas, delega responsabilidades, observa, escucha y de repente rompe su silencio, recapitula, ordena, distensiona el ambiente y recobra su bastón de mando.
Formado en el espíritu laico del Colegio Alemán en los tiempos de rectoría del recordado Manfred Peter, entre lecturas de Goethe, Hegel o Kant y lecciones claras de responsabilidad ciudadana, el aplicado alumno Jaime Abello perfiló su primera vocación: el séptimo arte. Aunque las áreas verdes y las canchas del plantel eran idóneas para los deportistas, admite que no pasó de ser arquero suplente. En cambio viendo a Herzog, a Fassbinder, o encerrado en la biblioteca leyendo literatura, terminó por refrendar lo que hoy reconoce con gratitud: “Para mí el colegio fue cine”.
Después se marchó a Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad Javeriana. Lo suyo no apuntaba al litigio o la toga, pero sí a fortalecer su estructura intelectual con las cátedras sobre el Estado o las instituciones políticas. Corrían los días del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, los jóvenes universitarios reclamaban en voz alta, y hasta Jaime Abello hizo un paréntesis en su disciplina de cine clubes para increpar en una conferencia pública al ministro de Justicia Hugo Escobar Sierra, a pesar de que su hija era su compañera de estudios y el funcionario conocía perfectamente a su familia.
Pero el destino mueve sus hilos diestramente. En 1980, cuando su día a día se estaba convirtiendo en una agenda de asistencia social en el anexo psiquiátrico de La Picota, y aplicaba su conocimiento de códigos e incisos para ayudar a los inimputables, los reos por nimiedades o, como él los rememora, “los ladrones de gallinas con condenas a 20 años de prisión”, su amigo Santiago García, quien oficiaba como viceministro de Justicia, le pidió que fuera su asesor. A los 22 años, el abogado ad honorem de los locos y los desorientados, por efecto de las relaciones pasó de la alcantarilla del sistema judicial a la cúspide.
Con una carta “heroica”, producto de un desacuerdo político, renunció meses después, pero cuando reanudaba su faceta bohemia, otro currambero lo agregó a sus filas. Arturo Sarabia Better asumió como director de la Cámara de Comercio de Barranquilla y Jaime Abello lo acompañó durante cinco años. Lo que le hacía falta en materia de Derecho lo aprendió en la práctica jurídica. Lo que necesitaba para volverse un genio de las relaciones públicas lo asimiló como secretario del Comité Intergremial del Atlántico. Lo que su vocación le tenía programado pronto encontró un retador acicate.
Con la expedición del Decreto 3100 de 1984, el presidente Belisario Betancur abrió la posibilidad de crear canales regionales de televisión y esta apertura legal obró como aliciente para constituir un grupo de trabajo interesado en la fórmula. Desde los primeros estatutos de Telecaribe hasta los debates para su rumbo y contenidos, pasaron por la lupa de Jaime Abello Banfi, quien además desde 1987 decidió incrementar su compromiso personal con el cine, a través del impulso de la Asociación Colombiana de Cinematografistas y la Cámara Colombiana de la Industria Cinematográfica.
Caía el telón de los años 80 y ya inmerso en su acreditado rol de gestor cultural con buenos amigos, literalmente hizo de todo. Ayudó a la creación de la Cinemateca de Barranquilla, constituyó grupos de estudio para documentar la historia de la ciudad, abrió foros para delinear caminos nuevos al Carnaval, formó parte del equipo Foro por Colombia, que junto con Germán Rey, Ómar Rincón o Patricia Téllez discutió nuevas sendas para el avance de la comunicación en Colombia. Era tiempo de “cambiar el mundo” y la efervescencia social rápidamente dio sus frutos.
Con el correr de los días, con el concurso de Alberto Casas, Felipe Zuleta o Clemente Forero, todo este agite terminó dándole cimientos al Estatuto de Telecomunicaciones, que obró como una carta de navegación para el avance del sector en los albores de los años 90. “En ese incesante debate fui algo así como la quinta columna de los sectores sociales”, se ufana Jaime Abello, quien terminó acogiendo la misión que claramente lo esperaba: la dirección y gerencia de Telecaribe, que ejerció durante cinco años sin mucho capital y coordinando a siete gobernaciones, pero aplicando un sistema mixto de administración que resultó benéfico.
Y todo parecía expedito en este abonado terreno, cuando se le atravesó el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez a trastocarle los sueños. Dos veces se habían visto en sus vidas. La primera en 1983, cuando el escritor llegó a Barranquilla a convencer al Banco de la República que entregara el Teatro Municipal a la ciudad y, como lo evoca hoy, “me encargué de llevarle la contraria, pero terminamos en una velada deliciosa”. Se volvieron a encontrar en Valledupar, en un Festival Vallenato, cuando ejercía la dirección de Telecaribe. “Esa vez terminó conminándome a asumir la dirección de Focine”.
A finales de 1993 recibió una llamada de García Márquez con una cita ineludible: “Voy para Barranquilla, necesito que hablemos. Invita a McCausland y a quien quieras”. El 28 de diciembre de 1993 se reunieron para botar corriente sobre el ejercicio del periodismo. Luego Abello armó sus propias cuitas, con el periodista Raimundo Alvarado y otros colegas, sin norte claro a la vista, hasta que en 1994, durante el Festival de Cine de Cartagena, cuando Abello ingresó a la sala, ahí estaba García Márquez apuntándole con el dedo como un gancho para volver a inquirir.
“¿Y qué has pensado?”, lo encaró como un jab. Abello improvisó con hábil esguince y al otro día quedó de reunirse con el escritor en el Hotel Hilton, donde el Premio Nobel acostumbraba a jugar tenis. Le llevó dos hojas con un resumen y la propuesta de un estudio de factibilidad para secundar su proyecto de crear una fundación de periodismo. Gabo aprobó todo y pagó el estudio. Meses después nació la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que desde hace 15 años orienta Jaime Abello con maestros invitados de lujo y notable prestigio.
La prueba es el reconocimiento que acaba de hacerle el periódico El País, de España, como una de las 100 personalidades que durante 2009 influenciaron notoriamente en Iberoamérica. Una distinción que se suma al anuncio de la próxima entrega de la Medalla al Mérito que otorga el Ministerio de Comunicaciones. Dos reconocimientos más a un comunicador que cree en las redes sociales, actualiza sus métodos y les atribuye parte de su éxito al psicoanálisis, a los maestros orientales, a García Márquez y a todos los profesores que le abrieron caminos o pasan por Cartagena a compartir aulas y mesa.
Gestiona más proyectos, la Fundación para la Libertad de Prensa o la cátedra Antonio Nariño, que en parte tienen su impronta, pero como los campeones deportivos, algo del mérito le pertenece a su familia. A su padre homónimo que hace un par de semanas abrazó para celebrar sus 80 años; a su madre Gina, de ancestros italianos, directora de coros y maestra de técnica vocal que se enorgullece de haberle aportado secretos a una tal Shakira; a sus hermanos médico, odontóloga, actriz y ejecutivo, tan libres como él mismo. El otro polo a tierra en su destino asociado con el mejor oficio del mundo.