El Magazín Cultural

23 May 2020 - 8:47 p. m.

La película que más he visto es la que menos me gusta

Como todo mortal, pecador y amante de lo mundano, yo también tengo mis gustos vergonzantes. Se trata de una película a la que siempre acudo a pesar de varias certezas: que no es buena ni desde un punto de vista técnico, ni estético, ni mucho menos narrativo. La vuelvo y la veo y no me puedo dejar de interrogarme: ¿por qué la disfruto si cada que la repaso le encuentro más clichés, menos aciertos?

Jaír Villano - @VillanoJair

Anouk Aimée actuó en películas como: "Una noche, un tren", "Un hombre y una mujer", "Fellini, ocho y medio (8½)", entre otras. / IMDB
Anouk Aimée actuó en películas como: "Una noche, un tren", "Un hombre y una mujer", "Fellini, ocho y medio (8½)", entre otras. / IMDB

 

Busco una razón, y no: no hay manera de elogiarla. De verdad que no. Qué guion tan pobre y tan manido: melodrama patético; arquetipo exacerbado; diálogos ahí, sin ingenio. 

Mi recuerdo no falla: la primera vez que la película me atrapó estaba en séptimo grado. Fue un encuentro emocionante, porque era la historia del típico deportista que debe superar los obstáculos que atraviesan una meta.

Bueno, sí: debí empezar diciendo que soy un apasionado del fútbol. Pero no como consumidor del gran espectáculo, ni del hincha ferviente y desbordado; sospecho que se trata de una fidelidad a un sentimiento que jamás se ha repetido en mi vida: el de la libertad y la felicidad -no entendida, para entonces- que rebosaba en mí cuando estaba corriendo en una cancha.

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De hecho, mi mejor recuerdo de infancia está en el sexto grado. En un colegio público. No llamaban a lista. No había reuniones con los padres de familia. Éramos cuarenta chicos por clase. El colegio tenía un coliseo y tres o cuatro canchas que invitaban a revolcarse en ellas. En el primer período, perdí nueve o diez materias, pues en lugar de estar en el aula, me la pasaba jugando a la pelota.

Mi primera resignación en la vida fue entender que nunca sería futbolista, que me faltaba amor por los entrenamientos. Y, sobre todo, algo que nos duele a todos los que jugamos fútbol: que no era un crack. No llevaría un número diez atrás de mi casaca.

Debe ser por eso que en un primer momento el largometraje me gustó tanto. Y es que la historia del muchacho pobre, que tiene al papá encima, que la mamá lo abandonó, que trabaja en jornada doble, que no tiene canilleras para jugar, que le toca viajar muy lejos para probarse, que lo echan del equipo, que lo vuelven y lo reciben, que se enamora en el entretanto -¿son posibles más clichés?-. Digo que la historia del futbolista es la historia de muchos que quisimos ser, pero fracasamos en el intento. Y aún más: es conocer algunas de esas intimidades que uno pretendía vivir: el camerino, el entrenamiento, los uniformes para cada momento, los viajes, la hinchada, el estadio lleno, el gol agonizando el juego.

Pero ya ha pasado mucho tiempo. Ya entendí que no fui futbolista. Ya no lo lamento. Y sin embargo, estos días que he tenido la oportunidad de regresar a cierto cine – 8 ½, Taxi Driver,  Vivre sa vie, Interiores,  Paris, Texas, y Lost in Translation, siempre en mi lista- la volví a ver. 

Mientras la reproducía, me volvió la pregunta: ¿por qué la estoy repitiendo? ¿Por qué no aprovecho para nutrirme de algo bien elaborado, de un buen clásico, una de esas series, o uno de esos estrenos de los que tan bien hablan los amigos? No soy un cinéfilo redomado, pero he consumido buen cine.

Pues no: luego de meditarlo, me decidí. Y ahí estaba: recostado en cama, con la luz apagada, se puede decir que contento. 

Mirándola supe entender que a pesar de que la he puesto muchísimas veces, ya no la veo, ni la repito. Simplemente, se ha vuelto un escape: la evocación voluntaria e involuntaria del primer sentimiento. Y máxime: una manera de huir del presente.

Ayer no estaba en una de esas crisis, pero repaso la película cuando la inestabilidad emocional me golpea. En esos días donde es infalible el desasosiego, donde la esperanza fallece, donde el pesimismo triunfa, ahí está la película, salvándome.

Y eso me llevó a pensar que detrás de lo que parece un simple gusto subyacen un montón de causalidades inexplicables, difusas, agudas. Hume decía que “la belleza de las cosas reside simplemente en la mente que las contempla”. Es dable, porque lo que a mí me parece un escape, para otros no se acerca; no lo podrían sentir así. ¿Con esa película? ¡Imposible! 

Hay muchos mejores largometrajes que ese, lo sé. Pero entonces entra a cobrar relevancia un deseo no cumplido, la melancolía de ese deseo, y una pasión extraviada en algún lugar mío. (Séptimo grado, un adolescente ingenuo, tímido, soñador, cuyas preocupaciones eran famélicas y de fácil encanto, como la sonrisa de la niña de Once). 

Hay una pregunta que procuro formular cuando se establece una discusión sobre estética. En realidad, no es mía, es de San Agustín: “¿Es una cosa bella porque agrada o agrada porque es bella?”.

En mi caso no creo que la película me agrade porque sea bella. O…bueno, quizá hay una parte de mí que se niega a creer que, a pesar de lo mala que es, para quien escribe esto es agradable, o sea: es bella. (Aunque en ese caso, acepto que daría pena reconocerlo).

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Puede ser así, o puede que su respuesta se acerque a lo explicado por Paúl Valéry en su Discurso sobre la estética: “Existe una forma de placer que no se explica; que no se circunscribe; que no se acantona ni en el órgano del sentido en el que nace, ni siquiera en el dominio de la sensibilidad; que difiere de naturaleza, de intensidad, de importancia y de consecuencia, según las personas, las circunstancias, las épocas, la cultura, la edad y el medio”.

Todas esas reflexiones contribuyen en mi idea sobre la complejidad del gusto. 

“¡Simplemente, te gusta y ya; acéptalo!”. Me dijo alguna vez alguien, como si se tratara de un crimen. Y no creo que sea así. Estoy tratando de explicar por qué.  Pero no vine a arrojar respuestas, sino a compartirles las inquietudes que me asaltaron mientras volví a ver la peliculita esa… 

 

***El viernes 15 de mayo estaré junto a Ángel Castaño hablando sobre el papel de la crítica literaria en Colombia. Y el viernes 22 sobre Proust, En busca del tiempo perdido en cuarentena. Todo esto a través del Facebook de la Librería Expresión Viva de Cali.

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