La pequeña Melissa y su lucha contra la depresión crónica

Con apenas 10 años, Melissa ha intentado quitarse la vida tres veces. Un testimonio para entender cómo se afronta la depresión en la niñez. Un proceso tan costoso como peligroso.

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Joseph Casañas / @joseph_casanas
06 de febrero de 2019 - 07:40 p. m.
“En el colegio no entendían por qué pasaba mis descansos con la sicóloga. Creían, que, si esteba allí, era porque estaba loca", Melissa, un niña de diez años, habla de su batalla contra la depresión.  / Ilustración de Jesús Hernández-
“En el colegio no entendían por qué pasaba mis descansos con la sicóloga. Creían, que, si esteba allí, era porque estaba loca", Melissa, un niña de diez años, habla de su batalla contra la depresión. / Ilustración de Jesús Hernández-
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Dice que una voz gruesa le pidió que se cortara las venas, que si no lo hacía, el dueño de la voz amenazaba con matar a sus padres. “El que me decía eso era un señor grande con sombrero y saco negro. Estaba acatando sus órdenes.”, recuerda Melissa*. Como una autómata, la niña de 10 años se levantó del sofá y se dirigió a la cocina.  Abrió un cajón, buscó un cuchillo e intentó cortarse su antebrazo izquierdo. Fue un intento de suicidio. El primero.  Milena*, la mamá de Melissa*, logró reaccionar a tiempo.

Desde la sala, Ángela*, una prima de Melissa dos años menor que ella, le pedía a su tía, entre gritos y lágrimas, que la salvara; que no la dejara morir. Después de un forcejeo en el que Milena logró quitarle el cuchillo a su hija, Melissa se desmayó por unos minutos. Cuando despertó y ya con el control total de su cuerpo y sus emociones, dijo: “Mamá, ya no puedo más, las voces no me dejan en paz. Lléveme a donde un siquiatra porque creo que me volví loca”. Locura no era precisamente lo que tenía. “El siquiatra dijo que estaba teniendo alucinaciones auditivas y visuales. Con un medicamento logró controlarlas, pero la depresión sigue allí”, explica Milena.  La depresión es la principal causa de problemas de salud y discapacidad en todo el mundo. Según las más recientes estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, más de 300 millones de personas la padecen, un incremento de más del 18% entre 2005 y 2015.

Esa fue la primera vez que a Melissa la internaron en un hospital siquiátrico. Una claraboya sobre la que cual caían unas cuantas hojas de árboles y se podía ver el cielo, era el único contacto de la niña con el mundo exterior. En el pabellón A de ese hospital todos sus movimientos eran vigilados las 24 horas del día.  Una cámara de video enfocaba su cama en las noches, una enfermera la vigilaba hasta para orinar, otra le golpeaba cada tanto la puertecilla transparente que separaba la ducha del resto del baño “solo para preguntarme si seguía viva”.  En el lugar, cuenta Melissa, solo había un televisor “y eso me estresaba porque los otros pacientes veían mucho Juego de Tronos o cosas de terror, entonces me encerraba en la habitación”. Fueron dos semanas eternas. 

Había un chisme. Los señores, señoras y ancianos que la acompañaban (Melissa fue la primera paciente menor de edad a la que atendieron en ese hospital siquiátrico) hablaban de un lugar mejor para pasar los días. El Pabellón C.  “Decían que había zonas verdes y espacio para hacer actividades, aunque eso no me importaba, lo único que yo quería era ver el cielo y abrazar a mi mamá”.

Los gritos, las groserías, las noches. La niña cuenta que cuando caía el sol, el Pabellón A de ese hospital se transformaba. “A la gente la amarraban, a mí alguna vez me tuvieron que amarrar de las manos, las piernas y la cintura, se escuchaban alaridos y lloriqueos. Para aguantar la noche completa tocaba estar medicado”.

Para pasar al Pabellón C los pacientes, por voluntad propia, debían alimentarse y tomarse los medicamentos sin oponer resistencia. También tenían que asistir a terapias de salud ocupacional y terapia física. 

Y mientras a Melissa la trataban médicamente, Milena y Gabriel, los papas de la niña, se chocaban de narices con un mundo tan hostil como desconocido. Por cuenta de la enfermedad de su hija, y es importante llamarla enfermedad para darle la dimensión que se merece, empezaron los señalamientos. “Fue durísimo. ¿Cómo le iba a explicar a mis papás que la niña está internada en un hospital siquiátrico? Eso no tenía mucho sentido. Revisamos las referencias mías y las de mi esposo, y encontramos que en las familias no había antecedentes de este tipo”.

Milena habla fuerte. No se quebró la noche que tomó la decisión de dejar hospitalizada a su hija y no se quiebra para hablar de las medidas extremas, pero necesarias, que toman en el hospital para preservar la vida de los pacientes. “Cada tres días hay que llevarles ropa. Los zapatos no pueden ser de amarrar, los pantalones no pueden tener cauchos. Los perfumes y los champús los tienen custodiados. Hay que dejar un número fijo autorizado para que los pacientes llamen”.

En el colegio las cosas no fueron diferentes. “Después de un mes volví a estudiar y alguien se había inventado que yo tenía cáncer y que por eso había faltado tanto. Cuando dije que lo que tenía era depresión, me la empezaron a montar. A decir que era una loca y nadie hizo nada para frenar eso, no quería volver. No me gusta compartir mucho con la gente de mi edad, puedo compartir más fácil con gente de 20, 30 o 40 años, pero me estreso mucho con la gente de mi misma edad”.

Melissa escucha cada pregunta y se toma su tiempo para responder. Jamás evita la mirada de su interlocutor. Sus ojos son grandes. Cautivan. “No soporto el reguetón. Prefiero la música vieja, las baladas en inglés o en español. Cantar y leer son mis pasatiempos favoritos. Juegos que impliquen correr o sudar, me aburren, máximo juego parqués, dominó o ajedrez”.

Pese a la crudeza del testimonio, Melissa no se apaga. No es de risa fácil, pero sonríe. Está tranquila porque hace más de un mes no la hospitalizan y depende menos de los medicamentos. Solo una vez al mes visita al siquiatra y cada vez canta con más frecuencia. Con más potencia. Mientras hablamos de salud mental, suenan, entre otras, Céline Dion (The Power of Love) y Sinead O'Connor.  Allá, sobre su mesa de noche, un libro - Mujeres perversas de la historia - espera ser devorado.

A la hora de mirar hacia atrás, Milena y Melissa identifican situaciones que hacen que hablar de salud mental en Colombia no sea una tarea fácil.  “Las personas piensan que quienes tienen una enfermedad mental se están haciendo. Les dicen que se inventan excusas para ocultar su mal genio, su temperamento, su falta de relación con los demás, su aislamiento”, dice Milena.

“En el colegio no entendían por qué pasaba mis descansos con la sicóloga. Creían, que, si estaba allí, era porque estaba loca”.

Después del episodio con el cuchillo, Melissa intentó quitarse la vida un par de veces más. En una de esas oportunidades, la pequeña decidió tragarse todas las pastas de un frasco naranja. Milena reaccionó a tiempo y en el hospital lograron desintoxicarla y salvarle la vida. Cada año, según la OMS, se suicidan cerca de 800 000 personas, y el suicidio es la segunda causa de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años.

La carga mundial de depresión y de otros trastornos mentales está en aumento. En una resolución de la Asamblea Mundial de la Salud adoptada en mayo de 2013 se abogó por una respuesta integral y coordinada de los países al problema de los trastornos mentales.

Melissa, dice, está lejos de sumarse a la lista de personas a las que el demonio de la depresión logró domarlas, y decidieron quitarse la vida. Prefiere pensar en el futuro. “Quiero ser siquiatra para salvar a muchos niños. Sé que tengo el talento para lograrlo y, aunque algunos no estén de acuerdo, estoy lista para el reto”.

*Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron cambiados a petición de las fuentes.

Por Joseph Casañas / @joseph_casanas

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