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La perversión del tiempo

‘La leyenda del sueño’ recoge 90 obras del artista barranquillero Álvaro Barrios, reconocido por su estudio de la obra de Marcel Duchamp. Un vistazo al montaje de la muestra y la carrera del artista.

Juan David Torres Duarte

03 de diciembre de 2013 - 05:14 p. m.
Álvaro Barrios en uno de los montajes de su exposición en el Museo del Banco de la República. / Gustavo Torrijos
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Álvaro Barrios toma un destornillador y entra en una de las cabinas en donde estará una de sus instalaciones. Tiene lentes de carey verde claro, saco verde oscuro de lana, un poco más ancho que él, camisa a rayas —o eso deja verse escupido por el cuello del saco—, jeans y zapatos negros. La base, que es de madera y está sostenida sobre una estructura en cruz, se hunde. En el suelo, al lado de la cabina, hay un periódico, columnas de copias de El martirio de San Sebastián, una de sus obras, desperdigadas unas y a medio empacar otras.

Barrios, levantando el brazo y forzando la superficie, va abriendo huecos. Aquí irán estelas de hilos, semejantes a sangre expulsada, que luego tocarán el cuerpo de una estatua de San Sebastián martirizado, ahora de pie a unos seis o siete metros de la cabina, de cara a la pared. A los pies de Barrios, una botella de agua se tambalea.

—Maestro, yo creo que es importante que distribuya el peso —dice uno de los hombres que está ayudando a montar su obra en dos pisos del Museo de Arte del Banco de la República.

—¿Así? —responde Barrios y abre un poco más las piernas.

—Es una estructura en cruz.

—Ahhhh…

Más allá un grupo discute. Suena un carro de carga y de afuera vienen los sonidos metálicos de los obreros desmontando los andamios. Crear una exposición no es sólo colgar un cuadro en la pared: por lo menos 30 personas, entre obreros y coordinadores, están en los dos pisos del museo, construyendo el escenario. Montar una exposición es crear un aura, dejar que sople un aire de extrañeza. Barrios vuelve al suelo firme.

—Traigamos una tablita para que el maestro esté más seguro —dice un hombre, mientras Barrios continúa descarnando la superficie con el destornillador.

Barrios, mudo de gestos, se mantiene sereno en su acto. Detrás de él, un hombre en el suelo abre una cama de hojas secas, otoñales, que craquean cuando se rozan y serán extendidas en la base de la estatua. El artista se aleja de la cabina, la mira, concentrado. Pregunta si se verán los hilos, si la luz que viene del techo estará apagada.

En una de las fotografías de la exposición, Álvaro Barrios aparece en una sesión de espiritismo con camisa blanca, lentes redondos, pelo extenso y recogido, cerrados los ojos. La misma aura lo rodea en ese momento: enfocado en la cabina, en los hoyos que prodigan luz, rara vez musita palabra. Todo cuanto expresa en sus obras, dirigidas en buena parte por cierto afán espiritual, es parte de una ambigüedad, de un camino entre el humor y la solemnidad. Eso proyecta, por ejemplo, la serie en cómic sobre Marcel Duchamp —parte de ella comprada por el MoMa—: no se sabe si existe cierto afán burlesco o cierta premura, también, de honrar al artista francés.

Barrios, que nació en 1945 en Barranquilla y ha vivido parte de su vida allí y también en Italia —estudió en la Universitá Italiana per Stranieri—, acepta esa influencia y la reproduce en sus grabados populares (que aparecieron desde los años setenta en diarios de circulación nacional) y también en Los sueños con Marcel Duchamp. “Soñé que el mundo conocido era parte de la colección de obras de arte anónimas que poseía Marcel Duchamp”, escribe en uno de ellos.

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Allí están Duchamp y sus readymades; allí, entre obreros y andamios, entre las 90 obras que recoge la exposición, están los urinales y ciertas aventuras fotográficas del francés, que Barrios replica. Están también los papeles del Centro de Investigaciones Psíquicas, que Barrios creó años atrás para ahondar más en sus inquietudes espirituales. Duchamp y el espíritu, Duchamp y las ideas. Buena parte de esta obra resulta de una copulación entre esas entidades. “Tal vez el puente entre ambos esté en la irreverencia total ante las formas sacralizadas del arte, en el humor y en el interés por experimentar”, escribió la poeta María Mercedes Carranza en 1980.

—A veces eso va saliendo sólo, como cuando se derrama algo que se llenó —dice—. Y por fuerza tiene que salir, y se inunda todo lo que está alrededor. Eso le recomendaría a cualquier artista joven: si no tienen nada que decir, no digan nada.

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También, dirían quienes lo ven por primera vez, la obra está concebida por un acercamiento a Roy Lichtenstein, el artista neoyorquino que también creó variaciones artísticas con cómics. Pero Barrios trabajó y trabaja con los cómics, desde los setenta, por una razón más sencilla: porque desde niño leía a Dick Tracy, Red Ryder y Superman en los periódicos.

—Yo sentí que si decía ‘no sé quién es Lichtenstein’, me iban a decir: ‘qué ignorante’ —dice—. Cuando me preguntaron, respondí: ‘sí, un poco’.

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Por eso también allí, en los diarios, fueron impresos sus grabados populares: era el soporte más preciso para que la obra llegara a un público extendido. Por eso en el primer piso están los rollos con que juega a crear películas con cómics y sus primeras obras, collages de imágenes de reconocimiento público, fragmentos y fragmentos de diálogos.

—El arte no viene de lo físico, sino del interior —dice, con el gesto adusto—. El arte es apenas una manifestación de lo físico. Cuanto más estrecho es el mundo interior, más limitada es la creación artística.

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En aquellos trozos recopilados se ve la precisión de Barrios como dibujante. La habilidad técnica, sin embargo, está en un segundo plano: no interesa tanto la forma como la idea. “He dedicado mi vida a hacer buenas obras a pesar de ser buen dibujante”, dijo en una entrevista.

Todo eso lo precede justo en el momento en que, clavando y clavando el destornillador y ya de pie sobre una base de madera más robusta, Barrios grita:

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—¡Fernando!

El hombre, uno de los colaboradores durante el montaje de la exposición, acude a su llamado.

—Estoy nervioso por el San Sebastián —dice Barrios refiriéndose a uno de los cuadros que prestará el Museo Nacional para la exposición.

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—Ya viene en camino.

—Ahhhh bueno.

Está sereno. Enfocado en su acto.

—Barrios tiene una influencia relativa del surrealismo —dice María Belén Sáez de Ibarra, curadora de la exposición—. No le hace énfasis a lo extraño de lo extraño, sino a lo extraño de lo cotidiano.

La obra reúne el futuro y el pasado. Se conjuga todo en un solo lugar, en un presente perenne. En sus cuadros —por ejemplo, aquellos de los Sueños ilustrados— están los objetos del futuro —las naves, los puentes curvados— en el mismo espacio de las capillas de columnas jónicas y las cúpulas esféricas. Por eso, quizá, prefiere a Marcel Proust por encima de Jean Paul Sartre; prefiere la exploración del tiempo por encima de la mera exposición del horror.

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Y todo, como parte del círculo infinito del espíritu, hace parte de uno: en una sesión de espiritismo, cuando servía como mediador de un entidad etérea, Barrios escribió: “El universo es un alma dentro de ti. Ése es el misterio”.

—Siempre hay mucho humor también —dice Sáez de Ibarra—. Pasa de lo serio al humor sin distinciones. Siempre tiene un giro. Casi en todo. Y también le gusta recordar esos años de su infancia. Se la toma en serio, y se la toma burlándose.

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Es tan serio que llega al extremo de la burla. Es una burla tomada muy en serio.

—A mí me pasa lo mismo con él —sigue—. Yo nunca sé si él está bravo o está riéndose.

Son las dos caras del teatro bien conjugadas: allí, en una de las salas, puede estar colgado un sanitario a manera de luna brillante. No es una burla: en verdad es una luna.

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Barrios, en una carta de papelería falsa a Man Ray y haciéndose pasar por Rose Selavy —uno de los personajes que interpretó Duchamp en una fotografía—, escribe: “Seguramente habrá otra gente y es probable que quieran imitarnos con un poco de menos gracia, de menos talento. Pero ellos se igualarán a nosotros cuando pase el tiempo”.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

Por Juan David Torres Duarte

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