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El articulista encuentra en la novela una parábola y un sermón sobre la fraternidad universal en medio de la adversidad.
La historia de ficción trascurre en Orán, ciudad costera de la Argelia francesa, asolada por una epidemia de cólera que causó miles de muertos. Todo comenzó la mañana del 16 de abril de algún año de la década de los 40 cuando el médico Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta. Para evitar el contagio, la ciudad fue aislada de todo contacto con el exterior y sus habitantes quedaron prisioneros sin otra opción que esperar y reconciliarse con el incierto tiempo de espera.
Alrededor del doctor Rieux, cronista del relato, se fueron juntando personajes: Tarrou, Rambert, Grand, Cottard, que se enfrentaron a la tragedia y lograron mitigar sus efectos. “(…) el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable”. “Para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.
Algunos opinan que La peste es una metáfora de la resistencia y la dignidad del pueblo francés frente a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. La peste también es una voz sin tiempo contra la tragedia humana porque, como lo advierte Rieux, “la victoria nunca es definitiva: (…) el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, …puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y …puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”
Lo que le pasa al mundo con el Covid-19 no es un castigo divino, como calificaba el padre Paneloux a la peste en la catedral de Orán, pero, sí es una prueba al humanismo y a la razón.
@jcgomez_j