27 Mar 2020 - 6:00 p. m.

"La Peste", de Albert Camus: la desdicha del absurdo (Tintas en la crisis)

Este presente nos ha sugerido acercarnos a la obra escrita por el autor argelino en 1947. La historia del doctor Rieux en Orán termina siendo la alegoría del ser humano por reconocerse vulnerable e incapaz de asumir el caos de la moral en tiempos inciertos.

Andrés Osorio Guillott

“El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir con un recuerdo inútil. Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente sólo tenía el sabor de la nostalgia. Hubieran querido poder añadirle todo lo que sentían no haber hecho cuando podían hacerlo, con aquel o aquellas que esperaban, e igualmente mezclaban a todas las circunstancias relativamente dichosas de sus vidas de prisioneros la imagen del ausente, no pudiendo satisfacerse con lo que en la realidad vivían. Impacientados por el presente, enemigos del pasado y privados del porvenir, éramos semejantes a aquellos que la justicia o el odio de los hombres tienen entre rejas. Al fin, el único medio de escapar a este insoportable vagar, era hacer marchar los trenes con la imaginación y llenar las horas con las vibraciones de un timbre que, sin embargo, permanecía obstinadamente silencioso”.

Dos cosas engendran este apartado de La Peste: la experiencia misma de Albert Camus como un ser ajeno al país que habitó, como una remembranza hastiada de orfandad. También evoca una preocupación existencialista que recae inevitablemente cuando nos hacemos conscientes del peso del tiempo y de la levedad del ser que ya anotaba Milan Kundera en uno de sus libros.

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La peste termina siendo el vehículo de la angustia, de un acercamiento a ese instante de la nada en que todos los pensamientos conducen a muchos puertos, pero finalmente no tocan ninguno. El ser humano nunca se preparó para asumir la vastedad de un tiempo incierto, habitó siempre sobre un suelo que no temblaba, y cada cierto tiempo, cuando las placas rugen y la tierra los despabila, estos suelen recordar que el presente es tan frágil y perecedero que cuando ya lo estamos nombrando ya es pasado.

El pueblo de Orán es el territorio que vivió Camus, pero también es el mundo que habitamos todos. El doctor Rieux es la encarnación de lo existencial, de una vida asumida por la desdicha de ser cada vez más necios, de creer que la inmortalidad es el vigor de la juventud y no la lucha de todos los días por ser algo más que una individualidad, por soñar por y en nombre de todo un colectivo. Las ratas no fueron más que las campanas que anunciaron la catástrofe de una época devastada por la deshumanización. El contexto de La peste, de la posguerra, sugiere que no es justamente el enfrentamiento armado el problema que termina amenazando con la destrucción de un mundo, sino la misma capacidad que tiene el ser humano para apabullar al otro, para acapararlo todo en nombre del bien individual, del letargo, de una aparente ceguera que también sería metáfora años después desde Saramago para recordarnos que lo que pone en vilo una pandemia no es la fragilidad de nuestra naturaleza, sino esas capas ocultas de una moral extraviada en la opulencia, en la sed de acapararlo todo a espaldas del que cae en la miseria.

La palabra "peste" acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: "Esto no puede durar, es demasiado estúpido." Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”.

Y las plagas dejaron de ser entendidas como colonias de organismos que perjudicaban a toda la población y empezaron a entenderse como los mismos males inherentes de la condición humana. Todos pecamos por soberbios, por egoístas, por dejar de ser seres que habitan un mundo y ser individuos que habitan sus propios mundos. Las ratas fueron el vaticinio, pero las verdaderas plagas que habitaban Orán y que habitan el mundo sin mayores peligros son la ignorancia, la falta de entendimiento con los otros, la ausencia de interés por re-conocer el entorno y sus dinámicas. Esa inocencia, previa a la culpa que engendra la angustia mencionada por Kierkegaard termina siendo el peor de los pecados y el primero de los canales por el que el caos y la confusión termine vislumbrando la ignominia del ser humano contemporáneo.

“El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No, todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo. Y el doctor Rieux que miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar. Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer...”

El relato existencialista nos lleva a ese eterno instante de la zozobra y la desesperación, del recuerdo de aquello que era visto como cotidiano y que por cotidiano había perdido su valor esencial. Es el relato de Gregorio Samsa en su desespero por volver a ser humano; es la náusea de Sartre que aqueja a Antoine Roquentin. Ahora es el pensamiento y la contemplación de lo humano desde el doctor Rieux, desde una personificación de lo absurdo, de aquella confrontación que provoca escozor en el cuerpo y que desespera a quien lo siente, pues se hace consciente que hay ideas y acontecimientos que superan el entendimiento, que retan la racionalidad de un tiempo que nunca está preparado, de un eterno presente, también de un eterno retorno provocado por el exilio de la memoria colectiva.

Retornar a casa como una forma de desandar los caminos de todos los días, como una metáfora de volver al origen, al núcleo, para re-pensar otra forma de caminar. Aislarse para entender el otro horizonte. El absurdo, como cualquier enseñanza de la vida, requiere el dolor y el frío en los brazos, requiere el sufrimiento para hacerse consciente de lo que no se había visto. Ser exiliados en nuestras calles y acostumbrarnos al silencio que no soportamos por el ruido de todo y de todos para añorar la voz de los que hacen parte de la vida, para aceptar desde los adentros que necesitamos de otra presencia, sin importar cuál o cuáles sean, para ver los lados oscuros del sol, la luna y las cavilaciones.

La peste y la obra de Camus como una fuente necesaria para una nuevo despertar, para comprender-nos las angustias, las soledades que pueden ser quimeras, para despojarnos del miedo a revelarnos como especie, a aceptar que el orden que legitimamos por las propagandas de la felicidad estaba acabando con la posibilidad de (con)vivir-nos. El aislamiento solo es un prefacio para una nueva era que deberá ser asumida desde la reflexión, desde el amanecer de una nueva consciencia colectiva que propenda por el cuidado del planeta, no solo de la especie humana, sino de la relación que tenemos con la naturaleza. El existencialismo desde Camus y desde el doctor Rieux como un susurro que nos recuerda que la levedad de la vida no es solo en momentos de crisis, que ahí es cuando más se asoma, sino que es siempre, y que por esa condena de la mortalidad es que es posible acudir a una revolución de las voluntades y de luchas colectivas que desmitifiquen desde hoy y para siempre la idea de que el sistema siempre excluirá a una parte determinada de la población.

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