29 May 2020 - 1:44 a. m.

La peste, el insmonio y la cuarentena, según “Cien años de soledad”

En “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez exploró, desde su realismo mágico, la llegada y las consecuencias de una enfermedad que tuvo en jaque a los habitares de Macondo. En el texto habló de la cuarentena, la cura y el contagio. Cualquier parecido con la realidad...
Joseph Casañas Angulo

Joseph Casañas Angulo

Periodista Cultura
Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad en mayo de 1967. Allí se habla de una peste que llega a Macondo y obliga a sus habitantes a permanecer en cuarentena.
Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad en mayo de 1967. Allí se habla de una peste que llega a Macondo y obliga a sus habitantes a permanecer en cuarentena.
Foto: Archivo

Y un día tocó a la puerta. No se la abrimos, pero igual entró sin ser invitado. Se instaló desde entonces en nuestra cama, sofá, silla, hamaca y cuanto espacio y rincón habíamos destinado previamente para el descanso.

Con el paso de las horas, los días, los meses y la prolongación continua de la cuarentena, se le ve cada vez más cómodo. Es una visita incómoda, molesta y eterna, sin embargo, a él no le importa en lo más mínimo que los dueños de casa estén perdiendo la tranquilidad y la paciencia por su culpa y por su presencia. Es el insomnio. Es el maldito insomnio.

Antes de que el COVID-19 se mimetizara en la cotidianidad, era un visitante ocasional. Y aunque nunca estuvo invitado y jamás fue bienvenido, logramos tolerar esa presencia esporádica. Durante una, dos o tres noches llegaba, revolcaba las cobijas y se iba.

Incluso, cuando sus visitas empezaban a ser frecuentes, encontramos métodos para sacarlo a patadas de la casa. Bastaba con contar ovejas, escuchar música o sonidos relajantes, o tomar alguna agüita de tilo para espantarlo.

Sin embargo, desde que la casa se convirtió en un apéndice de la oficina, el insomnio si instaló en nuestra propiedad y no parece haber nada ni nadie con el carácter suficiente como para llevarlo a empujones hasta la puerta y le de una patada en el culo. Y gritarle que no vuelva, que no lo queremos ver más, que nos dañó la vida y el sueño. Los sueños.

Mientras eso pasa, las noches de insomnio nos obligan a reciclar encuentros con libros viejos, pero con letras tan actuales, que hacen parecer que todo lo que está pasando es una historia que alguien ya vivió.

En el universo mágico de “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez habló de la “peste del insomnio” y de una cuarentena que se hizo en Macondo para evitar que los habitantes del pueblo fundado por los Buendía se contagiaran con esa maldición.

Lo que dice el escritor colombiano sobre la “peste del insomnio” resulta tan descriptivo para esta época, que cualquiera podría sospechar que Márquez sorteó una suerte de salto cuántico en el tiempo y no publicó su obra en 1967, en pleno auge del boom latinoamericano, sino hace apenas unos meses cuando los habitantes del planeta entero empezaban esconderse en sus casas para evitar un virus más mortal que la falta de sueño.

Y entonces hay que viajar a Macondo, siempre a Macondo, para recordar que fue Rebeca quien llevó la peste, esa peste, a ese pueblo de la ciénaga. Y que fue Visitación quien reconoció los síntomas de esa maldita enfermedad. Y que fue Aureliano quien encontró la forma de burlarse de una de sus consecuencias. Y que fue Melquíades quien llevó la cura.

Fragmentos de Cien años de soledad

Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó por casualidad y oyó un extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrada un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad.

Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligada, a ella y a su hermano, a desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio.

Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le indicaba que la dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.»

Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido.

Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.

Al cabo de unas semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía se encontró una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Ursula, que también había despertado, le preguntó qué le pasaba y él le contestó: “Estoy pensando otra vez en Prudencio Aguilar.”

Macondo se contagia de la peste

Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Al principio nadie se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque entonces había tanto que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto, que pronto no tuvieron más que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los brazos cruzados, contando el número de notas que tenía el valse de los relojes.

Medidas para frenar la peste del insomnio: la cuarentena

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como se quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y suplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaba sano.

No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la oca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas de insomnio. EN esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajó recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”.

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