Publicidad

La piel de Fabio Rubiano

Su vida se parece a su dramaturgia. Ahora dirige ‘Venus en piel’, que estará en temporada hasta el 12 de octubre.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Mariángela Urbina Castilla
17 de septiembre de 2014 - 12:05 p. m.
Fabio Rubiano, director de ‘Venus en piel’, nació en 1963.   / Luis Ángel
Fabio Rubiano, director de ‘Venus en piel’, nació en 1963. / Luis Ángel
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

“No soy alcohólico, no soy Philip Seymour Hoffman, no tengo tatuajes, no soy una rockstar”, dice Fabio Rubiano, como inquieto porque alguien quiere escribir sobre su vida. Está ahí, sentado en su apartamento en La Macarena, fastidiado, pues su blancura es una maldición y el sol está muy fuerte. Con ese inicio, a uno se le podría olvidar el Premio Nacional de Dirección que ganó por El vientre de la ballena, las críticas aduladoras que su dramaturgia ha recibido por el mundo y su sagacidad para interpretar personajes tan verosímiles como los de la vida misma. Pero habla y esa voz diáfana trabajada en las tablas devuelve a la realidad: se trata de Fabio Rubiano. El antagonista de todas las novelas, el actor reservado del que poco se habla, el dramaturgo, el ateo declarado.

Lleva tres décadas haciendo un teatro pesado, de ese que escarba en nuestros traumas humanos y deja al público adolorido, con la cabeza revuelta. Así es Venus en piel.

Por eso quiso adaptar tiempo atrás El idiota de Dostoievski. Quería cambiar de estilo, contar algo “dulce”. La historia de amor entre el príncipe Myshkin y la princesa Aglaya Ivánovna le pareció ideal. Pero ni esta obra ni todas las que ha escrito antes logran ser dulces.

Acto I

Rubiano, de ocho años, está de pie con su mamá en la puerta de la casa, en el barrio Restrepo. Llevan algunos minutos esperando una noticia y de pronto llega.
—Buenas. Necesitamos a algún familiar de Gonzalo Rubiano que no sea la mamá.

—¿Se murió, verdad? —contestó Sara María, la mamá.

Los mensajeros del hospital enmudecieron.

—Dígame ya. ¿Se murió?

Presionados por la fortaleza de la señora, asintieron.

—Ay Dios —dijo ella. Suspiró y miró al cielo.

Era 1972 y la familia Rubiano ya había experimentado la muerte de dos de los suyos. Una bebé que había muerto cuando tenía seis meses y otra de un año. Con el asesinato de Gonzalo, en 1972, quedaban cinco de los ocho hermanos. “Él era el consentido”, recuerda Mariela Rubiano, la hermana que sigue a Fabio en edad. “Eso fue terrible para todos”.

Fabio estaba muy niño y no entendía el significado de la muerte, pero sí la leyenda que se formó sobre su hermano a partir de ese momento: un hippie de los años 60, un pintor extraordinario que hacía diseño gráfico a mano, un loco de pelo largo que vivía con su esposa de 14 años y que era papá de un hijo, un aventurero atrapado en líos de faldas, perdido en un triángulo amoroso que terminó por romperle el cráneo con un bate, abrirle un hueco en el cerebro, dejarlo vivo un par de días y luego matarlo.

Mariela Rubiano lo adoraba. Por eso, Fabio, a quien constantemente le gusta reducir sus triunfos o cualidades, dice que cuando se volvió actor, su hermana sólo le transmitió el amor que le tenía a Gonzalo. “De alguna manera, yo fui el otro artista de la familia. Por eso ella creyó en mí cuando nadie creía y fue la patrocinadora, desde siempre, del Teatro Petra”.

Acto II

Marcela Valencia estaba en clase y el profesor indicó que debían trabajar en parejas. Fabio Rubiano estaba justo frente a ella. Lo llamó con el dedo, indicándole que se hicieran juntos. Y se han hecho juntos en las tablas durante 30 años.

Son dos seres inmensamente compatibles. Él no quiso tener hijos porque “es muy injusto tener que amar a alguien por obligación”. A ella no le gusta tener responsabilidades a largo plazo. Él es ateo, ella perdió la fe, pero a ambos les encanta la iconografía católica. “Yo no tengo resentimientos con la religión. A mí ningún cura me metió mano. O me gustó mucho y ya no me acuerdo. Es más, tenemos un grupo que se llama Ateos Pesebristas, de gente que creció en familias católicas pero adoptó otro punto de vista”, dice Rubiano.

Y por lo mismo, por lo compatibles, se rompió su matrimonio de diez años. Él dice que ya no se soportaban, ella siente que el matrimonio es antinatural y que la gente debería enamorarse a los 60. Además, “Fabio es un poco neurótico”, agrega Valencia.

Según algunos de sus estudiantes de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, Rubiano es un picaflor. Alguna vez les dijo en clase: “Mi pipí es un trampolín, todas las mujeres que pasan por ahí llegan a la fama”.

—Pero si yo siempre he estado muy casado. Además soy refeo —replica Rubiano.

Después de Marcela Valencia convivió ocho años con otra actriz, Carolina Cuervo, y cinco con una novia de la que se guarda el nombre. Pero a pesar de sus otros amores y de los otros de ella, siempre han estado juntos, velando el uno por el otro, queriéndose como hermanos o, según él, como se imagina que debe ser el amor a un hijo. Ambos creen que Teatro Petra no habría seguido en pie durante treinta años si no fuera porque su socio existe.

Acto Final

“Fabito era una persona supremamente juiciosa, aguda. De la mano del maestro Santiago García empezó a formar su propia voz como escritor”, afirma César Badillo, quien lo conoce desde sus épocas en el Teatro La Candelaria. Cada uno tomó un camino distinto. El de Fabio fue el Teatro Petra.

En treinta años que lleva el Teatro Petra presentando sus obras por el mundo, no ha podido encontrar una casa en Colombia. “Aquí es más fácil poner un prostíbulo que una casa cultural”, dice Marcela Valencia. En el último intento, le dijeron a Rubiano: “En ese lugar se puede tener un centro de culto o un jardín infantil, no una casa cultural”. “Fabio quiere hacer las cosas a lo legal, no tiene porqué pasarle plata a nadie”, agrega Valencia, consciente de que en Colombia hasta para abrir un centro cultural se necesita ser corrupto.

Mientras tanto, el apartamento del actor en La Macarena está decorado con la escenografía de sus obras. Una estación de radio, sillas, comedor y un tapete que han pasado por Sara dice, o por El vientre de la ballena.

Se siente vacío ese espacio tan grande para un hombre solo. Finalmente se cansa y cierra la ventana.
Prefiere estar a oscuras.

 

Por Mariángela Urbina Castilla

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.