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La plegaria de un escritor

‘Plegarias nocturnas’, editada por Random House Mondadori, relata la historia de dos hermanos que se buscan a través de un cónsul en Asia.

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Fernando Araújo Vélez
20 de abril de 2012 - 11:31 p. m.
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“Cada escritor es el primer escritor; la literatura es crear el mundo en el que uno quisiera vivir”, dijo, y recordó a Juan Rulfo cuando confesó que había escrito Pedro Páramo porque ése era el libro que faltaba en su biblioteca. Entonces eligió un pequeño silencio y sonrió, como si desde el estrado de ese vacío aclarara que todos sus libros, Necrópolis, Páginas de vuelta, Perder es cuestión de método, Los impostores, Vida feliz de un joven llamado Esteban, El síndrome de Ulises, Octubre en Pekín y Plegarias nocturnas, y él mismo, Santiago Gamboa, hubieran surgido de diversas ausencias y fueran el escritor y los libros que hacían falta en su biblioteca.

Hablaba de su vida. De sus padres, profesores de la Universidad Nacional, de los cinco mil o más libros que había en su casa, de su hermano Pablo, que lo había introducido en el mundo de la literatura, “pues conversaba con sus amigos todo el tiempo de libros e historias, y yo sólo me creí capaz de entrometerme en sus charlas cuando leí Tom Sawyer. Por fin pude hablar de Twain, de literatura, y ser, de alguna forma, como Pablo y sus amigos”. Ya nunca más dejó de leer. Leyendo, multiplicó su vida. Se transportó. Conoció a Madame Bovary, a Napoleón, a Ulises. Estuvo metido en Troya. Viajó. Sintió. Volvió.

Al volver de aquellos mundos, de todas aquellas otras vidas, comenzó a escribir “en serio”. A crear su mundo. “Hoy, habría estudiado algo diferente a literatura. A fin de cuentas, la literatura se aprende en los libros, con los libros”, admitió el jueves pasado, con su última novela entre las manos, Plegarias nocturnas, una historia de amor, como la definió: “Una historia de amor fraterno”. Dos hermanos que se buscan a través de un cónsul. Tres voces desgarradas. Como escribía José Ángel Báez en la revista Arcadia, allí “aparecen relatos que reflejan sin concesiones a adolescentes sin esperanza, confundidos e inmersos en una sociedad ambigua, desigual, violenta, injusta, descaradamente arribista y asediada por el dinero fácil”. Como concluía Gamboa, “el mundo había sido hostil con ellos, por eso tenían que defenderse, juntos y espalda contra espalda. En últimas, es una novela de amor, hay que repetirlo, un tema clásico, uno de los 30 temas clásicos de la literatura, que se repiten y repiten, pero cada vez de una forma diferente”.

Luego, muy luego, dijo que el hombre era, por naturaleza, de derechas: la guerra, la religión, las viejas costumbres, y que la civilización era el resultado de las izquierdas: tolerar, dialogar, aceptar. Calló y sonrió una vez más. Barbarie y civilización, derechas e izquierdas. Cuando se marchó, citó a su amigo Mario Mendoza y dejó en claro que hay que saltar al vacío, pues ya después aparecerá el piso.

Por Fernando Araújo Vélez

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