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La prehistoria del cuerpo femenino al desnudo

Fragmento del libro de ensayos “El hombre prehistórico es también una mujer. Una historia de la invisibilidad de las mujeres”, en Colombia bajo el sello editorial Lumen.

Marylène Patou-Mathis * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

15 de marzo de 2022 - 08:45 a. m.
La Afrodita de Milo, más conocida como Venus de Milo, es una de las estatuas más representativas del periodo helenístico de la escultura griega, y una de las más famosas esculturas de la antigua Grecia. Fue creada en algún momento entre los años 130 a. C. y 100. Fechada entre hace 31.000 y 35.000 años, la Venus en marfil de mamut de Hohle Fels (Alemania) es en la actualidad la más antigua. / Archivo
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Seres humanos o su sexo (vulvas y falos) fueron pintados, grabados o esculpidos en las paredes de cuevas, rocas o soportes móviles —huesos, astas de ciervos o piedras—. Las representaciones femeninas, descubiertas en más de noventa yacimientos en toda Europa y en Siberia son las más numerosas (allí el Paleolítico superior, que empieza hace aproximadamente 43.000 años y acaba hace unos 10.000, se caracteriza por la sustitución de los neandertales por los hombres anatómicamente modernos (Homo sapiens) llegados de África, la diversificación de las culturas (en Europa occidental: el Chatelperroniense, el Uluzziense, el Auriñaciense, el Solutrense, el Gravetiense, el Magdaleniense). Estas siluetas pintadas o grabadas, estas vulvas y estas estatuillas en bulto redondo han propiciado que los investigadores dieran rienda suelta a su fértil imaginación. Las estatuillas han recibido a menudo la denominación de «Venus», nombre de la diosa del amor, de la seducción y de la belleza femenina en la mitología romana. (Recomendamos: Los rezagos en la equidad de género en Colombia).

Desde el reconocimiento del arte paleolítico, primero mobiliar y luego parietal, a finales del siglo XIX y principios del XX respectivamente, las obras prehistóricas han sido interpretadas tomando como referencia nuestras miradas de humanos modernos y occidentales. Muchos autores se han preguntado por su naturaleza y su sentido, y han dado interpretaciones culturales o de culto. A principios de la década de 1960, los prehistoriadores Annette Laming-Emperaire y André Leroi-Gourhan aportaron una visión estructuralista del arte parietal.

La observación de las asociaciones de animales y signos en la cueva de Lascaux (Dordoña) los llevó a desarrollar una tesis sobre la existencia de una organización del espacio gráfico basada en la dualidad masculino-femenino, que se encarna en una pareja central, a menudo «bisonte o caballo-uro», asociada a signos abstractos, que simbolizarían lo femenino (los signos plenos) o lo masculino (los signos delgados). Si para Annette Laming-Emperaire, el bisonte es un principio macho y el caballo un principio hembra, para André Leroi-Gourhan es al revés.

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Según este gran especialista del arte paleolítico, que el uro, antepasado del toro en potencia genésica, se asocie al símbolo femenino y, por tanto, a valores maternales, podría sugerir que estos humanos no habían descubierto el papel y la función del hombre en la reproducción. Esta hipótesis explicaría la relativa escasez de representaciones masculinas (siluetas y falos) antes del Magdaleniense medio. No obstante, si bien el animal asociado con más frecuencia a la imagen vulvar es el caballo, muchas siluetas femeninas se asocian al bisonte, como la mayoría de las siluetas masculinas.

Esta divergencia puede reflejar la diversidad de las cosmogonías en estas sociedades del Paleolítico superior. A finales de la década de 1980, los trabajos del ginecólogo y antropólogo Jean Pierre Duhard aportan una interpretación más realista de las representaciones antropomorfas, basada en la anatomía y la fisiología. La primera estatuilla femenina, la Venus impúdica, fue descubierta en 1864 por el marqués de Vibraye, en el yacimiento arqueológico de Laugerie-Basse (Dordoña). A este hallazgo le seguirán muchos otros, como la célebre Dama de la capucha, exhumada por Édouard Piette en 1894, en Brassempouy (Landas), y la Venus de Lespugue (Alto Garona), descubierta en 1922 por René de Saint-Périer.

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Fechada entre hace 31.000 y 35.000 años, la Venus en marfil de mamut de Hohle Fels (Alemania) es en la actualidad la más antigua. Estas estatuillas, más de 250, fueron esculpidas en diferentes materiales —hueso, marfil de mamut, piedra (esteatita, calcita, piedra caliza) o terracota—. Aunque poseen muchos rasgos en común, dimensiones modestas comprendidas entre 4 y 25 centímetros, se observa una gran diferencia en los detalles según la cultura a que pertenecen. Aunque existen algunas esbeltas con senos, la mayoría presenta atributos sexuales marcados (senos, a menudo caídos, nalgas redondeadas, vulva), la parte superior de los muslos y el vientre adiposos y el resto del cuerpo esbozado (en menor grado las piernas).

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Foto: Cortesía Lumen

Raramente se representan los rasgos del rostro, con algunas excepciones, como la Dama de Brassempouy o la «cabeza» de Dolní Věstonice (República Checa). Por el número de estatuillas femeninas descubiertas, en marfil de mamut o en piedra caliza, el yacimiento gravetiense de Kostienski, en Rusia, es excepcional. Estas estatuillas representan mujeres desnudas, a veces vestidas —bandas grabadas que cubren la cintura, los pechos, las muñecas, los tobillos— de pie o con mayor frecuencia arrodilladas y de cuerpo entero o parcial.

La originalidad de este yacimiento reside en la abundancia de partes de cuerpos —cabezas, torsos, vientres, a veces fusionados con los muslos o las piernas, caderas, piernas— que no corresponden a fragmentos de estatuillas rotas, sino a una realización voluntaria de los escultores/as. Aunque es difícil afirmar que todas las estatuillas tuvieran un carácter religioso, cabe considerar la hipótesis de que los fragmentos de cuerpos eran utilizados en rituales destinados a reunir lo que está esparcido a fin de «reconstruir» un cuerpo entero.

La interpretación de estas estatuillas, esculpidas durante más de 25.000 años por diferentes sociedades del Paleolítico superior repartidas por un vasto territorio, desde Inglaterra hasta Siberia, no puede ser global. Su función y su significado probablemente variaron a lo largo del tiempo y según el espacio. Algunas son exuberantes, otras longilíneas y sin atributos femeninos exagerados. Aunque casi siempre están desnudas, muchas llevan ropa, una especie de anorak, como las descubiertas en Mal’ta (Siberia), o adornos corporales, como las figurillas de Kostienski.

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La desnudez, en la mayoría de los casos, es el aspecto común de las representaciones femeninas paleolíticas. En la imaginería sagrada occidental la desnudez total, asociada al pecado, está prohibida, y la de la mujer, que encarna la «Caída», el «Mal», la «Naturaleza», vedada en los lugares de culto. Lejos de este tabú, los «artistas» del Paleolítico superior representaron no solo el cuerpo desnudo (femenino y masculino), sino también el órgano sexual visible, la vulva y el falo.

El hecho de mostrar el sexo probablemente tenía un gran valor social o simbólico. En cuanto a la ausencia de rostro e incluso de cabeza en muchas representaciones, tal vez se deba a una convención estilística, una prohibición, o signifique que la identidad de la persona no tenía ninguna importancia (una especie de arquetipo en el que todo el mundo podía reconocerse) o era desconocida (divinidad).

Se observa un cambio importante hace unos 15.000 años (Magdaleniense medio): las siluetas femeninas se vuelven más estilizadas y tienen una actitud más dinámica, aparecen las figuras masculinas y la asociación vulva-falo es un poco más frecuente. Podría ser testimonio de una modificación profunda en la cosmovisión de esos grupos humanos: «La socialización de la sexualidad es manifiesta para los magdalenienses, el yo primordial desaparece ante el cuerpo social», escribe Denis Vialou, especialista en arte paleolítico.

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Jean-Pierre Duhard sugiere, por su parte, que la mujer dibujada representa desde entonces la compañera sexual del hombre y se pregunta: «En el Magdaleniense, ¿el tema de la feminidad sustituye al de la fecundidad?». Nosotros también debemos plantear la cuestión: ¿qué hay que entender en la expresión «el tema de la feminidad»? ¿Se sobreentiende la existencia de cualidades y defectos de género? ¿Acaso no se trata de prejuicios, como escribe la filósofa estadounidense Sandra Harding, pues los juicios sobre el comportamiento femenino, incluso los laudatorios, revelan la mayoría de las veces un sexismo ambivalente, hostil y benévolo a la vez?

Henri Delporte afirma que el hombre paleolítico tenía conciencia de la dualidad mujer-madre/mujer-placer y que lo tradujo en esas imágenes. No obstante, esto daría por supuesto que sus autores eran solo masculinos, cosa de la que actualmente no tenemos ninguna prueba. ¿Esta «glorificación del cuerpo femenino», tantas veces sugerida, era el principal objetivo de los «artistas» paleolíticos?

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* Marylene Patou-Mathis es una reconocida prehistoriadora francesa, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique, conservadora de Prehistoria en el Musée National d’Histoire Naturelle. Este texto se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Traducción del francés de María Pons Irazazábal.

Por Marylène Patou-Mathis * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

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