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24 Apr 2021 - 7:37 p. m.

La primera mecedora (Cuentos de sábado en la tarde)

La casa no brillaba por las baldosas de mármol que algún día soñaron poner en el suelo resquebrajado, ni por los dientes de oro que le extrajeron a la abuela antes de sepultarla, y que guardaron en un frasco de jarabe ancestral que muchas veces el abuelo se empinó en la boca cuando le entraba de repente y en el lugar menos indicado el ataque de tos, y que nunca le curaron las naranjas agrias con cucharadas soperas de miel de Córdoba.

Verónica Bolaños

La vieja casa resplandecía cuando las mujeres abrían la puerta de la calle y el sol colisionaba con las mecedoras barnizadas cada quince o veinte días. Las hermanas, más que una obsesión por el brillo, ansiaban el placer que les producía el olor del barniz…

La primera mecedora que tuvo la pequeña Idalia se la regaló un vendedor a su madre. El hombre se compadeció de ver a la mujer detrás de la niña diciéndole con palabras amables que dejara de saltar la bendita cuerda.

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Idalia se despertaba muy temprano. Sabía prepararse el desayuno. Mientras hervía el café, y se sancochaba la yuca, se lavaba la cara bajo el chorro de agua de la alberca, luego se secaba el rostro con una toalla pequeña de color azul. Después del desayuno se reposaba un rato encima de la alberca, cantaba en voz baja las canciones que aprendió en el colegio de banquitos, antes de que la profesora hablara con su madre para anunciarle que: “Sintiéndolo mucho, no puedo tener a la niña en el colegio”.

Ese día, la madre de Idalia se fue a dar una vuelta por el pueblo. El monedero de flores que tenía en la mano se lo puso bajo el sobaco. De camino a la plaza se encontró con el vendedor de mecedoras. El hombre las tenía expuestas en el camellón. Cada mecedora reposaba encima de unos pliegues de cartón. Algunas estaban recién barnizadas, eran de color marrón y pino. Las mecedoras pequeñas eran aptas para niños no muy bien nutridos y las grandes podían ser heredadas de generación en generación, por el mero valor de haber sido usadas por las abuelas y bisabuelos.

La mujer miraba con atención una mecedora pequeña, de color marrón, con el respaldar tejido.

─¿Doña, le gusta? ─preguntó el vendedor─. Están hechas para niños y no tan niños porque hay adultos que como pueden meten sus nalgas para recordar su niñez…

─Sí, la verdad es que es muy bonita, estaba pensando que tal vez…

─No piense mucho, doña, pensar tanto da dolor de cabeza. Además, si le ha llamado la atención, por algo será, digo yo.

─Pues, resulta y acontece que… Tengo una niña que es… no sé ahora cómo se dice, siempre se me olvida, ay, cuando los pelaos no dejan de joder, que no se cansan, me lo dijo el doctor Morales, que la niña es… no logro acordarme, ombe. ¿Cómo es que se dice? Ah, ya. Mi hija es piperactiva, eso, piperactiva.

─¿Doña, y esa que vaina es? Yo nunca había escuchado esa palabra, esta tardecita cuando llegue a la casa buscaré en un diccionario que tenemos por ahí, le faltan algunas hojas, ojalá y no falte casualmente la página dónde está esa palabra. Tenga, escríbamela aquí en este papelito, porque seguro más tarde ya ni me acuerdo, ya sabe, no se puede uno hacer viejo ─el hombre sacó una hojita cuadriculada del bolsillo, donde tenía apuntados los nombres de los clientes que pagaban en cómodos plazos.

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La mujer escribió “piperactiva o tiperactiva, es una de las dos”, dobló la hoja y se la entregó al hombre.

─Mire, doñita, suena a grave lo que tiene su hija. Le regalo la mecedorita que tanto le gustó para que se la lleve a su pobre niña enferma. La que tiene suena bien maluco.

El hombre llevaba la mecedora levantada encima de su cabeza, caminaba de prisa, la mujer iba detrás, apurando el paso.

─¡No camine tan rápido, hace mucho calor, es allá en aquella casa blanca, la que tiene el techo de palma!

─Bueno, doña, me adelanto, se la pondré en el corredor y me regresaré corriendo al camellón, no vaya a ser que me roben alguna mecedora.

─Bueno, mijo, que Dios te lo pague.

Cuando el vendedor llegó, se sentó en la mecedora de muestra, pensaba en la palabra “pireractiva, piperactiva”, mientras se mecía y miraba el tanque elevado de agua.

Los clientes se acercaban a preguntar el precio y él en vez de responder “las pequeñas solo valen tres pesos y las grandes cinco pesos”, preguntaba: “¿Usted sabe lo que quiere decir piperactiva?”.

A todos los que se acercaban a ver las mecedoras los ponía al día de la enfermedad de la pequeña.

─Verá, es que una de las hijas de la señora que vive en aquella casa de palma, y según el doctor Morales es piperactiva. Se la pasa saltando la cuerda todo el día, parece que no se cansa nunca, se ve que también es muda y en ningún colegio la quieren. Por lo que me han contado por ahí, la mamá ya no sabe qué hacer con ella, la niña solo deja de saltar para comer, se ve que come mucho, pero bien flaca que está, imagínate saltando todo el día: lo que come, lo quema en el velillo. Dicen que la mamá le mandó a hacer unos zapatos con la suela de hierro, porque no tienen plata para estar comprándole a cada momento calzado. Se ve que a unos zapatos los dejó sin suela, pero como no podía dejar de saltar, saltó a pie descalzo. Los pies se le hincharon y le sangraban. La niña lloraba, pero seguía saltando, sin parar. La cuerda por la noche la metieron en una ponchera con agua y jabón, te puedes imaginar cómo quedó el agua, rojita, rojita. Luego colgaron la cuerda en los alambres para que se secara.

─¿Quién te ha contado todo eso? Veo que estás muy bien informado.

─Ajá, unos por aquí, otros por allá, ya sabes. Aquí el que no sabe algo es porque no quiere, está sordo, o ciego. Me dio tristeza por la mamá y le regalé la mecedora pequeña, a ver si se está quieta un rato la muchacha. ¿Será que mis hijos también sufren de piperactividad? Porque están todo el rato jugando al trompo. Y mi mujer tiene que irlos a buscar y llevárselos a chancletazos a la casa.

Muchas personas se fueron diciéndole que no sabían qué significaba eso, pero que debía de ser una enfermedad muy grave.

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