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La boda largamente soñada tuvo lugar, por fin, cuando ella tenía 26 años y él 31. El cielo tenía un aspecto primaveral y los vientos alisios soplaban por todas partes. Era el viernes 21 de marzo de 1958, en el puerto internacional de Barranquilla, donde había un comercio copioso y mercaderes que negociaban en casi todas las lenguas de Oriente y Occidente.
Pero, en medio del alboroto babilónico de aquella ciudad, ¿no habría confundido la hermosa dama del Nilo a su príncipe azul con un ordinario plebeyo? En efecto, el hombre con quien llegó aquel viernes al altar de la iglesia de Nuestro Señora del Perpetuo Socorro era parecido al suyo, pero con los rasgos exagerados: su enorme cabeza rizada era todavía más grande, la enjutez de su cuerpo era tal que hacía ver muy triste su figura y la demacración y palidez de su cara estaban tan acentuadas que lo único que se advertía en ella era un frondoso mostacho negro. La vacilación de la bella oriental duró, por fortuna, apenas algunas horas, pues cuando iban en pleno vuelo en el avión que los conducía a Caracas, donde pasarían la luna de miel –y donde también residía por entonces el novio–, éste le dijo a ella:
–Te prometo que, cuando cumpla 40 años, escribiré la novela más hermosa del mundo.
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En ese momento, Mercedes sonrió y exhaló un suspiro de alivio: supo con toda certeza que aquel era en efecto el pretendiente que había esperado desde su niñez. La promesa de escribir la novela más hermosa del mundo era el atributo con que ella había conocido siempre a Gabriel y era por lo tanto el santo y seña inconfundible que le permitía reconocerlo ahora.
Supo también, en cuanto se instaló con su marido en Caracas, que debía colaborar con él hombro a hombro en la consecución del gran logro. Empleando apenas dos dedos de las manos, él trabajaba día y noche tan duro y fuerte como si lo hiciera con todos los músculos del cuerpo. Una parte del trabajo era alimentaria: notas y artículos para varias revistas, tres en total; la otra parte era poética: sus historias de ficción, todas preparatorias de la novela más hermosa del mundo. En aquella época de Caracas, se trataba de las historias cortas que habrían de integrar su primer libro de cuentos: Los funerales de la Mamá Grande. Mercedes se ocupaba de la casa y, a veces, sin darse cuenta siquiera, actuaba también como musa. Como aquel fin de semana en que Gabriel estaba escribiendo el cuento “En este pueblo no hay ladrones” y se topó con un escollo en cierto episodio en que Ana, la mujer del protagonista, se despierta a media noche y encuentra que su marido, que ha llegado tarde a casa, está fumando junto a ella, “estirado en la cama”. Tal como lo explicaría años después, el escritor necesitaba que la mujer, al despertar, dijera una frase que no tuviera “nada que ver con la situación”, pero entonces no la encontraba. En ésas estaba cuando se acercó a Mercedes, quien hacía la siesta en el dormitorio, y quien, despertada por su presencia, dijo espantada: “¡Ay!, soñé que Nora estaba haciendo muñecos de mantequilla”. Era exactamente la frase que estaba buscando. Por eso, según lo pueden comprobar lo lectores, Ana, la mujer del hombre que se roba las bolas de billar, después de indicarle a éste dónde está la comida, le dice: “Soñé que Nora estaba haciendo muñecos de mantequilla”.
En abril de 1959, se marcharon de Caracas y fijaron su residencia en Bogotá atraídos por otro empleo para él: las oficinas de Prensa Latina, la nueva agencia internacional de noticias cubana. En la capital de Colombia, nació su primer hijo: Rodrigo. Pero el nomadismo continuaría: en enero de 1961, se trasladaron a Nueva York, donde él se ocuparía de las oficinas de Prensa Latina de esa ciudad. Pero allí se presentaron problemas muy graves que incluían amenazas físicas contra ellos, lo que obligó a la pareja a una nueva trashumancia: en junio de 1961, en una completa penuria, huyeron de Nueva York y se desplazaron por carretera a Ciudad de México.
En Ciudad de México, Gabriel hacía de todo un poco para proveer el sustento del hogar que ahora constaba de cuatro personas, pues en abril de 1962 Mercedes alumbró a su segundo hijo: Gonzalo. Pero él no dejaba de pensar en su gran promesa. Sin embargo, ésta se vio amenazada por un estado de bloqueo y de pesimismo creativos que se prolongó por años. “Se me han enfriado los mitos”, se quejaba entonces. Mercedes, compungida, pensaba: “El príncipe está triste... ¿qué tendrá el príncipe? Está mudo el teclado de su Smith-Corona; y en el vaso se desmaya mi flor amarilla”.
Pero un día de 1965, mientras viajaban de vacaciones a Acapulco, Gabriel anunció que la novela había llegado por fin. Mercedes estalló de felicidad. De común acuerdo, regresaron a toda prisa a Ciudad de México. Él empezó a escribir el primer capítulo, sin dejar de ir a la agencia de publicidad donde trabajaba. Pero Mercedes comprendió que así no irían a funcionar las cosas, de modo que lo encaró: “¿Tú vas a escribir la novela más hermosa del mundo o vas a trabajar?”. Gabriel renunció entonces de inmediato a su trabajo asalariado y se encerró a escribir a tiempo completo en su pequeño estudio, La Cueva de la Mafia. Mercedes, por su parte, inició también la labor más ardua de toda su vida: hacer rendir las finanzas domésticas, que eran de 5.000 dólares, durante seis meses, tiempo calculado por Gabriel para escribir la novela. Pero pasaron los seis meses y todavía faltaban por nacer varias generaciones de Buendía. La labor gerencial de Mercedes se hizo todavía más difícil: tuvo que recurrir a créditos y sortear a los acreedores para mantener la casa en pie. Estaba dispuesta a hacer todas las piruetas administrativas posibles, pero tenía claro que Gabriel debía seguir encerrado el tiempo necesario para terminar la novela. ¡Era la promesa de su vida!
Así fue: al cabo de ocho meses más, en agosto de 1966, él salió de La Cueva de la Mafia, sonrosado y feliz, con la novela más hermosa del mundo convertida en una contante y sonante realidad de 700 cuartillas holandesas. Mercedes tuvo todavía que hacer unos últimos sacrificios para enviarla a Buenos Aires, donde el editor prínceps la esperaba con ansiedad.
Por supuesto, la novela más hermosa del mundo tenía que producir una conmoción inmediata en los cuatro puntos cardinales del planeta. Ciertamente, de sur a norte y de occidente a oriente, Cien años de soledad fue un suceso estremecedor que todos los países y todas las lenguas celebraron. Con ello, la vida de Gabriel y Mercedes, así como la de sus dos hijos, cambió por completo. Empezaron otra vez la vida trashumante, pero no impulsados por la necesidad, sino por los vientos dorados de la gloria. En todas partes eran admirados y aplaudidos. Les llovían invitaciones de familias e instituciones. Todos querían tenerlos entre ellos aunque fuera un momento, y no se diga en sus fiestas y recepciones: desde personas comunes y corrientes hasta monarcas y jefes de Estado, pasando por los escritores más célebres, entre los cuales Gabriel era primus inter pares. En el invierno de 1982, fueron invitados a Estocolmo para el homenaje más fastuoso que hubieran recibido jamás, y en el cual fueron atendidos en persona por los reyes de Suecia.
Llevaron una vida de ensueño. Desde luego, fue Gabriel el genio que escribió la novela más hermosa del mundo, pero, como él mismo lo declaraba siempre, sin Mercedes no lo hubiera podido hacer. Y así lo reconocieron todos: no los veían como individuos independientes, sino como las dos mitades de un solo ser maravilloso. Los llamaban los Gabos. Los otros escritores, por ejemplo, no les dedicaban sus libros al uno o al otro en particular, sino a los dos: “Para los Gabos y los Gabitos, abrazos grandes y chiquitos” (Mario Vargas Llosa, La casa verde); “Para Meche y Gabo García Márquez con todo el cariño de…” (Juan Rulfo, Pedro Páramo). Incluso, no faltaba quien prefiriera dedicar su obra sólo a ella: “Para Mercedes, que me salva de monstruos pegajosos en los cocteles y que –ojalá– me quiera como yo la quiero” (Julio Cortázar, Rayuela).
Así que Mercedes Raquel Barcha Pardo, la boticaria silenciosa de la avenida 20 de Julio de Barranquilla, no se había equivocado: cuando apenas recién casados, en el vuelo que los llevaba a Caracas, Gabriel le dijo que iba a escribir la novela más hermosa del mundo, ella supo sin ninguna sombra de duda que él le estaba haciendo la promesa de felicidad más maravillosa que mujer alguna pudiera recibir de un hombre.