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Se congregan en una atmósfera electrizante de toros majestuosos, versados en exhibir un galope sensacional. Se suman al bucólico decorado medio centenar de vaqueros, cuya maestría los hace parecer más acróbatas circenses que jinetes de un festival equino. Cabalgan sobre fornidas yeguas de tamaño mediano, amaestradas y avezadas en la velocidad de distancia corta. La escena de bestias hostiles representa la supremacía del caballo aliado al hombre para tiranizar el ímpetu del toro. Un entretenimiento que no deja de tener su dosis de crueldad; dos colosos de la mitología deleitando el lúgubre entramado de intriga en medio de un aullido de vientos y murmullos.
Aunque parezca confuso, este festejo está concebido para celebrar la amistad y no la brutalidad. Rodeados de establos, boñiga de semovientes, bullaranga de joropos y alicoramiento desbordado, los desalmados competidores de los clanes se aprestan para un calculado armisticio. Todas las intrigas y feroces discrepancias naturales del crimen organizado se deponen misteriosamente. Contagiados de la algarabía provocada por el disparo que da inicio a las competencias -un caballo acelera desbocado detrás del toro mientras el jinete ase la cola de su presa- el hampa y los gatilleros se confunden en este cónclave de euforia. El arrebato provocado por la pócima de la embriaguez y el erotismo de mujeres en vaqueros estrechos y botas de vaquería, sosega la belicosidad de los bribones para levantar temporalmente las fronteras de los feudos y diluirse en la estrechez lasciva de las galerías.
En estos encuentros vibrantes nacen alianzas, se desvanecen rivalidades, se reconcilian las ánimos pero no se olvidan sino que más bien se aplazan vendetas y ajusticiamientos pendientes hasta después de que el último toro forcejee inútilmente sobre el fango rojo del crepúsculo. El jaleo es un juego de espejos en el que los predadores suspenden su talante violento para descubrir los reflejos del futuro secuaz ó el próximo traidor a decapitar.
Los jerarcas de estas corporaciones de la ilegalidad tienen motivos suficientes para ostentar con extravagancia en esta celebración. La jarana incluye, además de los habituales galones de aguardiente, otros camiones de champaña, cuyas botellas muchos de los allí presentes jamás habrán visto y sólo pocos probaron en algún refinado restaurante capitalino; una tonelada de formidables voladores ‘garra de tigre’ y un banquete pantagruélico de típicos y ternera a la llanera, calculada para que ninguna boca de la vecindad quede sin disfrutar del suculento zafarrancho.
Se cumplía ya el aniversario de haber consumado uno de las asaltos electorales de clientelismo armado más sangiento y exitoso de todos los tiempos. De manera pasmosa los ‘señores’ habían conseguido intimidar a millones de ciudadanos, con masacres y asesinatos selectivos de líderes, para que votaran a la presidencia al candidato de su preferencia. El flirteo permanente del candidato pretendiente con las fuerzas de la autodefensa los había incitado a una acción decidida y, sobre todo, a acoger la conveniencia de un entendimiento y copamiento táctico de espacios estratégicos de la sociedad y la economía legal. Se referían a él como ‘Don charnela’ porque fue quien con artería supo cubrir de licitud culebrera los mares de sangre derramada por millones de víctimas inocentes, dizque, decía el gobernante, para preservar la seguridad de la patria y el honor de la bandera. Muchos de los allí presentes lo aclamaban como al segundo Bolívar y él, con su mediocridad teatral, terciaba la mano sobre el pecho erguido de narcisismo.
Los sermones del caudillo arroparon de legitimidad a las bandas privadas. Al pasar de los días el mecenas político se convertiría en suscitador litúrgico del proyecto político-militar absolutista. Acostumbraba a orientar sus declaraciones capciosas para inducir a elucubrar conductas penales cuando se agotaban las opciones legales. No era necesario que sus órdenes fueran precisas o detalladas. Sabiendo del riesgo implicado en propiciar sutilmente este tipo de maniobras y de las aciagas consecuencias que acarreaban, el ‘don’ prefiría dejarlas sueltas al azar. Con su temperamento despótico, se abrogaba la potestad de definir el elástico alcance de la ley. Tenía una consigna favorita que le gustaba advertir cuando juzgaba inescapable traspasar los límites legales para forzar su interpretación de lo legítimo: a veces ‘resulta necesario atrofiar los malos retoños’. Y se jactaba de tener una claridad súbita para vaticinar cuáles ‘malos retoños’ apremiaba cortar de raíz. Era reconocida su astucia para despreciar la gravedad de tropelías insolentes con una alegación sofística falaz.
No satisfechos los ‘señores’ con la soberbia de haber impuesto a su deidad en el solio de los presidentes, dos de sus más temerarios demagogos fueron honrados con la gloria de dirigirse al Parlamento de la República, para recibir el reconocimiento y el aplauso de la clase política servil, muchos de ellos atrincherados tras la traición y la cobardía. Para el momento del brindis en este festín llanero, el motivo principal para levantar la copa, no cabe duda, era la afirmación rotunda de que los ‘señores’ de la guerra tenían al país postrado a sus pies.
Pero en la sombra de esta fraternidad hay un paisano que padece con la misma abundancia que el sudor lo empapa. No se siente tranquilo, intuye que lo observan mientras algunos capos lo saludan con desdén. Sabe que vienen vigilándolo desde hace días, pero no alcanza a adivinar el destino que le espera una vez termine la temporada del coleo. Se trata del ex-alcalde Enser, quien hasta hace poco tiempo alcanzó a ser ficha importante en el ajedrez de poder de los ‘señores’ del Meta. Alias Arcángel lo había señalado como su candidato para la gobernación de la provincia. Le facilitó escoltas de seguridad, vehículos y generosas cuantías de dinero que los rumores contaban en más de diez mil millones para que repartiera a sus anchas, sobornando congresistas y políticos influyentes que abanicaron su aspiración. Además fueron famosas las interminables filas de los moradores en los barrios populares de Villavicencio para recibir el favor del ‘ungido’, bagatelas que consistían en unos pocos billetes para atender las penurias habituales de la pobreza, a cambio del consabido voto.
Pero llegó el día esperado de las elecciones y justo en la noche del conteo, cuando Enser iba adelante por un estrecho margen, misteriosamente se fue la luz en la ciudad. Al regresar la carga eléctrica y como por milagro de la magia corruptora del todopoderoso Arcángel, apareció ganando el candidato Adalberto, el encarnizado rival de Enser. Resulta que los ‘señores’ habían cambiado de parecer, porque además de financiar también a Adalberto a espaldas del supuesto ‘ungido’, negociaron con él bajo la mesa un porcentaje mayor de la contratación del municipio y un control total de los cargos en el gabinete. Al ‘perder’ las elecciones por unos pocos votos, y despúes de que incluso los ‘señores’ asesinaron al tercer rival como simulacro para despejarle el camino, Enser cayó en desgracia. Tenían sospechas fundadas sobre manejos indebidos de los dineros aportados por su benefactor. Además comenzó a ejercer una presión desesperada para que se declarara nula la votación por fraude y para que Arcángel saboteara el resultado amedrentando al gobernador elegido. Se convirtió en una molestia incómoda e inoportuna para el ‘señor’ y decidieron cortarlo como a un mal retoño.
Tanta sobreactuación emocional era poco práctica para los intereses estratégicos de Arcángel. Desde la cúpula de su emporio ya poco lo desvelaban deslealtades o amistades, sólo sabía calcular intereses y tajadas de poder. Una cosa que no entendía del todo Enser, es que los ‘señores’ son expertos en jugar a tres bandas cuando se trata del ejercicio del poder. Su brazo dilatado y ubérrimo les alcanza para repartirle dinero a alfiles políticos premeditados que se acercan a besar el anillo, pidiéndo protección y unos cuantos millones de pesos por someterse y acceder a un cargo de elección popular. Ya lo había hecho con el propio Enser cuando lo apadrinó para ser elegido alcalde de El Dorado. Tanto que se destacó a nivel nacional por su gestión de ‘paz’, al ganarse un premio nacional de paz otorgado por algunos de los principales medios nacionales, fundaciones nacionales e internacionales y la propia ONU. Sin él saberlo, también le habían entregado abultados costales de dinero a su archienemigo, quien a la postre resultó elegido como gobernador.
Cualquier aspirante a cargos públicos que quisiera jugar en el ajedrez político de la Orinoquía debía comer de la mano de Arcángel. Esta realidad es una evidencia soportada en la hegemonía que consolidó el proyecto político-militar de las autodefensas en las regiones más estratégicas del país. Los otros actores, como las fuerzas de seguridad del Estado, los terratenientes, caciques tradicionales, narcotraficantes y políticos profesionales, si bien seguían siendo parte de la estructura del poder territorial, lo hacían sometidos a los designios y las condiciones que imponían los ‘señores’ de la guerra. Con sus ejércitos privados lograron apropiarse de las administraciones locales y departamentales y de los cuerpos de inteligencia y seguridad. Tanto que ellos mismos, con indolente arrogancia, se autoproclamaron como ‘el Estado’ en los más de veinte departamentos que avasallaron. La acumulación insaciable de riqueza mediante el cobro de seguridad, la transacción en negocios lícitos e ilícitos y la cooptación de las rentas públicas, fueron los principales instrumentos utilizados para consolidar ese poder absoluto conquistado.
La capacidad de Arcángel para expandir la invencibilidad de sus tenazas sobre tan vasta región de los Llanos, dependía de esa versatilidad para reproducir capital con un portafolio impecablemente ramificado. Así logró sostener a un ejército no menor de cinco mil hombres, además del engranaje coercitivo y clientelar con el que dominaba y controlaba las relaciones sociales e invertía en la mano invisible de sus negocios legales e ilegales. Para apuntalar la temeridad de semejante andamiaje, escenificaba el terror como demostración ejemplarizante, aplicándolo selectivamente contra distintos sectores de la población. Notificaba así de manera rutinaria a los otros poderes y a la ciudadanía desprevenida que nadie estaba por fuera del alcance de su empuñadura. Inconscientemente estaba rindiéndole culto a la vivencia de su infancia cuando por entonces los llamados ‘pájaros’ de su pueblo natal Amalfi, ejercían como los ‘patrones’ de la crueldad imponiendo un abominable control sobre la población, amparados en el respaldo que desde Bogotá y Medellín les brindaban las élites del Partido Conservador.
Poco apetito había tenido Enser esa tarde y prefirió ahogar sus miedos con varias copas de champaña que combinaba con intervalos de aguardiente. Naturalmente semejante mezcolanza se empezaba a reflejar en su compostura. De pronto se dió cuenta de que las piernas le flaqueaban y no lo sostenían con la erguidez que exigía la presencia de tanto cabrón. Pensó que lo mejor era mandarse una buena porción de carnes si quería evitar un trastabilleo inútil que lo hiciera quedar en ridículo. Entonces se acercó a alguno de los bufés donde repartían unas generosas porciones de mamona y chigüiro y otras delicias. En el núcleo de la pira escuchó el crepitar de los rescoldos abrasando unas lonjas de venado fresco. Su mirada distraída no le permitió advertir que justo delante suyo estaba don Mario, el segundo al mando de Arcángel y jefe de finanzas del bloque Centauros, apretujando en su plato unas hallacas de chicharrón con unos tungos de arroz.
-Don Enser, ¿qué hace usted por acá? Yo ya lo hacía lejos, por Bogotá
-Nada don Mario, usted sabe lo difícil que es dejar la tierrita y a la familia, respondió un Enser atormentado.
–Yo le recomiendo que se deje de lamentaciones y nostalgias huevonas, los patrones no lo quieren ver más por estos lados. Ya está advertido y usted sabe que por acá la palabra es sagrada.
-Pero don Mario, yo no entiendo por qué tanto veneno de los patrones después de mi viaje a la capital. Lo único que hice fue llevarles esos buses repletos de gente para que los aplaudieran a don Salvador y a don Ernesto después de los discursos que se echaron en el Congreso.
-No, no hermano eso no fue todo, usted de ahí cogió con todo ese gentío y se lo llevó a manifestar frente al Consejo de Estado dizque a protestar por la elección del gobernador que escogimos. Y todos los medios de comunicación, claro, se fueron detrás suyo para averiguar cuál era la joda con sus protestas. Los patrones don Vicente, Arcángel, Salvador, la Mafioly, todos lo vieron en directo por la televisión con sus pendejadas, y ellos estaban allí cerca siguiendo la transmisión desde el Centro Internacional. Esa mierda nos puso encima la lupa de las berracas autoridades de por allá. Ahora estamos en la mira de la prensa acosándonos con investigaciones, sobre todo contra los duros de por acá y hasta contra los amigos del gobierno que elegimos con honestidad y la bendición de dios.
-Pero cómo don Mario, si todo ya estaba arreglado con Arcángel para que ganaramos las elecciones. Yo iba a cumplir mis compromisos con entera decencia y ustedes me faltoniaron.
-No se equivoque Enser, usted sabe muy bien que las cuentas no están claras y que todavía hay mucho billete embolatado y son varias las propiedades y las vainas de lujo que lo vimos comprando últimamente. Es mejor que no insista y acepte mi consejo, váyase de esta mierda cuanto antes y no se amargue más la vida. Ah, y por si acaso, cárguese a su familia no vaya y sea…
Al exalcalde se le retorció la náusea y sintió un apabullamiento que lo obligó a apoyarse en la mesa del bufé. Don Mario terminó de mojar su vianda con una generosa porción de ají y mirándolo con frialdad, sin despedirse, le dió la espalda y desapareció abrazado por dos damas que lo acompañaban. Poco antes de que anocheciera y sin tener el coraje suficiente para acercarse a la carpa de Arcángel y su nutrido séquito de súbditos, entre los que alcanzó a reconocer a varios generales y coroneles, congresistas y gobernadores de toda la Orinoquía, se dirigió hacia su campero. Salía derrotado, resignado, porque entendió que no tenía salvavidas y debía abandonar la tierra de sus origen y también la ilusión de algún día llegar a ser poderoso entre los poderosos.
Por fortuna lo calmaba la esperanza de irse a la gran ciudad. Allí, con su moderado caudal, podría empezar algún negocio y sumergirse en la tranquilidad del anonimato. Asumiría una nueva vida, sana, sosegada, distinta a tanta intriga y deslealtad por estar codiciando un poder esquivo, fugaz. Lo que no sabía o de lo que no tenía suficiente información, era que el bloque Centauros, entre otros señuelos, por sugestiones del propio vicepresidente de la República de la época, había extendido su demoledor engranaje de poder y muerte a Bogotá y Cundinamarca. La sed mafiosa de acumulación y cohersión se esparció desde su santuario rural hasta las arterias de la capital a través de células delicuenciales urbanas capaces de dominar la sociedad con la misma violencia brutal.
Aturdido, Enser huyó hacia las mandíbulas de la bestia. Unos meses más tarde, el desterrado centauro, junto con dos de sus amigos, fueron encontrados degollados y con señales de tortura en el baúl de un furgón, al norte de Bogotá.
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