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“Un migrante está obligado a creer en sí mismo”: Sinar Alvarado

El escritor y periodista habló sobre su monólogo “La Raya”, donde reflexiona sobre las dificultades y aprendizajes de su experiencia como migrante.

Andrea Jaramillo Caro

20 de abril de 2026 - 09:51 a. m.
El monólogo “La Raya” de Sinar Alvarado se presentará el 23 de abril.
Foto: Juan Felipe Rubio
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Cuénteme un poco sobre cómo se dio la creación del monólogo “La Raya”.

En 2020, empecé a escribir esta pieza que buscaba mezclar experiencias personales —como una especie de testimonio de migrante— con reflexiones y observaciones sobre las similitudes y diferencias entre los dos países. También incluía mucho humor para criticar ciertas cosas, retratar ambas sociedades y burlarme un poco de ellas.

Estaba en ese proceso cuando estalló la pandemia. Alcancé a avanzar, pero presentar la obra en un teatro se volvió imposible. Finalmente, en 2025 retomé esas notas y volví a trabajar en la obra. El texto cambió bastante, pero ya tenía un espacio donde presentarlo, así que decidí cerrarlo y llevarlo a escena.

¿Cómo cambiaron las percepciones que tenía en 2020 cuando empezó a trabajar en este proyecto frente a lo que estrenó y va a presentar estos días?

De las notas que tomé en ese momento quedó muy poco. En estos cinco o seis años, los migrantes venezolanos y los colombo-venezolanos que se han instalado en Colombia se han convertido en un grupo muy notorio: cerca de tres millones de personas. Esto está cambiando —y va a cambiar— el país para siempre: la comida, la cultura, la lengua.

Hay muchos venezolanos que no van a volver a su país y que construirán su vida en Colombia. Esa es, quizá, la transformación más importante que me llevó a mirar este fenómeno desde distintos ángulos. Me parece oportuno ofrecer una mirada distinta, desde la observación, el humor, la reflexión y la comparación entre distintos procesos migratorios.

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¿Qué ha descubierto sobre usted en el proceso de escritura del monólogo?

Crecí en un hogar de extranjeros donde se hablaba constantemente de Colombia. Los migrantes tienden a idealizar el lugar de origen, aunque hayan tenido que irse por razones difíciles. Para mí, crecer rodeado de esa nostalgia y al mismo tiempo conciliarla con el país en el que vivía fue algo muy intenso. Te deja en una especie de descolocación: no eres completamente de aquí ni de allá. Allá eres extranjero y aquí también, y entonces surge la pregunta: ¿de dónde soy?

Al mismo tiempo, esa experiencia también te da perspectiva. Te enriquece, porque creces entendiendo que el mundo es amplio y diverso y esa falta de pertenencia, de alguna manera, también te abre la mente y el corazón al resto del mundo.

¿Qué le ha ayudado a responderse justamente esa pregunta por su lugar de pertenencia?

Desde que tengo familia —esposa e hijo—, creo que básicamente soy de donde pueda estar con ellos y donde pueda estar bien a su lado, con mis libros y mi bicicleta. Pero cuando era soltero, me ayudaron mucho las palabras: las historias y los libros. Me refugiaba en las historias, en las palabras y en lo que tenía por contar.

También fueron fundamentales los amigos. Cuando uno crece como migrante, crece con un núcleo familiar muy pequeño. Esa ausencia se compensa en parte con los amigos. Sin importar dónde esté, poder contar con personas que me hacen sentir bien en cada lugar ha sido clave para construir ese sentido de pertenencia.

¿Cómo comenzó esa relación con escribir, los libros y esta área a la que se ha dedicado?

Un tío era lector y cuando me veía ahí, sin mucho que hacer, a los 12 años, me prestaba libros para que matara el tiempo y no estuviera aburrido. Desarrollé una gran curiosidad por las historias y en algún momento, como les pasa a muchos lectores, pasé de leer historias a querer escribir las mías.

Al principio pensé en estudiar literatura, pero finalmente me decidí por el periodismo y aunque trabajé tres años en eso y fue un aprendizaje muy útil, siempre me sentí más escritor, más narrador. Por eso busqué dedicarme a géneros narrativos como la crónica, el reportaje y el perfil, que me permiten dedicar varios días o semanas a una historia.

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¿Qué libro o autor ha sido determinante en su vida?

Por mi trabajo como periodista, cronista y reportero, “A sangre fría” de Truman Capote fue muy importante. También, aunque no se trate de un solo libro —pero podría mencionar “Honrarás a tu padre”—, la obra de Gay Talese fue muy iluminadora para mí. Antes de eso, tuve una época en la que estaba completamente obsesionado con la obra de García Márquez y la leí casi toda.

En cuanto al tema del periodismo narrativo, ¿cómo ha sido el proceso de encontrar su voz y afinar su estilo a lo largo de su carrera?

Durante los primeros años, si uno se lee con atención, descubre que todavía está imitando a los autores que más le gustaron. En los últimos años he ido encontrando una mayor convicción, y “La Raya” está muy relacionada con ese proceso. Me di cuenta de que soy un buen narrador oral y de que debía intentar trasladar esa naturalidad, el humor, la fluidez y la espontaneidad de la oralidad al texto escrito. Parece sencillo pero es muy difícil, al menos para mí. Sigo en ese intento.

¿Cuáles cree que son las características principales que debe tener un narrador oral eficiente?

Primero, una mirada. Hace falta una manera de ver el mundo que sea propia y que te permita observar el mundo. Después de tener esa mirada, viene la capacidad de construir algo a partir de ella: una reflexión, un discurso, una comparación o un chiste.

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La tercera parte es contar eso en vivo. En mi caso, estoy seguro de que han influido mucho mi cultura y mi origen. El Cesar, de donde viene mi familia, es una zona de narradores, de gente que cuenta historias: campesinos, músicos, autodidactas, incluso personas analfabetas que desde hace años se cuentan historias entre ellos. También Maracaibo, la ciudad de Venezuela donde crecí, es un lugar donde la pasión, el humor y la improvisación son muy importantes en la vida diaria. La gente enfrenta la vida con humor, todo el tiempo están bromeando, “mamando gallo”. Creo que crecer en ese ambiente y juntar esas aptitudes, esa tendencia al humor y a lo narrable, con mi gusto por leer, escribir y contar historias, da como resultado lo que estoy haciendo ahora: pararme en un escenario.

¿Qué consejo le daría al Sinar que empezó a escribir este proyecto en 2020, con todo lo que ya sabe ahora?

Que se atreva, que busque la originalidad y la independencia. Creo que esto también es consecuencia de la migración: un migrante tiene que convencerse a sí mismo, está obligado a creer en sí mismo. Debe asumir que su apuesta, por arriesgada, difícil o incluso irrealizable que parezca, es posible, incluso si tiene que hacerlo solo. Ojalá cuente con apoyo, pero el migrante está obligado a creer que aquello que se propone puede lograrse.

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Esta función del 23 de abril es la segunda en la que usted presenta el monólogo, ¿cómo fue la reacción del público frente a la primera presentación que hubo de “La Raya”?

Varias personas me escribieron ese mismo día para decirme que se habían sentido tocadas, que algo les había llegado de manera íntima y profunda. También había en la audiencia migrantes e hijos de migrantes, lo que generó una conexión especial. Con el monólogo hay dos ventajas enormes. Primero, la audiencia está ahí, en vivo, reaccionando a lo que uno escribió. Y segundo, a partir de esas reacciones, uno puede intervenir y mejorar constantemente el material. No existe una versión definitiva del monólogo: es un texto vivo, que evoluciona y muta cada vez que se presenta.

Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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