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El padre, de pie ante Suzanne Simonin, le pregunta si desea entregar su vida a la voluntad de Dios. Segundos atrás, Simonin —17 años, piel muy blanca, hija bastarda— había jurado decir la verdad y nada más que la verdad. Entonces, a la pregunta del padre, lo mira con decisión, pero por completo enmudecida. El padre repite sus palabras una, dos veces. Simonin, sin quitarle la mirada, le dice no, no lo deseo. Y el padre repite la pregunta, terco, como asombrado por cuanto escucha. No, dice Simonin, no lo deseo.
Ese es uno de los gestos iniciales de La religiosa —dirigida por Guillaume Nicloux y estrenada en marzo de este año—, una adaptación de la novela homónima que Denis Diderot escribió a finales del siglo XVIII. El filme retrata, pues, la historia de Simonin, forzada por sus padres a tomar los votos para expiar la culpa materna de haberla procreado por fuera del matrimonio.
Aquel gesto inicial, pleno de orgullo y rebeldía, se repite de tanto en tanto durante el filme. Simonin se enfrenta a una clase eclesial que, en primer lugar, la somete a castigos absurdos y penitentes y, en segundo, la obliga a amar. Simonin —interpretada por Pauline Étienne— tiene un gesto pétreo que, a pesar de la solemnidad de sus desencuentros espirituales, resulta cómico por momentos. Es dramático el modo en que es castigada, en que se suceden una tras otra las muertes de sus más queridos; sin embargo, a partir de allí Simonin basa su fuerza.
Su búsqueda de libertad (que no es inocente, no por lo menos para el momento en que el relato original fue escrito) es férrea y dolorosa: esa exacerbación de sentimientos produce, por momentos, escenas que rayan en la locura: el momento, por ejemplo, en que una de las madres se lanza en brazos de Simonin y le ruega que no la abandone. De ese absurdo, que también domina a Simonin en menor grado, se alimenta el filme para explorar sus divisiones internas. Divisiones que, en últimas, hacen parte de una infinita curiosidad por el mundo exterior. Simonin no quiere ser una mujer sin vida, desea la libertad como un modo de explorar la vida y hace de su pensamiento un medio digno para abrazarla.
Y toda esta suerte de disquisiciones, La religiosa las alcanza a través de una puesta en escena muy cuidada, escenarios oscurecidos, lúgubres, que ligan a sus personajes a un constante juego con ese espacio. Los pasillos extensos y tenebrosos, las puertas altas de madera, los escalones de piedra, las camas humildes, las paredes blanqueadas: el ambiente, aunque en un plano secundario, permite una mayor introspección en los caracteres de Simonin y las monjas, que no dejan jamás de ser solemnes.
“A pesar de los esfuerzos del realizador Guillaume Nicloux, no se necesita mucha perspicacia para darse cuenta de que el filme nos toca. (...) La religiosa acaba por quedarse sobre el estómago”, escribe Louis Seguin en el medio francés Transfuge. Mathieu Macheret, en Les Cahiers du Cinéma, fue menos amable: “A punta de deferencia aplastada y piedad polvorienta, Nicloux no logra con su Religiosa más que otro retrato sobre la imaginería religiosa”.
Quizá haya, entre tanta solemnidad, momentos en que el absurdo tiene algo de cómico. Su exaltación es también una forma de la libertad. Y la libertad siempre, aun hoy, es castigada.
jtorres@elespectador.com
@acayaqui