27 Aug 2020 - 7:52 p. m.

“La sombra del presidente”: tercer capítulo

El escritor y analista político León Valencia regresa a la novela con La sombra del presidente, de editorial Planeta. Mediante la reconstrucción de personajes ambiguos y ominosos aborda la compleja atmósfera de las relaciones filiales que, a juicio del autor, dejaron al país en la ruina moral. Mafia y criminales son los protagonistas de esta novela en clave, en la que el lector decide si la historia existe o no. El Espectador le anticipa el tercer capítulo de la obra, que sale a librerías el 31 de agosto.

León Valencia*

Portada del libro "La sombra del Presidente", escrito por León Valencia.
Portada del libro "La sombra del Presidente", escrito por León Valencia.

Carlo Ferraro se había acostado más tranquilo que Gregorio Echeverri. Estaba en su casa y habitación de siempre, justo en el ala opuesta a donde habían hospedado a su viejo amigo, la misma que habían ocupado, toda la vida, Alonzo Ferraro y Soledad Rojano, con su ventana mirando al jardín. María Consuelo había llegado a la cama primero que él y dormía plácidamente después de haber visto a sus hijos y a sus nietos conversar y divertirse. La reunión había transcurrido sin mayores sobresaltos para la familia Ferraro. Pero aún así no pudo evitar los malos recuerdos. Uno de los más dolorosos: aquella noche en la que fue sacado a empellones del Hotel Tequendama en la capital del país por agentes de la dea, que de inmediato lo montaron en un avión y se lo llevaron para Estados Unidos.

Carlos Rojano había ido al palacio de gobierno para tratar de salvar los acuerdos que el presidente Gregorio Echeverri, bajo su consejo, realizó con los clanes de la mafia. Lo habían recogido como de costumbre en el auto que transportaba al presidente y tuvo la puerta franca para entrar sin registro alguno. El mandatario lo esperaba en la salita habitual, en compañía de Juan Pablo Monsalve, quien se había convertido en su principal consejero desde la llegada a la presidencia.

La salita estaba en el mismo piso de la oficina del presidente. Era un lugar escueto, dotado con una pequeña mesa de centro y tres sillones. En una de las paredes colgaba una foto del mandatario al lado del presidente de los Estados Unidos. La compañía de Monsalve fue la primera sorpresa de esa tarde. La costumbre era hablar solos. Si en el transcurso de la conversación lo estimaban necesario llamaban a otras personas. A Carlos le pareció un mal augurio. No obstante, empezó a hablar.

—La presión sobre esa gente ha llegado muy lejos. Nunca esperaron terminar en una cárcel de máxima seguridad y menos abrigar el temor de la extradición —dijo Carlos mirando a los ojos del presidente Echeverri—. Están desesperados y dispuestos a todo lo que usted diga para volver atrás y reestablecer el marco legal que les garantizaba penas alternativas y los protegía de la extradición. Dicen que ese era un compromiso sagrado, por el que hicieron muchos sacrificios. Pero, aún así, están dispuestos a realizar nuevos sacrificios; a mirar alternativas, a buscar salidas, que les sirvan a las dos partes; a cerrar los negocios que aún tienen; a convenir las confesiones que harán a la justicia para no perjudicar a los políticos y a los empresarios; a entregar el ochenta por ciento de los bienes; a forzar a los miembros de las familias que aún no se han entregado a las autoridades, a que lo hagan.

El presidente Echeverri había escuchado con atención la propuesta y había guardado silencio por unos minutos que le parecieron horas a Carlos Rojano. Después se había parado del sillón y se había ido hacia la única ventana de la sala. De espaldas a sus dos invitados, mirando hacia uno de los patios interiores del palacio, empezó a hablar.

—Eso ya no es posible querido Carlos, las cosas están muy mal. La Corte Suprema de Justicia tiene metidos en líos a ochenta y tres parlamentarios de la coalición de gobierno, acusándolos de alianzas con los clanes mafiosos; una nube de periodistas y políticos aliados de la guerrillas me tienen en la mira y están realizando una gran campaña de desprestigio en Europa y Estados Unidos en mi contra; varios gobiernos están metiendo las narices con descaro en nuestro país: el de Venezuela, el de Ecuador y, quién lo creyera, también el presidente francés, obsesionado con la liberación de los secuestrados; he descubierto que actúan a mis espaldas en conversaciones con la guerrilla; incluso parlamentarios de Estados Unidos están en esas. Entre tanto los terroristas se mueven con toda libertad en las fronteras y tienen campamentos en los países vecinos.

Dio la vuelta y miró a Juan Pablo Monsalve que había escuchado impasible toda la conversación.

—Me quieren tumbar, es la conclusión que ha sacado Juan Pablo. Está en marcha una gran conspiración interna y externa contra mi gobierno, se están moviendo de manera sigilosa pero eficaz para golpearme, no me perdonan que me haya empeñado en detener los avances del comunismo en la región y a esto han contribuido los jefes de los clanes con su persistencia en los negocios del narcotráfico y con sus declaraciones injuriosas. No me queda otra opción que actuar en consecuencia.

No había nada por hacer, pensó Carlos Rojano. Monsalve era el cerebro detrás de todas estas ideas y un plan escabroso estaba andando.

—Me va a dejar ir con las manos vacías, presidente, y eso me pone en la situación más difícil de mi vida —dijo Carlos Rojano intentando abrir una rendija para seguir hablando—. Bien sabe que esa gente ha confiado en su palabra y en la mía siempre. Incluso tienen por verdad que las promesas falsas y los incumplimientos son obra del ministro de paz y convivencia o del ministro del interior, que han hecho todo a espaldas nuestras.

—Las cosas cambiaron —dijo Monsalve rompiendo su silencio— pero el presidente piensa que usted puede acompañarnos en los retos que se avecinan.

Carlos Rojano se sacudió por dentro, pero mantuvo la calma y no dejó que en su rostro apareciera la rabia, ni la desazón, ni el fastidio, que le producían las palabras de Monsalve.

Miró al presidente y le dijo:

—Sabe que durante más de treinta años he hecho lo que me ha pedido; sabe que lo he acompañado en los momentos más duros y en los tramos más oscuros, como si fuera su sombra. Ahora me resulta imposible participar de un plan en el que seguro faltaré a la palabra empeñada con los clanes y se irá al suelo todo mi honor.

El presidente y Monsalve lo miraron sin sorpresa alguna. Sabían que Carlos Rojano no iría con ellos a la nueva aventura y le habían hecho la propuesta como un último acto de cortesía.

—Si me permiten saldré por la puerta principal y me iré caminando —dijo Carlos Rojano— y se despidió de mano del presidente y con una pequeña palmada en el hombro, de Monsalve.

Cuando salió a la carrera Octava estaba oscureciendo y una lluvia menuda caía sobre la ciudad. Estaba convencido de que esa noche lo matarían. Eso aconsejaría él en una situación similar, pensó. Había pedido que lo dejaran salir caminando con el propósito de estropear un poco el plan que seguramente había trazado Monsalve y ganar un tiempo para despedirse de su mujer y enviar todas las señales y recomendaciones a su familia y a los jefes de los clanes. En ese momento su nieta Adriana fue la imagen más constante en su memoria. Sentía que lo abrazaba y le espantaba un poco el frío intenso de la noche.

Más que asustado estaba triste. Intentaba ir muy rápido, pero sentía que le pesaban los pies al caminar. Debía encontrar un restaurante o un bar para sentarse, calmarse un poco y hacer algunas llamadas, pero tenía que alejarse unas cuadras de sus dos interlocutores, así que caminó en línea recta, por el borde occidental de la plaza de Bolívar, hasta llegar al nuevo Palacio de Justicia, allí volteó a su derecha para llegar a la carrera Séptima. Recordó que en algunas oportunidades había ido a un restaurante de pastas llamado Salerno y caminó hacia allá, atravesó la calle 13 y luego la avenida 19 y encontró el lugar. El movimiento incesante de la gente en la calle había disipado un poco su tristeza. Se acomodó en una silla en el fondo del salón y se sintió protegido por la numerosa clientela que a esa hora colmaba el lugar.

Pidió una jarra del vino de la casa y se dispuso a llamar. Habló primero con su hermano Alfredo. No supo cómo transmitirle directamente su presentimiento y entonces le dijo que emprendería un largo viaje y debía hacerse cargo de la familia y los negocios en la forma en que lo habían convenido. Luego llamó a su esposa para decirle que la conversación con el presidente había terminado muy mal y no sabía si podría cumplirle la promesa de envejecer juntos, que esperara un día o dos para contarles a los hijos y a los nietos sobre la llamada. Habló poco y colgó con prisa el teléfono. Tenía un nudo en la garganta y tuvo miedo de que se le quebrara la voz. No quería dejar ese recuerdo en los seres queridos. Se comunicó con Rodolfo Armenteros, su compañero de siempre, para decirle que, tal como lo habían acordado, debía marcharse de inmediato a Italia. Por último, llamó a un guardia de confianza en la cárcel para enviarles a los jefes de los clanes el mensaje escueto de que nada había conseguido y su destino sería, de seguro, peor que el de ellos.

Recorrió las siete cuadras que le faltaban para llegar al hotel y subió a su habitación en el piso diecinueve. Se paró en una ventana que miraba al sur y vio, por un momento, a través de los vidrios empañados por la lluvia, la profusión de luces y edificios y, en un horizonte borroso, los cerros que surcaban la ciudad. Sintió la humedad y el frío en todo su cuerpo y decidió cambiar de ropa. Se tendió en la cama, vestido de pies a cabeza, a esperar que llegaran por él.

Estaba atrapado. Las convicciones que había cultivado a lo largo de su vida no le permitían participar de la traición que estaba en marcha. Tampoco tenía la opción de huir. Conocía bien al presidente y a Monsalve y sabía que alguien lo tendría que estar siguiendo desde el momento en que salió de palacio. Se acordó, no sin horror, de un episodio de los años treinta en la política alemana: la noche de los cuchillos largos. En una madrugada el Führer arrasó con quienes lo habían llevado en hombros al poder.

No tuvo que esperar mucho. Media hora después de haber entrado a su habitación, los agentes de la dea tocaron a su puerta. Le dijeron que esa misma noche se lo llevarían a Estados Unidos para responder por el cargo de “conspiración para enviar cocaína a los Estados Unidos”. Aunque supo de inmediato que Monsalve había entregado evidencias de sus tratos con Londoño y la dea tenía en sus manos un dosier de pruebas y testigos contra él, sintió un enorme alivio. Pasó algún tiempo y se enteró de que, esa noche, en la madrugada, después de su secreta captura, fueron extraditados catorce jefes de los clanes en un dispositivo que conocieron con lujo de detalles los medios de comunicación del país y del exterior.

En sus años de prisión, Carlo Ferraro le había dado mil vueltas a la vida de Echeverri, a sus acciones de gobierno, a la manera como las justificaba, a las teorías que esbozaba en las conversaciones. Después de salir de la cárcel leyó varias veces las memorias que había publicado dos años después de dejar la presidencia y había asistido al juicio que le hizo la justicia especial. Tenía muchas cosas para decirle. Tenía también, en el corazón, el dolor profundo por la traición y la extradición. Era una herida que no había sanado. Ahora se le presentaba la oportunidad de hablar y de sanar.

El primero de los Ferraro, don Alonzo, llegó a Colombia siguiendo los pasos de un amor, la monteriana Soledad Rojano. Los padres de Soledad, para celebrar las bodas de plata, organizaron un paseo por Europa y recalaron en Nápoles cuando estaba terminado la primavera. En realidad, la gran festejada era Soledad quien había sido ofrecida en matrimonio al hijo de uno de los grandes dueños de tierras en la sabana cordobesa. Los Rojano habían perdido dos hijos antes de concebir a Soledad y después no pudieron darle una compañía a su hija. Había crecido sola, pero especialmente amada. Se alojaron en el mejor hotel de la Vía San Gregorio Armeno, en el centro histórico de Nápoles. Estuvieron allí quince días. Nápoles respiraba en ese tiempo un aire nuevo, pocos años antes había terminado la Segunda Guerra Mundial en la que la ciudad había tenido cuatro días memorables, del 27 al 30 de septiembre de 1943, cuando un alzamiento popular le puso fin a la ocupación alemana. El puerto estaba agitado por la reanudación del comercio y los negocios. Por las mañanas salían a visitar lugares cercanos a la ciudad y en las tardes daban vueltas por las tiendas y las iglesias o se sentaban en alguna terraza a mirar las aguas del golfo o los fulgores del volcán Vesubio.

El administrador y, en parte, dueño del hotel, era Alonzo Ferraro, un hombre muy joven para las responsabilidades que tenía. Había intentado estudiar una carrera en el norte, en la Universidad de Milán, pero los avatares de la guerra habían frustrado su intención. Tras un año en Milán había regresado a Nápoles y sus padres le cedieron el puesto al frente del hotel con la secreta decisión de que se convirtiera en el propietario.

Ellos podrían dedicarse a los viñedos que poseían un poco más hacia el sur de Italia. Se sentían viejos y querían que su hijo empezara a cargar con sus negocios.

Alonzo vio aparecer a Soledad en el restaurante cuando se estaba cerrando el tiempo para el desayuno, justo en el momento en el que le daba algunas instrucciones a la cocinera principal para las labores del día. Ya sus padres habían desayunado. Ella se había quedado un rato más en la cama. La miró y supo que era parte de la familia colombiana que había llegado a eso de las once, la noche anterior. Soledad le sonrió y le preguntó, en el cadencioso español del Caribe, si aún podía desayunar.

—Por supuesto —le contestó Alonzo— con una de las pocas expresiones que había aprendido en ese idioma para atender a la variedad de turistas de España y América Latina que se hospedaban en el hotel.

Dejó a su empleada y acompañó a Soledad a una de las mesas del pequeño restaurante. Con una mezcla de napolitano y español le explicó las opciones de desayuno y Soledad escogió la más simple: huevos fritos, pan, jugo y café. Con esa mixtura de palabras y acentos se entendieron en esas dos semanas tan definitivas en sus vidas.

Algo extraño ocurrió entre ellos en esos pocos minutos. Porque Alonzo no pudo apartar la imagen de Soledad de su memoria, a pesar del duro trajín del día. Pensó que Soledad tenía un aire de orgullo inconfundible y estaba muy a gusto con su piel trigueña, sus ojos almendrados, su cabello castaño y su 1.75 de estatura. Lucía ese día un vestido de flores ceñido en la cintura y generoso en las caderas que seguramente llamaría la atención en las calles de Nápoles. También la imaginación de ella se había perdido en un laberinto de preguntas sobre el hombre que acaba de conocer. Muy pronto averiguó su nombre y su lugar en el hotel. Se dijo, no sin rubor, que encajaría muy bien en su gran estatura y quizás podría aprender esa variación del italiano si prosperaba la amistad o el amor entre ellos.

En la primera semana, los Rojano salían del hotel temprano y llegaban cuando ya la noche había avanzado bastante. Alonzo solo pudo acercarse a Soledad en dos oportunidades, una cuando ella se aprestaba a subir a su habitación y la otra a la hora del desayuno. La saludaba de mano y saludaba a sus padres. Les preguntaba sobre los lugares que estaban visitando y les hacía sugerencias sobre algunos sitios especiales de la región. Les bastaba el fugaz encuentro para alimentar sus fantasías.

Pero en la segunda semana, un poco cansados por el ajetreo, los Rojano decidieron permanecer más tiempo en el hotel y en sus alrededores. Los padres se acostaban temprano y Soledad aprovechaba para sentarse en la terraza del hotel a leer y a tomar limoncello. Le ponía bastante hielo para atenuar el sabor dulzón del licor y lo tomaba lentamente para no embriagarse. La primera de esas noches Alonzo se le acercó y la saludó y le habló un poco, pero no encontró la manera de sentarse a su lado. En la segunda oportunidad ya se había inventado el pretexto. Le empezó a contar cómo se hacía un delicioso limoncello casero que bien podría preparar en su tierra y entonces Soledad lo invitó para que la acompañara un rato y le diera todos los detalles de la receta. Alonzo llamó a uno de los meseros para que fuera a la cocina y le trajera un limón y un cuchillo para mostrarle cómo se retiraba la cáscara de modo que no quedara rastro de la parte blanca porque podría producir un sabor amargo.

—Las cáscaras se maceran con alcohol, en un recipiente de vidrio, por más de una semana, hasta cuando pierdan su color y el líquido adquiera un tinte amarillo; en ese momento se prepara al lado un almíbar con azúcar y agua. Por cada botella, se agregan trescientos cincuenta gramos de azúcar. Esta mezcla la pones en una olla al fuego, hasta el punto de ebullición, revolviendo una y otra vez. Se apaga el fuego y la dejas reposar hasta que vuelva a temperatura ambiente. Ha llegado la hora de juntar los dos líquidos en una olla con una tapa de plástico y una toalla de cocina. La dejas un tiempo, quizá diez días, y luego lo envasas y la metes a la heladera.

La conversación fue larga, porque debían buscar y comprender la palabra adecuada en cada idioma, en un juego que demoraba varios minutos. Esa exploración de la lengua les sirvió para los tres encuentros posteriores. En uno de ellos, Soledad le contó que sus padres la habían comprometido con un hacendado vecino y el paseo era una especie de despedida de soltera.

—¿Eso quiere decir que no tengo esperanzas? —le preguntó Alonzo.

—No mucho —le contestó Soledad—: me resultaría muy difícil darles un disgusto a mis padres. Además, estás muy lejos, somos dos mundos.

En el último encuentro, sabiendo que Soledad saldría en la madrugada del día siguiente, Alonzo Ferraro le dijo que había tomado la decisión de viajar a Colombia para ayudarla a deshacer su compromiso y pedirla en matrimonio.

—Tienes que apurarte —le respondió Soledad— porque me caso en diciembre.

Sellaron esa promesa con un beso, el primero en la vida de Soledad Rojano.

No habían pasado dos meses cuando Alonzo llegó a Cartagena. Era, de las ciudades conocidas, la más cercana al lugar donde vivía Soledad. Tenía en todo caso algún aire a Nápoles. Se alojó en un hotel al lado de la playa y se dedicó, durante una semana, a caminar la ciudad de un lado a otro. Se metió en los entresijos de Getsemaní, se detuvo en cada negocio y en cada iglesia de la ciudad amurallada y le dio varias vueltas al barrio del Cabrero. Miraba a este bastión del Caribe con los ojos ambiciosos de un enamorado que avizoraba allí su futuro. Al cabo de la semana tomó un autobús y se fue a Montería. Encontró quien lo llevara hasta los predios de los Rojano y se presentó ante los padres de Soledad.

Los viejos estaban aprovechando el fresco de la tarde, sentados en sus sillas mecedoras, en el corredor de la casa. Alonzo los saludó y les pidió que no se pusieran de pie. Luego, sin preámbulos, les dijo:

—Como ven, he hecho un largo viaje para pedir la mano de su hija.

Soledad estaba en su habitación cuando oyó la voz de Alonzo y se sobresaltó. Había perdido la esperanza de que el napolitano se apareciera por esas tierras. En realidad, había creído muy poco en la promesa y la poca creencia se había desvanecido aún más con el paso de los días. Los preparativos de la boda convenida seguían su camino. El desconcierto de Soledad duró menos que el de sus padres. Salió con prisa de la habitación y los encontró aún en silencio mirando de arriba abajo al intruso.

—¿Oíste lo que dijo? —le preguntó el padre a Soledad—.

—Si lo oí y estoy de acuerdo —le respondió—.

—¿Cuándo pasó todo esto? ¿Cómo fue? ¿Te han desgraciado, Soledad?

Alonzo no entendía nada de lo que estaba pasando, se limitaba a saborear la respuesta afirmativa de Soledad. Había llegado justo a tiempo para salvarlo de la incertidumbre y la incomodidad que sentía frente sus padres sin saber lo que había ocurrido después del regreso de los Rojano a Colombia y sin tener alguna certeza de lo que ahora pensaba Soledad.

—Padre —contestó Soledad, en un tono que nunca había utilizado en las conversaciones con el viejo— solo pasó que nos enamoramos y prometimos casarnos, solo eso, no ocurrió nada de lo que te imaginas.

—Bien sabes que no estaba conforme con el arreglo de matrimonio que hicieron, que no he sentido nada por el prometido que me asignaron, que sufro con la posibilidad de estar toda la vida al lado de alguien por quien no siento amor.

—El amor vendrá con el tiempo como ocurrió con tu madre —le dijo su padre sin quitarle la mirada al extranjero—. El amor es la gente cercana, la tierra, la familia. No conoces a este muchacho y no voy a permitir que te cases con un forastero, que, además, es extranjero.

Soledad supo que por el momento no había nada que hacer y entonces le pidió a su padre que le permitiera hablar un momento con Alonzo. La madre miró a su esposo y lo atajó en su pretensión de negar la conversación.

—Déjalos, que si no hablan se van a estallar —dijo la madre. Soledad y Alonzo se fueron al otro extremo del corredor y hablaron de pie por más de quince minutos. Tenían mil cosas para decirse, pero no era el momento. La urgencia era encontrar la manera de comunicarse y definir los pasos a dar para alcanzar el propósito de casarse.

Alonzo le contó que había llegado una semana antes y estaba en Cartagena. Le dio el teléfono del hotel y le dijo que esperaría una llamada todos los días a las cinco de la tarde. Qué esperaría toda la vida si era necesario hasta que ella convenciera a sus padres.

—Estás loco —le respondió—.

—Un poeta de mi país dijo que quien no comete locuras por amor está muerto. Voy a esperar lo que sea necesario, incluso hasta morir.

La historia que siguió tuvo tanto de melodrama como de suerte. Un mes permaneció encerrada Soledad en casa, sin querer ver a su prometido costeño, enranchada en su decisión de no casarse con un hombre al que no amaba. Su padre dejó de dirigirle la palabra. La situación no podía ser peor.

La ocasión apareció el día en que Soledad, tras salir de su encierro para irse a confesar a Montería, le habló al padre de la iglesia de lo que sentía. El hombre, un cura republicano recién llegado de la España de Franco, resolvió asumir la causa de ese amor como suya.

Soledad supo entonces que podía hacer un lance para jugarse todo. De noche, ayudada por su madre, decidió fugarse y tomó un carro viejo para viajar hasta Cartagena. Llegó al amanecer, apaleada por el bamboleo del destartalado vehículo. Alonzo la vio semidormida, pero lozana, con el rostro iluminado por la dicha y la aventura.

—Nos tenemos que ir de inmediato para Montería, nos espera el cura para casarnos —le dijo.

El italiano no daba crédito a lo que veía.

Tu sei pazza e anche i passerotti.

—No sé una palabra de italiano, pero tendrás toda la vida para enseñarme.

Se casaron y esa misma noche regresaron a Cartagena y, en todo sigilo, con la anuencia de su madre, partieron rumbo a Italia.

Pasaron dos meses con los padres de Alonzo. En ese tiempo los viejos decidieron vender el hotel y entregarle ese dinero y un poco más de sus ahorros a Alonzo para que se viniera a Colombia a empezar una nueva vida. Tenían muy malos recuerdos de la guerra y por eso no opusieron ninguna resistencia cuando su hijo les dijo que su vida estaba en Colombia y que los visitaría año tras año y estaría pendiente de ellos desde la lejanía.

Días después de su llegada a Cartagena, Alonzo condujo a Soledad hasta la fachada de una vieja casa en el Cabrero. Soledad miró la puerta principal, los gruesos y enormes tablones de madera, los remaches de hierro forjado; alzó los ojos para ver los espaciosos balcones que rodeaban la vivienda y la sucesión de ventanas de colores azules y amarillos que anunciaban espacios de luz y de aire al interior de la vieja edificación; calculó en ochenta metros la distancia que había entre la fachada y la parte posterior de la casa; y en sesenta metros el frente; lo que significaba que la casa con su jardín tenía aproximadamente cuatro mil ochocientos metros cuadrados. Se preocupó bastante por la audacia y la desmesura de su esposo.

—¿Qué se supone que estamos haciendo acá?

—Solo quería mostrarte la casa que algún día será tuya, mujer —le dijo Alonzo.

—¿Y cómo se supone que vas a comprarla?

—Los negocios no se hacen con plata, la plata se hace con negocios, es una vieja ley.

Los primeros años de matrimonio se esfumaron en medio de una febril actividad. Alonzo Ferraro empezó sus negocios. Con el dinero que le habían dado sus padres compró un pequeño hotel en Bocagrande, adelantando un cuarenta por ciento del valor, con el compromiso de pagar, en los tres años siguientes, el sesenta por ciento, restante. Ya ese lugar especial de la bahía se insinuaba como el futuro centro turístico de la ciudad. Después de esos tres años de adaptación y aprendizaje, se movió hacia Coveñas en el departamento de Sucre. Conoció ese caserío de playas encantadoras un día que acompañó a Soledad a intentar un acercamiento con sus padres. Llegaron en la tarde al lugar y decidieron dormir allí y esperar a la mañana siguiente. Al principio querían presentarse juntos ante los viejos, pero en Coveñas decidieron que lo mejor era que Soledad fuera sola a intentar recomponer la relación. Mientras esperaba recorrió punto por punto el lugar y descubrió que desde allí era más fácil conectarse con Panamá para traer licores y cigarrillos, un negocio que había pensado a los pocos meses de llegar a Colombia. Soledad no logró conmover a su padre a pesar de que se arrodilló para pedirle perdón. Pero Alonzo salió de Coveñas con todos los contactos para comprar su primera lancha y un depósito para iniciar su comercio con Panamá.

Alonzo pudo cumplir su promesa tres años después del día en que estuvieron delante de la fachada de La Casona, situada a pocas cuadras de la famosa residencia de un presidente notable del siglo XIX.

—Soledad, con un inesperado don de mando, se puso al frente de la remodelación. Hizo cuentas: el jardín tenía más o menos mil ochocientos metros cuadros, era de verdad inmenso; el patio interior novecientos; y las trece habitaciones con sus baños, la cocina, el salón comedor, la biblioteca, el espacioso baño tipo romano, los balcones y corredores, distribuidas en las dos plantas, sumaban cuatro mil metros. Escogió la habitación principal en el segundo piso, en la parte posterior de la casa, de cara al jardín, y la pintó, la decoró y la amobló, combinando sus gustos con los de su marido. Algunas imágenes y algunos motivos eran una evocación de lo que había visto en el hotel de Nápoles o en la casa de los padres de Alonzo. También intervino la cocina en la parte baja para crear un ambiente de hogar, mientras se desarrollaban las obras para habilitar toda la casa. Se pusieron de acuerdo en respetar la vistosa arquitectura de la casona anclada en una época próspera del siglo XIX, y a partir de allí reforzar las paredes y columnas con ladrillo y piedra y utilizar tranquilos colores pasteles en ventanas y puertas. Dejaron para el final el gran patio interior. Escogieron una piedra pizarra para el piso, en el centro hicieron una pequeña réplica de la Fontana de Trevi y sembraron en las esquinas buganvilias de todos los colores que, poco a poco, irían trepando por las columnas de la casa hasta alcanzar el segundo nivel. No le hicieron mayores cambios al jardín. Con su largo de treinta metros y su ancho de sesenta, reunía una variedad de árboles frutales, de flores, de plantas medicinales, de hojas y especias para el condimento, que alegraban la casa, prestaban un servicio invaluable a la cocina y mitigaban el calor en los meses de sol intenso y escasa brisa. Era una verdadera finca en medio de la ciudad.

Carlo fue el primero de los hijos. Nació cuando ya habían terminado por completo los arreglos de la casa y los negocios de Alonzo habían cambiado el estatus de la pareja gracias a la máxima de Alonzo, quien era hábil como pocos en persuadir y dar la imagen de un potentado italiano. Después de Carlo nació Emilia y por último Alfredo. Carlo se acostumbró al aire de la calle desde los seis años. Esperaba impaciente a que su madre le diera la clase diaria de lectura, escritura y números y salía de su casa a buscar a sus amigos para jugar en la playa o aventurarse a deambular por la ciudad amurallada. Con el tiempo Emilia empezó a acompañarlo en sus salidas y en sus juegos. Luego se sumó la Conchi, hija de un cachaco que trabajaba con Alonzo Ferraro desde el día en que llegó a instalarse en Colombia. En cambio, Alfredo, permanecía la mayoría del tiempo al lado de su madre y se aficionó a la lectura cuando apenas empezaba a reconocer las letras y las palabras. La tendencia a mantenerse en la casa se acentuó después de que las paperas inflamaran sus testículos y una fiebre intensa lo acosara por más de quince días. Salió de esa enfermedad más taciturno y más retraído.

Los tres tuvieron una escuela primaria y un bachillerato tranquilos. Carlo se paseó por todos los deportes con alguna destreza. Jugó al fútbol y al béisbol y practicó el tiro deportivo durante varios años. Emilia, alegre y amiguera, participaba de todas las fiestas y agasajos de la ciudad. Alfredo disfrutaba de los libros tanto como sus otros dos hermanos de la calle. Carlo y Emilia le prodigaban una atención especial y se alternaban para traerle libros o pasteles de sus andanzas por la ciudad. Soledad, que había crecido sin muchos amigos y alejada de la sociedad monteriana, disfrutaba con la intensa vida de sus hijos. Alonzo les daba la mayor libertad y entendía la diferencia entre los dos mayores y Alfredo. En algunas ocasiones, cuando se enteraba de que Carlo o Emilia se habían perdido por largo tiempo de la casa, se enfadaba y los reprendía hasta el punto de castigarlos con varios días de encierro. Lo que mejor hacía, en todo caso, era hablarles de la familia, de la obligación de proteger a los hermanos y a los padres, de la tradición de los Ferraro, siempre dispuestos a dar la vida por el apellido.

Carlo Ferraro recién había terminado su bachillerato cuando fue a anunciarles a los Echeverri que un grupo armado iría a buscarlos. Se había convertido en el soporte moral de sus abuelos. Los visitaba por lo menos una vez al mes. Con su perseverancia y su cariño logró que le perdonaran a su madre la afrenta de haberse ido con un italiano dejando atrás la leyenda de que tenía un hijo fruto de esa desgracia y vivía sola en una isla del Caribe. El rumor, alimentado por la familia del novio abandonado, persiguió a los Rojano durante mucho tiempo a pesar de que el cura que propició la unión, con la partida de matrimonio en la mano, aclaró muchas veces en público la decisión de Soledad y la muy segura convivencia de la pareja en algún lugar de Italia o de Colombia. A pesar, también, de que, después de la normalización de las relaciones, Soledad y Alonzo con sus tres hijos visitaron en muchas ocasiones a los abuelos Rojano. Algún tiempo después de su primera visita, aún adolescente, Carlo Ferraro, se dio cuenta de que en la región pensaban que se llamaba en realidad Carlos Rojano y se había inventado el nombre y apellido italiano para esconder su condición de hijo bastardo. Decidió entonces utilizar también el nombre y el apellido que le daban los vecinos y allegados de sus abuelos. En los tiempos más azarosos tenía siempre a la mano dos cédulas y dos pasaportes. Vivió con esas dos identidades hasta cuando, ya viejo, regresó de Estados Unidos y decidió que en adelante se presentaría únicamente como Carlo Ferraro.

La amistad entre Gregorio Echeverri y Carlos Rojano se suspendió por un largo periodo, después de la operación en la que capturaron a la célula guerrillera que intentaba extorsionar a los Echeverri. Carlos aminoró las visitas a sus abuelos y evitó los encuentros con Gregorio. Creía que la guerrilla debía tener alguna sospecha de su participación en los hechos. No quería arriesgarse o arriesgar a sus abuelos. Llegaba a la zona en la tarde, aprovechaba la noche para conversar con los viejos y contarles todas las historias de su familia, y se regresaba por la mañana a Coveñas, donde su padre se ocupaba de varios negocios, o a su casa en Cartagena.

Había ingresado a estudiar economía por consejo de su padre. Era un estudiante aventajado que no necesitaba una dedicación especial a los libros para rendir en los debates y en las clases. Tenía relaciones especiales con activistas de izquierda que conocía desde el bachillerato y en algún momento participó en colectivos que realizaban labores de agitación en la ciudad. Le seducían las proclamas libertarias, las críticas radicales al Estado, el autogobierno de las comunidades, la exaltación de la libertad individual y de la autogestión, que un pequeño grupo de anarquistas difundía en la universidad.

La ilusión de terminar la carrera y viajar al exterior a realizar alguna especialización, para encarar luego la conducción de los negocios de su padre, se esfumó abruptamente cuando cursaba el sexto semestre. Ocurrió un fin de semana en el que se fue a acompañar a su padre a Coveñas. Alonzo Ferraro era ya un afamado rico en esa zona costera. Tenía no menos de diez lanchas rápidas y dos catamaranes que utilizaba para el transporte de personas y mercancías entre los variados puertos del Caribe. Se había convertido en proveedor de licores y cigarrillos extranjeros en cuatro departamentos. Detrás de mercancías que pagaban impuestos y tenían sus debidos sellos entraban una gama de productos de contrabando que multiplicaban la rentabilidad de las transacciones. Tenía, además, depósitos en los pueblos cercanos a la costa y una flota de pequeños camiones para abastecer con oportunidad a los clientes. Había construido el hotel mejor dotado de las playas de Coveñas y había reservado algunos locales y habitaciones para descansar y realizar sus operaciones. Estaba situado cerca a un pequeño muelle en un extremo del pueblo.

Era sábado en la tarde y Alonzo Ferraro, libre de ocupaciones, se había reunido con dos amigos del pueblo a intercambiar historias de la región en el pequeño bar del hotel. Lo hacían a menudo. Mientras él se tomaba unos vinos, ellos consumían un ron cubano que Alonzo les tenía siempre de regalo. Carlo estaba en el segundo piso, en la habitación que ocupaba cada vez que venía a visitar a su padre. Esa tarde le cambió la vida.

Dos muchachos muy jóvenes, quizá menores que él, estaban pintando las barandas del muelle con consignas alusivas a la guerrilla. Otros dos habían saltado la calle y justo al frente del muelle, sobre una pared que protegía un gran lote de terreno, estaban haciendo la misma labor. De un momento a otro aparecieron dos soldados que patrullaban la zona. Se pararon en la calle, en medio de las dos parejas de agitadores, pero solo vieron a los que estaban al lado del muelle y se lanzaron a detenerlos. Los muchachos se resistieron y desenfundaron sus pistolas. Los soldados estaban en el movimiento de tirarse al piso para protegerse y disparar, cuando sintieron el quemón de las balas que salían de las armas de los guerrilleros que, situados a sus espaldas, pintaban las paredes del lote que lindaba con el hotel de los Ferraro.

Carlo bajó con rapidez al primer piso y se fue a la puerta del hotel donde ya estaban su padre y los dos amigos. Desde allí vieron huir a los agresores y presenciaron los últimos estertores de los dos soldados. Alonzo Ferraro le ordenó a su hijo que se fuera a la habitación y los tres amigos decidieron mantenerse en el bar. Los vecinos y transeúntes reaccionaron de la misma manera, no quisieron acercarse a los cadáveres. Pero esa soledad de los soldados muertos duró poco. En menos de cinco minutos estaban en el lugar un teniente y tres soldados que hacían parte de la compañía que días atrás había llegado a Coveñas con la tarea de contraatacar a los guerrilleros que merodeaban en los alrededores del municipio. El teniente se inclinó, miró a los dos soldados y empezó a gritar desesperado. Preguntaba a voz en cuello por los asesinos. Mirando a uno y a otro lado indagaba por los testigos.

—¡En este hijueputa pueblo nunca nadie ve nada! —gritó furioso. ¡Manada de cobardes!

Ninguno de los vecinos se asomó a la puerta. El teniente y los soldados irrumpieron en el hotel, fueron al bar y empezaron a acusar a Alonzo Ferraro y a sus amigos de cómplices de la guerrilla. El desconcierto de los acusados no podía ser mayor. Ninguno se atrevía a contestar y eso, al parecer, indignaba aún más al teniente que abrió fuego y en cuestión de segundos hirió de muerte a los tres indefensos contertulios. Carlo Ferraro oyó angustiado los disparos y se lanzó, de nuevo, escaleras abajo. Alcanzó a ver al teniente cuando se acomodaba el fusil y salía poseído del hotel. Nunca olvidaría ese rostro. Lo volvería a ver demudado unos años después. Su padre yacía en el suelo junto a los otros dos hombres.

Le había oído decir a su padre que “las lágrimas son la expresión más fácil del dolor”. Permaneció sentado en el suelo durante un largo rato, evitando el llanto, con la cabeza del viejo en sus piernas, sintiendo el olor de la sangre que manaba a borbotones por los orificios que habían dejado las balas de fusil disparadas a menos de tres metros de distancia. Se paró cuando llegó la policía para hacer el levantamiento de los cadáveres y a realizar las primeras indagaciones sobre los hechos. Allí mismo dio una versión detallada de lo que había ocurrido, palabra por palabra, en una crónica que los policías no se atrevieron a interrumpir. Era el único que lo había visto todo. Lo que ocurrió afuera del hotel y lo que ocurrió adentro. Desde cuando llegaron los muchachos con sus potes de pintura y sus brochas y empezaron a darle forma a sus grafitos, hasta cuando el teniente salió del hotel con sus soldados dejando una pavorosa estela de muerte. En algún momento vio la duda en los ojos de los policías y supo esconder la indignación que agitaba su alma.

Llamó a su madre, le contó lo ocurrido y le pidió que no se moviera de la ciudad, que él se encargaría de llevar a la casa a su padre. Esa misma noche organizó el traslado del cadáver a Cartagena. Antes de viajar visitó a las familias de los amigos que habían muerto al lado de su padre y les dejó dinero suficiente para los gastos funerarios. Soledad recibió la noticia y se encerró a llorar en la habitación que había compartido con su marido por más de veinticinco años. Dejó que Emilia y Alfredo se acostaran a dormir. Sabía con exactitud la hora en que llegarían su hijo y el cadáver de su marido a La Casona. Había hecho ese viaje mil veces por diversas rutas y en distintos vehículos. A las cuatro de la mañana, más serena, despertó a sus dos hijos, les contó lo sucedido y se sentó con ellos en la puerta de La Casona a verlos sollozar y a esperar el abrazo adolorido de quien, en adelante, llevaría las riendas de ese hogar. Llegó cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana y la ciudad estaba despertando.

A las dos de la tarde abrieron las puertas de la casa para que los amigos, los vecinos y los trabajadores de la familia, entraran a acompañar el cuerpo de Alonzo Ferraro. Hicieron como mandaba la tradición local, porque ni Soledad, ni los hijos conocían las costumbres funerarias de los napolitanos. Hicieron las nueve noches con un grupo musical que acompañó las conversaciones, los rezos y los lamentos de los deudos y los amigos; con la cocina siempre abierta para servir cada cierto tiempo variadas porciones de comidas de la región; y con una mesa llena de licores que los acompañantes podían servir con libertad. La primera noche hubo cierto recato y reverencia, pero en la segunda noche, después del entierro, las veladas se convirtieron en animadas reuniones que duraban hasta altas horas de la madrugada.

Ni Carlo, ni Soledad, dejaron que la información, difundida por la prensa, sobre los acontecimientos de Coveñas, perturbara su funeral y su luto. La noticia salió con un gran despliegue en la primera página del diario local y se regó como pólvora por todos los medios de comunicación. El teniente Julio Castrillón salía en una foto de cuerpo entero en medio de un artículo que exaltaba su diligencia y su valentía al mando de una compañía que había repelido a una columna de treinta guerrilleros que atacó al pueblo de Coveñas. Los guerrilleros, armados de fusil y vistiendo prendas privativas de las fuerzas militares, habían llegado a la localidad con la expresa intención de apoderarse de la estación de policía y rendir la compañía del ejército acantonada en el lugar. Entraron por un costado del municipio, asesinaron por la espalda a dos soldados y luego mataron a sangre fría al conocido empresario Alonzo Ferraro y a dos de sus amigos. El teniente Castrillón salió a su encuentro y mediante una acción envolvente, en la que hubo un largo intercambio de disparos, logró capturar a varios guerrilleros y poner en fuga al grueso de la columna.

Carlo se había apeado de la ambulancia en la que llevaba a su padre, para comprar el diario y mirar si tenía alguna noticia sobre los hechos. Vio, no sin sorpresa, el rostro del teniente en la portada y le echó un vistazo al artículo. Tomó cuatro ejemplares y se los llevó a la casa. Con ayuda del conductor y de un trabajador del hotel que lo acompañó en el viaje bajó el ataúd y lo puso en una mesa en la sala principal de la casa. Después abrazó a su madre y a sus hermanos y dejó salir el chorro de lágrimas que había reprimido desde el momento en que vio a su padre tendido en el suelo. Luego condujo a la familia al salón que servía de biblioteca y estudio y contó lo ocurrido contrastando su relato con el que aparecía en el diario.

—Es mi versión contra la de los militares. No habrá justicia. Quizás algún día podamos cobrar esta deuda. Entre tanto, les pido guardar completo silencio.

Soledad fue la primera en asentir, luego Emilia y por último Alfredo. Salieron del salón y se distribuyeron todas las tareas para cumplir paso a paso con las ceremonias y oficios y para atender a todos los vecinos que pasarían a lo largo de nueve noches por esa casa. Les ayudaban las dos mujeres que habían acompañado a la familia desde los días previos al nacimiento de Carlo. Juntos vivieron el frenesí de los funerales del Caribe ancestral que por momentos se parecen más a una fiesta que a la dolorosa despedida de un ser querido.

En la madrugada del décimo día, después de que salió el último borracho, Soledad Rojano despertó a la servidumbre y sin detenerse a pensar en el enorme cansancio acumulado, ordenó una limpieza completa de la casa. Sacaron el polvo y la mugre de todos los rincones, primero con escobas y luego con abundante agua y jabón; botaron uno por uno los ramos de flores que habían llegado de distintos lugares de la ciudad; y estregaron las paredes con la obsesión de espantar la grave mezcla de olores que habían dejado los borrachos, el agua descompuesta de los floreros, los restos de comida y el difunto. Ese mismo día abandonó la habitación en la que había descubierto la lascivia y el amor en compañía del italiano que tuvo la osadía de seguirla de un continente a otro con apenas un beso de prueba y se trasladó al cuarto que muchos años después serviría de alojamiento al expresidente Gregorio Echeverri. Allí empezó un largo luto que solo interrumpió en momentos especiales: el matrimonio de Carlo, el nacimiento de los nietos y el grado como enfermera de Emilia.

En la semana siguiente Carlo canceló su semestre y se fue a Coveñas en compañía de Emilia para hacer un inventario de las propiedades y negocios de su padre. Duraron en esa tarea diez días. Tuvieron como guía a Ramón Suárez, un hombre joven en el que Alonzo Ferraro había depositado toda la confianza desde hacia cinco años. Lo mismo hicieron en Cartagena donde estaban el resto de las propiedades y los negocios. Al final decidieron que Ramón se encargaría de la gerencia general de todo el patrimonio y continuaría en la misma línea de negocios que había iniciado don Alonzo. Consultaban todas las decisiones con Soledad y con Alfredo, que, la verdad, se interesaban poco por las cosas económicas, abrumados por la enorme aflicción de haber perdido al hombre que no había ahorrado consentimientos y atenciones con ellos a lo largo de la vida.

Carlo tenía afán de aclarar el futuro de la familia para emprender un viaje a Italia a visitar a los abuelos y a conocer el trasunto cultural que había rodeado a su padre en la juventud. Había estado en el sur de Italia tres veces para vacaciones. Fueron viajes de placer en los que se había detenido muy poco a averiguar por el pasado de los Ferraro. Esta vez quería saber un poco más de esas tierras y de esas gentes. Su padre no se había despegado nunca de ellas. Llamaba a los abuelos semana tras semana y les enviaba religiosamente el dinero para que vivieran con alguna comodidad, a pesar de que los viejos le advertían que no necesitaban su auxilio porque los viñedos les daban para comer. A la menor oportunidad viajaba para ver a su familia y también para traer vinos, quesos, aceites, olivas y salami, con los que les alegraba la vida a Soledad, a sus hijos y a sus amigos.

Antes del viaje cumplió su tarea más difícil: convencer a Emilia de que se fuera a estudiar en el exterior, mejor a Estados Unidos y que lo hiciera de inmediato. Hacía un año había terminado su bachillerato y aún no decidía qué hacer, era la oportunidad para tomar una decisión. Quería tener lejos de Cartagena y del Caribe a toda la familia, pero sabía que Soledad y Alfredo no aceptarían alejarse de allí. También Emilia se resistió. Carlo tuvo que hablarle de la incertidumbre que había generado la muerte del padre.

—Declarar nos puso en una posición difícil, Emilia. Quizás el teniente Castrillón está indagando por nosotros —le dijo— la policía le debió informar que di mi versión de lo sucedido. Es probable que tema alguna acción judicial nuestra. Y la gente con miedo es peligrosa.

Antes de viajar tenía que hacer otra cosa muy importante. Debía hablar con María Consuelo Ramírez, la Conchi, para confesarle por fin su amor y pedirle que lo esperara un tiempo. Había dejado esa conversación para la última noche, antes de volar a Bogotá y luego a Europa, en previsión de que no le aceptaran la propuesta. No estaba seguro de que la Conchi sintiera amor por él. Habían caminado juntos toda la vida y nunca habían cruzado las fronteras de la amistad. Había sido una hermana más, desde cuando el Cachaco Ramírez apareciera con ella en la casa de la ciudad amurallada. En caso de que la respuesta fuera un “No” el golpe sería demoledor. A la aflicción por la muerte de su padre, se sumaría otra angustia, no menor. No quería que lo vieran en esa tragedia y tampoco quería seguir viendo a la Conchi después de que lo dejara plantado.

A la hora del almuerzo en La Casona le dijo que debían hablar esa tarde en privado, que la esperaba en un bar cercano de la Torre del Reloj. A la Conchi le pareció un poco misteriosa la propuesta, pero no se detuvo a pensar en el motivo porque toda su cabeza estaba puesta en la tristeza y en la incertidumbre que había traído la muerte de quien fuera su protector después de que había quedado huérfana.

El Cachaco Ramírez había muerto hacía seis años en un accidente en medio del mar, en una noche de marzo, cuando la lancha rápida que conducía tropezó con un alijo de drogas que flotaba en las aguas. La lancha se desequilibró y el Cachaco voló por los aires y cuando cayó al oscuro mar lo recibieron las aspas del motor fuera de borda.

Conoció a Alonzo Ferraro dos días después de su llegada a Colombia, cuando aún no había ido a buscar a Soledad Rojano. Se encontraron en una tienda de licores de Bocagrande. Ferraro estaba parado al frente del local observando a los clientes que entraban y salían del lugar. Quería saber qué variedad de licores vendían y cómo se movía el negocio. El Cachaco había ido a comprar unas botellas de ron y unas cervezas para surtir la nevera de la casa. Ferraro se le acercó para hacerle algunas preguntas sobre lo que había comprado y el Cachaco lo invitó a probar los licores. Así sabría, por experiencia propia, de los sabores y las costumbres festivas de los cartageneros. Se hicieron amigos en medio de una larga conversación que empezó en la tarde, en dos mecedoras, afuera de la casa, en una calle de la ciudad vieja, y terminó adentro, en el patio, a altas horas de la madrugada. Cuando Alonzo Ferraro regresó de la luna de miel a instalarse en la ciudad, el Cachaco lo acompañó en la compra y remodelación de La Casona, en el negocio del primer hotel y años después se fue a Coveñas a iniciar el comercio con Panamá. Ganaba un salario básico, pero tenía una participación en las ganancias.

Del Cachaco se sabía que había llegado con su madre huyendo de la violencia entre liberales y conservadores en Antioquia, había comprado una pequeña vivienda en la ciudad amurallada y se había dedicado a vender casa a casa telas y abalorios en los barrios más pobres de Cartagena y en los pueblos cercanos. En esas andanzas cosechaba amores que nunca llegaban a relaciones serias, porque de por medio estaba su madre que tenía un ancla inamovible en su corazón. María Consuelo era el fruto de una de esas relaciones. Nunca se supo de cuál. Tendría cuatro años cuando llegó de la mano de su padre a vivir con la abuela. Ese mismo día conoció a los tres hijos de los Ferraro. Tenía la misma edad de Emilia y dos años menos que Carlo. Pasaron la infancia y la adolescencia juntos. Soledad Rojano la trataba como una hija más. Compartió con Emilia los mismos colegios y los mismos cursos, pero en los tiempos libres acompañaba a Carlo a las competencias deportivas, a las excursiones y a los bailes. Se espantaban mutuamente los pretendientes asegurando que eran novios, en un extraño juego para compartir el tiempo y hablar de sus ilusiones.

Cuando murió el Cachaco la relación se hizo más intensa. En el entierro de su amigo, Alonzo Ferraro, les dijo a la abuela y a la nieta que velaría toda la vida por ellas, que no se preocuparan por nada, que incluso podrían irse a vivir a La Casona si así lo querían. Les hizo un recuento de las propiedades y los ahorros que tenía el Cachaco y les propuso pasar todo a nombre de las dos, pero mantener en sus manos la administración de la herencia hasta que María Consuelo tuviera la edad y la capacidad para hacerse cargo de una fortuna que ya no era pequeña. La abuela respondió que le parecía muy bien la propuesta. Era una mujer de setenta años que había visto a su hijo convertirse en un hombre próspero y alegre al lado del napolitano. Nunca había escuchado una queja o un reproche de esa amistad. Tenía total confianza en los Ferraro. Temía, además, que podía morir a cualquier momento y su nieta quedaría sola en el mundo. Se negó, eso sí, a dejar la casa en que había vivido por más de veinte años con su hijo del alma. Pero almorzaban casi siempre en La Casona y María Consuelo se quedaba a dormir una o dos veces por semana donde los Ferraro.

Un día la relación entre Carlo y María Consuelo sufrió un sacudón de los mil demonios. María Consuelo estaba desnuda en su habitación, se empinaba para tomar de arriba del armario una camiseta, había dejado la puerta entreabierta y Carlo entró para apurarla. Habían quedado de ir esa tarde al campo de tiro al blanco al otro lado de la ciudad. Esa visión apareció en su memoria a lo largo de esos años. María Consuelo tenía la piel blanca, los ojos negros y el cabello oscuro de su padre. Pero el cuerpo era de negra, los labios carnosos eran de negra, los senos con su gran pezón, el culo parado y redondo y las piernas firmes, tersas y largas, eran de negra, de una negra voluptuosa, que se sentía incómoda en la blancura solemne de su piel.

Ya en el bar Carlo Ferraro le dijo que, además del cariño inmenso que le tenía, la deseaba de tal manera que muchas noches había pasado de claro en claro imaginando el momento en que volvería a verla desnuda como aquella tarde feliz en que entró a su habitación.

Unas horas después, se fueron a la casa de la Conchi, un poco mareados por los rones que se habían tomado, saludaron a la abuela y se encerraron en el cuarto hasta la madrugada. La abuela, que había esperado aquello durante años, se acercó dos o tres veces a la puerta de la habitación. No le quedó menor duda. El silencio y las conversaciones en voz baja del principio la preocuparon. Se habían sentado en la cama, uno al lado del otro, a mirarse como amigos por última vez, luego hablaron de las múltiples veces que cada uno había pensado en darle un beso al otro y se había detenido al borde del abismo. Pero después empezó el estruendo de las caricias y la abuela se fue a la cama con una sonrisa en los labios y una olvidada sensación de placer entre sus piernas.

Carlo se quedó unos días en Nápoles en el hotel donde veinticinco años atrás se habían encontrado sus padres.

Después tomó el camino hacia Ravello donde vivían sus abuelos. No era lo que había hecho en los viajes anteriores. Siempre iba directo a la casa de los Ferraro. Sus ojos habían cambiado. Tenía ahora una mirada más romántica y curiosa y en el tránsito por la costa amalfitana veía no sin asombro cada pliegue de las enormes paredes rocosas que surcaban el mar Tirreno, los techos de flores en las terrazas de las coloridas casas de los pueblos, los pequeños túneles centenarios que habían cavado los laboriosos habitantes de esas tierras para agilizar el paso de los comerciantes y los turistas que empezaban a abundar en la región y los veleros que se mecían nerviosos en las aguas esperando la partida hacia Sicilia, Malta y Cerdeña.

La situación que encontró en la casa de los abuelos no fue la mejor. La abuela estaba muy enferma y los médicos le daban muy pocas esperanzas de vida. El abuelo estaba perplejo y angustiado, nunca había considerado la posibilidad de que su mujer, Isabella Caruso, dura y fuerte como las rocas de esas tierras, muriera antes que él. Entonces Carlo no quiso decir nada de la muerte de su padre. Eso, sin duda, agravaría más la situación de los viejos. Guardó el secreto y respondió con evasivas o con la alusión general de que estaba bien, pero muy comprometido en unos negocios en pequeñas islas del Caribe que seguramente le habían impedido llamar en los últimos días. Solo le contó la historia triste del asesinato de Alonzo Ferraro al tío Alejandro, hermano de su abuela. Su padre le había dicho en varias oportunidades que en algún momento de su vida tendría que ir a pasar una temporada con Alejandro para que supiera más de sus raíces y para que aprendiera algunas claves que le permitieran enfrentar los momentos difíciles que seguramente viviría. Los Caruso eran de origen siciliano, pero algunos se fueron a vivir a Ravello e hicieron parte de los famosos patricios de ese pueblo. Isabella y Alejandro descendían de allí.

Con el tío Alejandro recorrió todo el sur de Italia en esos meses y fue a Sicilia en varias oportunidades, especialmente a Palermo. De su mano organizó los funerales de la abuela y confortó al abuelo que unos días dejaba la realidad y se perdía en los recuerdos y otros días volvía acosado por la urgencia de tomar el mismo tren de su mujer hacia la eternidad.

Alejandro un poco más viejo que la abuela, pero saludable y lúcido, oyó el relato de la muerte de Alonzo con los ojos encendidos por imágenes de otros tiempos.

—Por lo que me has contado sobre tu país, veo que está igual de loco al nuestro. Los hombres hacen justicia por su mano. Eso quiere decir que es necesario tener un código propio. El precepto fundador de ese código es el silencio. Delatar es confiarle a otro la justicia. Es declinar el honor de castigar la afrenta. Veo que has heredado el ímpetu y la habilidad para los negocios de tu padre, mi sobrino del corazón, el hombre que me hizo soñar con que seríamos inmensamente ricos en estas tierras. Hacíamos una pareja perfecta. Él lideraría las empresas de la familia y yo me encargaría de las relaciones, de todas las relaciones, con los políticos, con los abogados, con los funcionarios, con el mundo alterno, subterráneo, que es, a veces, más poderoso que el público y legal. Pero tu papá se fue tras el amor de tu madre y yo me quedé aquí, en la tierra que amo y conozco, y me encargué de hacer lo que sabía con otros personajes de esta y de otras regiones. Me hice viejo en esas lides. No me quejo. Era una pasión para mí. Tenía la información y los contactos para sugerir decisiones. Era un poder silencioso, si se quiere, amable. Uno de mis papeles era garantizar que mi gente no perdiera la cabeza, que no se desbordara, que supiera que todo era negociable. O no todo, pero sí la mayoría de las cosas. Me retiré precisamente cuando uno de los personajes, preso de la soberbia, le dio por meterse en una disputa con el Vaticano. Logré salir indemne de esa confrontación que le costó la vida a la mayoría de mis amigos. He podido envejecer con alguna tranquilidad utilizando el dinero y la información que acumulé para protegerme. Pero añoro esos tiempos. Tienes una misión que cumplir en tu país. Puedes quedarte unas semanas o unos meses, mientras las cosas se calman allá.

Al regresar encontró a su hermano Alfredo cambiado. Había salido de su larga estadía en el invernadero. Ahora respiraba el aire contaminado de la ciudad. En pocos meses había hecho lo que hicieron sus hermanos en largos años. María Consuelo lo había llevado de la mano por todos los rincones. La muerte de su padre y la lejanía de sus hermanos lo forzaron a preguntarse mil cosas. En las primeras noches perdió el sueño completamente y entonces distribuía el tiempo en leer, pensar y echarle un ojo, cada cierto tiempo, a la madre que también dormía poco. Ella para calmar la ansiedad salía al balcón que sesenta años después serviría para que el expresidente Gregorio Echeverri les diera rienda suelta a sus recuerdos. Él, en el día, daba vueltas en silencio por la casa, salía por ratos al jardín o se metía al salón de estudios a ojear los libros que su padre y sus hermanos le habían traído durante esos años para que gastara el tiempo que los otros consumían en el alucinante mundo exterior. Dos semanas después se puso en pie, se fue al colegio a pasar los exámenes que le faltaban para terminar la secundaria y empezó su experiencia callejera. Un día le contó a María Consuelo que una de sus mayores preocupaciones era la falta de ganas por las mujeres o por los hombres. Le dijo que, desde los doce años, cuando dos compañeros del colegio fueron a su casa y se sentaron con él a ver un libro de desnudos de mujeres que su madre consiguió en Europa, en uno de sus viajes, había empezado esa preocupación. Con las primeras imágenes ellos ya tenían su erección y empezaron a masturbarse ante sus ojos sin que su verga se inmutara.

—Pues, la verdad, sí es muy extraño —le dijo María Consuelo— entrando en una intimidad que nunca había tenido con Alfredo.

—A esa edad a tu hermano ya se le iban los ojos detrás de las niñas de mi colegio y en las playas tenía que ponerse bocabajo para disimular sus ganas cada vez que pasaba una mujer en su ajustado vestido de baño. A mí me ocurría que, mirando a tu hermano en pantaloneta, sudoroso, después de algún partido de fútbol, sentía un cosquilleo brutal un poco más abajo del ombligo.

Comprobó su inapetencia sexual días después. Se fue a una distinguida casa de putas en la ciudad amurallada y le contó a la meretriz jefe del lugar la urgencia de probar su virilidad. Ella lo llevó de la mano a uno de los pequeños salones, lo sentó en uno de los sillones, le sirvió una botella de ron y le trajo a una mujer joven que, al decir de la dueña de la casa, le resolvería sus dudas sexuales. Alfredo tuvo un sobresalto en el corazón. La mujer, aunque tenía unos veinte años, era la estampa viva de “la niña bailarina” de Degas, una pintura que había despertado las más extrañas sensaciones en su cuerpo cuando la vio por primera vez. Llevaba por falda un tutú, lo que hacía más evocadora la escena. La chica hizo su tarea. Llevó las manos de Alfredo por todos los laberintos del placer y le enseñó a andar a oscuras en los abismos de su cuerpo. Con una paciencia y una ternura aprendidas, no se sabe dónde, consiguió una larga erección de Alfredo. Esa noche supo que no estaba totalmente inhabilitado para el sexo, pero se necesitaba demasiado para lograrlo.

En la primera conversación le dijo a Carlo que podía hacer lo que necesitara, lo que quisiera, que él estaría siempre atrás, cuidando de todos, celebrando sus triunfos o supliendo sus deberes cuando fuere menester. Podría, incluso, tener muchos hijos con María Consuelo, porque él los cuidaría. Estaría siempre en casa o cerca de casa para proteger a la madre y atender las llamadas y requerimientos de Emilia. Tenía en mente abrir una gran tienda de vinos y comidas de alta calidad en la ciudad vieja para ir y venir con facilidad de la casa al trabajo. No había asomo de sacrificio en sus palabras. Decía cada cosa con alegría y seguridad.

Carlo respiró tranquilo y ese mismo día se trasladó al primer hotel que había comprado su padre. Aisló el último piso y le construyó un ascensor exclusivo. Allí empezó su nueva vida. Algunos días al atardecer llegaba discretamente a La Casona para visitar a su madre y a su hermano. También algunas noches visitaba a María Consuelo en su casa. Entre tanto recibía del gerente general informes semanales de los negocios y daba instrucciones precisas sobre los pasos para incrementar su patrimonio. Pero la mayor atención la ponía en saber qué había sido de la vida del teniente Julio Castrillón.

Supo que lo habían trasladado al interior del país después de su crimen. Se lo llevaron a una zona del Magdalena Medio a dirigir operaciones contra la guerrilla. Supo luego que lo habían ascendido a capitán y lo habían trasladado al sur de Bolívar a conducir una fuerza mayor. Y supo, por último, que muy pronto llegaría a Cartagena a disfrutar de un evidente premio por su abnegada labor en las zonas de conflicto. En ese proceso pasaron dos años. Había contratado a Rodolfo Armenteros, un oficial de inteligencia de la policía, para esta labor de seguimiento. Cuando Castrillón llegó a la ciudad, Carlo le pidió a Armenteros que renunciara a su cargo y trabajara en una marcación diaria al capitán. No se limitó a escrutar sus pasos. Fue más lejos y se hizo amigo de él. Descubrió que llevaba una vida licenciosa. Se emborrachaba con frecuencia y una o dos noches a la semana se vestía de civil y acudía a casas discretas de prostitución en Getsemaní. Con el paso de los meses empezó a preferir y a frecuentar a una de las chicas. Carlo la contactó. Utilizaba el nombre de Carmen, pero en realidad se llamaba Luisa Ordóñez. Vendía sexo en la noche, pero en el día dictaba clases de inglés a domicilio. No quería que supieran su verdadera identidad. Carlo investigó todo en la vida de Luisa, habló con ella en varias oportunidades mostrándole otras opciones para su vida y se ganó su confianza. Luego le propuso la tarea de citar a Castrillón a un hotel en la playa y le dijo que utilizara el argumento de ensayar otro ambiente. El capitán mordió el anzuelo. Antes de ir al hotel entraron a un bar, ella pidió cerveza y él se dedicó a consumir ron. Llegaron al hotel a las once de la noche. El capitán estaba algo mareado por el alcohol, pero conservaba su lucidez y su fuerza y cumplió a cabalidad con su tarea. Después, en la ensoñación que sigue al orgasmo, sintió en su garganta unas manos enormes que lo atenazaban. Miró a Carlo Ferraro que inclinado sobre la cama le daba tiempo para que recordara su rostro, para que supiera que finalmente pagaría con su vida el crimen que había cometido en un hotel de Coveñas unos años atrás. Carlo vio en medio de la oscuridad el brillo intenso del miedo en los ojos del capitán y recibió en sus manos la grave agitación que se desató en el cuerpo de la víctima. La soltó cuando sintió que un olor a mierda y a orines se había apoderado de la habitación.

Luisa saltó de la cama cuando vio la sombra de Carlo Ferraro acercarse al lado en que se encontraba Castrillón y desde un rincón de la habitación miró aterrada una escena que nunca se había imaginado.

Carlo vio el estupor en el rostro de Luisa y se apresuró a calmarla.

—Levantó la mano enguantada, le señaló la puerta del baño y le dijo en voz baja—: Puedes bañarte sin prisa y ya sabes, debes recoger tus cosas y salir en la madrugada hacia Estados Unidos, allí te recibirá mi hermana Emilia, quien se ocupará de conseguirte vivienda y trabajo para una larga estadía.

—Sí, sí señor —respondió Luisa— ya Armenteros me explicó todo, no se preocupe, no quiero bañarme, quiero irme ya mismito, si me lo permite, no quiero estar más aquí.

Un día después apareció en la prensa la noticia de que en una calle del barrio Getsemaní en Cartagena habían encontrado muerto al capitán del ejército Julio Castrillón. Tenía varios tiros de pistola en la cabeza y en el cuello, decían los diarios. En las notas hacían un largo recuento de la vida del capitán hablando de sus hazañas en la lucha contra las guerrillas. Al final les atribuían el asesinato a estas fuerzas. Señalaban que se trataba de una escabrosa retaliación contra uno de los mejores hombres de la fuerza pública.

Carlo salió en la madrugada hacia Coveñas. Se instaló allí a dirigir sus negocios y no se apareció por Cartagena durante varios meses. En ese tiempo fue a visitar a los abuelos Rojano que envejecían solos y lejanos de un mundo que cambiaba a pasos acelerados. Sentía por ellos un amor especial. Más grande que el que sentía por sus abuelos italianos. Era extraño. En realidad, se parecía más a sus ascendientes italianos. Su gran estatura, sus ojos de avellana, su piel, sus instintos, estaban al otro lado del océano, pero su alma estaba aquí. Quería a su madre con todo su corazón. Le agradecía que hubiera tenido la decisión y la fortaleza de obligar a Alonzo Ferraro a dejar a Italia y vivir en un país que en principio le ofrecía muy poco. La quería por el mando absoluto, pero cariñoso y suave, que ejercía sobre su esposo y sus tres hijos. La quería porque había adoptado a María Consuelo y le había enseñado poco a poco a convertirse en una mujer segura de su belleza y de su inteligencia. Por todo eso, había decidido utilizar el Rojano como primer apellido en el ámbito de Córdoba y Sucre. Menos explicable era su gran amor por el país, en especial por el mundo caribe. Aquí le habían arrancado a su papá y lo habían obligado a matar. Aquí le habían negado la posibilidad de terminar la carrera de economía y convertirse, quizá, en un destacado académico. Aquí lo habían forzado a posponer su matrimonio y a esconder a María Consuelo. Aquí lo habían alejado de La Casona, su verdadera patria, su infancia. Pero aquí tenía a sus amores. En estas tierras, se decía frecuentemente, había sido feliz y próspero su padre. En Cartagena intuía cómo hacían el amor las parejas en las dulces noches del sopor caribeño. Nadie podría alejarlo de acá y el que lo intentara no saldría bien librado, pensaba.

Antes de volver a Coveñas y a Cartagena pasó por la hacienda de los Echeverri para dejarle una nota a Gregorio. Quería reanudar esa amistad. Se acordaba con precisión de sus discursos políticos. Tenía en su memoria las arengas y la vehemencia con que las recitaba. Ahora, con las experiencias que había vivido comprendía mejor las preocupaciones de Echeverri y tenía el pálpito de que sería un hombre muy importante en la vida nacional. Quizá necesitaría muchas veces su ayuda.

En la nota le decía que su vida había cambiado radicalmente, que su padre había sido asesinado y las autoridades le habían atribuido el hecho a las guerrillas, que se había retirado de la universidad y ahora se dedicaba a los negocios, que le gustaría volver a verlo. Que lo esperaría muy cerca de allí, en Coveñas y lo atendería mil veces mejor de lo que lo había hecho en los tiempos en que era un estudiante con el escaso dinero que ponía el padre en sus bolsillos. Al final firmaba: Carlos Rojano, su amigo.

* Texto original del libro La sombra del presidente, del escritor y analista político León Valencia.

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