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Anotaciones alternativas sobre Gabriela (Cuentos de sábado en la tarde)

Antes, estuve convencido de que escribirla era una buena alternativa para hacerla mía, pero descubrí también que ignoraba que lo único que me correspondía a mí de ella era esa sólida representación que hice de su voz, su negra cabellera y hasta sus deseos de lluvia. Gabriela nunca me había pertenecido.

Jesús David Barrios Mercado

21 de agosto de 2021 - 01:00 p. m.
Estuve escribiendo respuestas, inventando remitentes con letras llenas de embustes insignificantes, sin el rigor armónico que me exigieron los tiempos en los que aún creía que podía escribir. Tiempos que se resumieron en poemas maltrechos, novelas de una abrumadora soledad y párrafos ajenos, sórdidos.
Foto: Pixabay
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Todavía tengo las imágenes de cuando todo empezó, todo lo que provocó mi viaje hacia ella, quiero decir, el miedo, la zozobra, el envilecimiento. Mis padres me exigían la cortesía como acto obligatorio de la ética, pero ya de algún modo yo había perdido sensibilidad, porque todo el que atravesaba la puerta de mi vida, excepto mi madre y los colegas, eran sólo objetos de análisis, que cobraban razón de ser al estar de paso por mi vida. Eran formas que no significaban un secreto cuando los sometía a mi indumentaria. No obstante, les preguntaba todo automáticamente, ya no me importaba tanto, pero no fue tan fácil con Gabriela. Y ella no ayudaba pues se extendía en detalles por ser una inescrutable mujer. Yo no quería prohibirme abrirle la puerta, pues en algún momento, supongo, debí tener una de esas entrevistas con la consciencia; sin embargo, me permitía ya sin tanto reproche–embriagarme de nuevo por su carisma.

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Después de enviarte aquel primer escrito, los siguientes meses estuve escribiendo respuestas, inventando remitentes con letras llenas de embustes insignificantes, sin el rigor armónico que me exigieron los tiempos en los que aún creía que podía escribir. Tiempos que se resumieron en poemas maltrechos, novelas de una abrumadora soledad –que en aquel entonces no me pertenecía– y párrafos ajenos, sórdidos, que dependían de la intuición ingenua que hacía de los días en lugares ignotos. La única verdad enunciada por la tinta negra de la contesta era la dirección (para ti Gabriela cada vez y que siempre te encontraba al final, en el pie de cada nota), sólo porque así lo imponía la necesidad de ser enviada a algún sitio, de ser recibida, de ser leída… todo por la venganza ajena, la expiación absurda a la que me sometió el recuerdo quejumbroso.

Gabi, como la llamaban, era risueña y me sonreía porque le era inevitable percatarse de que yo escrutaba con la mirada sus espacios, recogiendo elementos para definirla desde la ignorancia y la pasión que me correspondían como les corresponde a los gatos la serenidad.

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Cuando estuve tan cerca como para permitirme invitarla a salir, descubrí que los actos atrevidos merecen algo de locura; una dosis de esta es capaz de llevarte a cometer ese tipo de deseos que siempre se albergan en la cabeza y se dejan dar paso cuando no queda otra salida. Recordé que una vez me declaré yo mismo no loco porque no fui capaz de morderme hasta sangrar, como explicaba cierta lectura con la que me topé casualmente. Después de observarla tanto, al punto de exhortarla a saludarme y a que me cuestionara la inquisidora mirada, sólo me quedó revelarle lo que para ella era obvio, y me confesó que nada más aceptaba la invitación porque reconocía que las decisiones inesperadas, basadas en un principio simple de arriesgue, podrían ser retribuidas con una conclusión positiva. Dijo: “Quien no arriesga un huevo…”.

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El semestre empezó con imprecaciones. Gabi –ya podía llamarla también así–, anhelaba compañía y yo no podía dársela. Ella en Medellín y yo en Barranquilla. Empecé, pues, a describírsela en un juego de palabras que me inventé para complacerla. Trataba de alcanzar el sonido de la compañía en voz alta, para que ella, a través de mis palabras, lograra sentir la sensación relajante de mi mano sobre la de ella, por el efecto insuperable de la memoria.

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“El mundo es como es, y es perfecto. La literatura, por lo que he visto, apenas lo imita”, dijo de una manera tan virtuosa que casi me convence. Lo que pasa es que la literatura estaba mucho más dentro de mí que ella. No me había hecho de la literatura, pero sí de Nana; razón más que suficiente para creer quien estaba por encima de quien.

La falta de compañía la volvió tosca, rara, no sé. Ella la anhelaba como toda Medellín anhelaba la lluvia. El calor se hacía tremendo día tras día, y era más fácil sentirlo en el hueco del valle, lo que para Gabi era un motivo para la queja. La sentía más distante. No le importaba que hubiese conseguido un sinnúmero de excusas baratas para divertirnos durante las noches en que fuera a escribirle. De hecho, le escribía por la costumbre y ya mis bullosos intentos la ahuyentaban de mi vida. Mientras me dejaba solo, no pensaba en ella. Descubrí que, al obtenerla, había saciado la pregunta de si sería capaz con ella, cosa obvia, pero nunca di mi conclusión. Todo con Gabi seguía teniendo sentido apenas cuando recordaba los días en los que la veía inalcanzable. Sin embargo, me preguntaba si no estaba abusando de ese lenguaje que me ponía en un nivel más alto que ella.

Apenas advierto la tortura de estas páginas, decidí que era hora de guardar las hojas, de emprender la marcha a la cocina y prepararme un nuevo café tinto. Pensé muchas cosas durante esta noche. En efecto, supe que había abusado de ese lenguaje tan soberbio y me había creído superior a ella. Descubrí, entonces, que el camino con una mujer siempre es efímero, así sea largo o no el tiempo donde la pasión protagoniza historias. Mi camino con Gabi no fue la excepción, y cuando se fue no puse resistencia. Reconocí al conjunto de las mujeres como seres impredecibles, a veces caprichosos, como también lo son los hombres, pero diferentes, porque necesariamente tienen que ser diferentes. Todo eso estaba muy por encima de lo que yo pensaba. Descubrí que, en el afán tras el éxito que significó conquistarla, ignoré que al perderla la extrañaría como lo estaba haciendo esta noche en la que se apareció en cada uno de mis malogrados párrafos. Antes, estuve convencido de que escribirla era una buena alternativa para hacerla mía, pero descubrí también que ignoraba que lo único que me correspondía a mí de ella era esa sólida representación que hice de su voz, su negra cabellera y hasta sus deseos de lluvia. En resumen, entre los descubrimientos que había hecho para mí en las últimas noches estaba este que agobiaba y agobiaría irremediablemente mis postreras letras: Gabriela nunca me había pertenecido.

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Por Jesús David Barrios Mercado

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