11 Sep 2021 - 2:00 a. m.

Aquí vive Jaime Jaramillo Escobar

Ese es el epitafio que Jaime Jaramillo Escobar manifestó que llevaría en su tumba. Ayer falleció a sus 88 años en Medellín uno de los últimos poetas nadaistas.

Muere un poeta y surge la angustia de saber si hallaremos a otro en el camino y no si será mejor o no, sino si cruzaremos de nuevo la esperanza en un verso. Se muere Jaime Jaramillo Escobar y empezamos a recordar a los que se fueron y a los que se podrían ir pronto. Y sabemos que queda su obra, que ya es responsabilidad nuestra, como lectores, de que perdure, pero es inevitable que no aparezcan de súbito la tristeza y las “lágrimas de luciérnagas” que mencionó Cris Carbone en su poema “Cuando muere un poeta”.

“Lo único que deseo es escribir unos poemas porque ese es mi canto y creo que todos los seres humanos vinimos a cantar. Si canta Dios que debería ser el más atribulado —pero en las noches se le oye cantar—, si toda la creación es un canto, el poeta es una ranita que canta al compás del universo”, le dijo Jaime Jaramillo Escobar a Óscar Domínguez en una entrevista. Y así lo demostró a lo largo de su vida con sus cantos, sus letras llenas de dudas, recuerdos y cinismos.

Fue de los poetas marginados, y marginado porque no fue de su interés hacer parte de pomposos círculos intelectuales y sociales, de favores y egos, porque la vanidad no fue un vicio y porque el cinismo ya mencionado no solo fue un elemento de su poesía, sino un rasgo de sus vivencias y un eco de lo que siglos atrás propuso Diógenes en Grecia. Ese cinismo y esa marginalidad lo determinaron y lo hicieron poeta: como lo dijo en la entrevista citada, “cada poeta está hecho de su propia materia”.

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Pronunciar el nombre de Jaime Jaramillo Escobar es pronunciar Pueblorrico, el pueblo donde creció, es pronunciar nadaísmo, es pronunciar libertad, es recordar a Gonzalo Arango y la amistad que ambos construyeron alrededor de una filosofía de vida que, por lo menos él, no reconocía como algo que pudiera cambiar al mundo, pero que sin duda lo cambió a él.

Era la libertad con cadenas, con las cadenas de las preguntas, de las angustias, de las razones y las no razones, de sus lecturas de Jean Paul Sartre y de sus caminos, tan similares a los que describió Fernando González en Viaje a pie. Era la libertad de escribir en su casa sin ropa, de en realidad despojarse de todo y ser él en sus mínimas y máximas expresiones: “El secreto de mi estilo no tiene ningún secreto, pero está en que escribo desnudo; un hombre desnudo es sincero y vulnerable. En cambio el poeta que escribe vestido deja de ser puro, se vuelve un literato”, le dijo a Gonzalo Arango.

Dicen que fue el nadaísta más raro. Marcaba tarjeta y trabajaba ocho horas al día. Pagaba impuestos y nunca pidió que le subieran el sueldo, para eso había otros funcionarios.

Siendo un jovencito lo expulsaron del colegio y trabajó un tiempo como inspector de la Policía, pero la violencia que se desató el siglo pasado entre liberales y conservadores lo alejó de las armas.

En 1967 obtuvo el primer Premio de Nadaísmo con su poemario Los poemas de la ofensa, firmando como X-504, y se lo dedicó “a los que no necesitan estudiar cosas raras para comprender la poesía”.

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Desde entonces fue considerado el poeta mayor del nadaísmo. Y al preguntarle por esa consideración, respondía: “Carezco de vanidad y ni siquiera me envanezco de ella”.

El seudónimo X-504 aludía a una placa de carro. Publicó varios de sus primeros poemas en El Espectador, con ese seudónimo. Y fue el editor de Tercer Mundo quien le dijo que publicara Los poemas de la ofensa con el mismo seudónimo.

Cada vez que terminaba de firmar sus poemarios, se olvidaba de ellos para siempre: afirmaba que era libre, que ya los escritos no eran suyos. Escribía sin ánimo de publicar. En una entrevista reciente afirmó: “Lo único que me interesa es estar con mis libros, los que tenga, leer lo que alcance; si me provoca escribir algo, lo escribo, pero lo hago sin ningún interés de nada”.

Jaramillo Escobar reveló su nombre para hacerse responsable de lo que escribía, para sostener o retractarse de sus ideas. Le importaban de los otros escritores sus obras, no sus vidas, y no admiraba poetas, sino poemas.

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El nadaísmo lo descubrió por Gonzalo Arango y cuando este lo abandonó, lo consideró un desertor de sí mismo. Pensaba que el nadaísmo “es una filosofía y por consiguiente determina una actitud ante la vida, la sociedad, el arte. Evoluciona con el pensamiento y se enriquece con el aporte de las nuevas generaciones. Adóptelo el que quiera y sírvase de él. El nadaísmo no tiene dueños porque el pensamiento corresponde a la especie, y, al individuo, solo el honor de proclamarlo. Pero no se olvide nunca que el nadaísmo es de la esencia de la libertad. Hay escritores y artistas que piden libertad, como si la libertad se mendigara, como si pudiera esperarse un regalo tan precioso. La libertad hay que conquistarla; hay que arrebatarla. Y solo el verdadero artista es capaz de eso”.

Para Jaramillo Escobar, los poetas, como los futbolistas, nacen y no se hacen: “Nadie puede hacer de un pelele un Pelé”, decía. Se definía como un cínico. No le interesaban la gloria ni la fama. Su propio camino era su triunfo, su competencia consigo mismo. No pensaba que el nadaísmo fuera a cambiar el mundo, con que lo hubiera cambiado a él tenía una conquista incalculable. Seguía la idea de que odiar es sufrir, por lo que nunca odió a nadie. Y afirmaba, con certeza, que nunca sacrificaría su vida por nada.

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