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Apagué el televisor, le coloqué su funda de color blanco, por si cae un aguacero o se caga algún animal de esos que están revoloteando en el techo. No me atreví a decirle a nadie que me acompañara, aunque me hubiera gustado.
No, no era miedo, no sentía miedo del lugar donde estarían reposando mis huesos cualquier día de estos, era el desconocimiento de saber cómo funciona la vida allí. Así que, después de cerrar la puerta principal, cerré la reja de metal del corredor. Me persigné, abrí el paraguas para protegerme del sol, y la anunciada lluvia.
Dicen que cuando hace tanto caló, después viene agua y agua. La verdad, nosotras nunca salimos a la calle sin paraguas, es una costumbre que nos enseñó mi mamá, ella decía: “Hay que salir con paraguas, en el bolso no puede faltar: un envuelto de papel higiénico, alguna moneda para una botella de agua, y una bolsa de plástico o de papel por si te entran ganas de vomitar. Pero, ante todo, antes de salir hay que ir al baño, a nadie le gusta que se lo estén pidiendo prestado”.
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Tuve en cuenta todas las precauciones de mamá. Me ajusté un botón de la blusa que estaba un poco flojo, caminé sin prisa, por la calle de las Flores, eran las 11 de la mañana, lo sé porque cuando saludé a una vecina que le daba la teta a su hijo en la mecedora, en la misma puerta de la calle, vi la hora en el reloj dorado que tenía pegado en la pared. Le dije: “Adiós, adiós”, ella me contestó medio dormida, creo que no se dio cuenta que era yo, podía ser cualquier otra persona. Imagino qué, si hubiera estado bien despierta, lo más seguro es que se hubiera sorprendido. O quién sabe, a lo mejor creyó que era yo quien estaba en la mecedora, y ella diciéndome: “Adiós, adiós”, como siempre, como cada día cuando ella pasa frente a mi casa, y me ve ahí, en la mecedora mirando hacia la calle, regalando saludos y miles de bendiciones.
Continué caminando, y saludando, me encontré con el vendedor de lotería, de helados, de yuca, de bollo, de zapote… las gotas de sudor humedecieron mi blusa blanca, me la sacudía por momentos, y volví a ajustarme el botoncito que estaba flojo, el hilo que colgaba lo enrollé alrededor de este.
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Empecé a respirar con cierta dificultad, el camino se me hizo eterno, como una procesión. Recuerdo que la última vez que fui fue en el entierro de mamá, de eso hace ya algunos años, el cementerio estaba solitario y las bóvedas las recuerdo desconchadas, frías y de color blanco.
Al entierro de mamá fue muchísima gente, vinieron familiares de otros pueblos, y gente que no conocíamos nos acompañó ese día. Recuerdo unas mujeres vestidas de negro hasta los talones, en la entrada diciendo: “Fue una buena hija, y buena esposa”, mis hermanas y yo nunca supimos de donde salieron esas intrusas, que estaban disfrazadas de muerte. Alguien nos contó que las habían visto en algún otro entierro diciendo las mismas palabras: “Fue un buen hijo, y buen padre”, el difunto era un hombre.
Según dicen por ahí son muertos vestidos de mujer anunciando la llegada de un nuevo difunto, para que los durmientes despierten y sepan que ha llegado uno nuevo, para darle la bienvenida y explicarles las normas de aquella nueva vida.
Otros decían que eran las aves del cementerio que se transformaban en humanos. Cuando esté muerta lo sabré, imagino que alguien me sabrá decir la identidad de esas mujeres llorando difuntos que no les pertenecen.
Cuando llegué al cementerio lo vi distinto al recuerdo que tenía en mi memoria. La entrada la encontré llena de flores, claveles, botellas de agua… reconozco que no me desagradó.
Una de las mujeres me preguntó: “¿Necesita flores? Las tengo baraticas a 6 pesos el ramo, y le doy un florero que veo que no trae para que pueda ponerlas, y también tenemos agua fresca para los difuntos, ellos lo agradecen, ¡con está temperatura de mil demonios!”.
Compré dos ramos de flores, me hizo descuento, y me los puso en un florero grande de plástico, que antes de ser florero fue una botella, le pedí 3 botellas de agua, una para mamá, otra para papá y una para una hermana que murió cuando era muy pelá, ahora no me quiero entretener recordando cómo ocurrió, todos están en el nicho que es de propiedad, bóveda no tenemos, siempre hay que alquilarla, y en verdad esa es una de la cuestiones que me preocupan, porque me pregunto: “¿Y si no hay bóveda, qué harán y cómo me enterrarán con la mecedora?”, por eso he preferido que todo el pueblo esté enterado de mi último deseo, porque así me aseguro que todos harán lo que haga falta para cumplirlo.
No es que no me fie de mis hermanas, ellas son mujeres con buena voluntad, pero sé qué si se ven llenas de complicaciones, me entierran y se vuelven a llevar la mecedora a la casa.
Entré al cementerio, a primera vista me pareció que no era un camposanto, más bien una feria donde vendían antigüedades o cualquier artilugio. Algunas bóvedas estaban pintadas de colores, las fotografías de los difuntos también eran a color, con dedicatorias extensas, algunas estaban decoradas con globos, o con el objeto más preciado del muerto: con acordeones, alguna pelota de futbol, un bate de béisbol, con tapetes, sombreros…
En las bóvedas de difuntos infantes se me apretó el corazón, tenían los juguetes salvaguardados con clavos en sus tumbas. Encontré una de un niño que murió con 5 años, con sus carritos (volquetas, ambulancias, carritos de lujo, patrullas de policías). Al ver esto, me dio tranquilidad el hecho de saber que no era nada raro que yo quisiera tener conmigo hasta el final mi mecedora, mi compañera de vida, mi confidente, mi pañuelo de lágrimas, la que no habla, pero que está siempre ahí, aguantando mi pesada y cansada existencia…
Sí, mi existencia es pesada, cada día tengo la impresión de que pesa más. Yo no, mi existencia…
Me balanceo para adelantar el tiempo, pero muchas veces, el tiempo se detiene, porque miro la hora y pienso: “Qué bueno, ya son las 12 de medio día”, y giro la cara y vuelvo a mirar hacia la calle, veo pasar los vendedores de siempre, con la parsimonia de los ahogados en calor, obligados a continuar su extenuada caminata bajo un sol poco compasivo. Y cuando vuelvo a mirar el reloj, siguen siendo las 12…
Después de dejar en el altar las flores y las botellas de agua a mis familiares, caminé por encima de todas las bóvedas, era imposible transitar, sin pisotear a los pobres muertos, no era mi intención, pero tuve que hacerlo para llegar hasta el nicho y luego para salir.
El cementerio era un laberinto colorido, que se hacía aún más ingrato por los montones de basura, palos y botellas que encontrabas en los apretados callejones.
En la parte derecha están las bóvedas del municipio, que el alcalde cede a los muertos que no tienen posibilidades de ser enterrados en una bóveda propia o alquilada.
El botón de la blusa se me cayó y saltaba por las escalinatas de concreto, abrí el paraguas y bajaba los escalones persiguiendo el botón. De pronto, sentí un aleteo fuerte y fúnebre encima de mi cabeza, el paraguas se estremeció y quedó sólo el esqueleto de varillas ardientes, vi cómo volaba el forro negro encima del cementerio, como una alfombra voladora, oscureciendo las bóvedas, grité, por instinto, desconocía lo que ocurría, solo sentía el sol en mi cabeza. Entonces lo vi, el ave de mal agüero, un golero posado en lo alto de una bóveda, que me miraba.
El golero había salido del hueco de una bóveda oscura, cuando sintió que yo corría por las escalinatas, supongo que se espantó y quiso dejarme claro que él era la autoridad.
El ave, vestido de muerte, lo sentí así, era de plumaje oscuro, sucio, fúnebre, me miraba insistente, entonces, bajé despacio, escalón a escalón, con temor de hacer ruido, mi intuición me decía que mirara a otro lado, miré hacia el cielo, estaba de color plomizo, no había nubes, el cielo oscurecía, como si alguien lo pintara con un carboncillo.
Miré otra vez donde estaba el golero, fue repugnante ver cómo vomitaba, encima de la bóveda, cómo dejaba manchada de sangre las flores, y los juguetes del pequeño difunto.
Me regresé, encontré una bóveda abierta, miré con disimulo, me sentía vigilada por el golero, aunque estaba ocupado vomitando todo lo que tenía en su profundo buche. Vi una bolsa grande, negra, con un cadáver dentro, vi su ropa, una bata azul y una sábana blanca, vi huesos esparcidos, supongo que lo exhumaron y nadie se hizo cargo del pobre cadáver.
Apresuré el paso hasta que logré salir del camposanto, en ese regreso vi cómo se vaciaban las botellas de agua de los muertos, entonces, comprendí que era cierto, los muertos siempre están sedientos.
Le diré a mis hermanas que tengan preparada una botella de agua de 5 litros, para la mecedora y para mí.