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Cuchillo (Cuentos de sábado en la tarde)

El sobrenombre se debe a su obsesión por los cuchillos; aunque dicen, también, que lo llaman así porque con ellos asesina a sus adversarios.

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Jhonattan Arredondo Grisales
22 de octubre de 2022 - 07:10 p. m.
"—¡Cuchillo! —lo saludan los muchachos cuando aparece en la esquina."
"—¡Cuchillo! —lo saludan los muchachos cuando aparece en la esquina."
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Todos en el barrio lo llaman Cuchillo. Es el maleante más temido, pero también el más amado: juega con los niños, cuida las casas de sus vecinos en las noches y cuando finaliza un encargo suele regalar mercados a las familias que se encuentran sin trabajo. Nadie se atrevería a decir que es un delincuente sin antes admitir sus virtudes. Nadie, tampoco, se atrevería a enfrentarlo sin estar lo suficientemente armado.

El sobrenombre se debe a su obsesión por los cuchillos; aunque dicen, también, que lo llaman así porque con ellos asesina a sus adversarios. Los tiene de toda clase y en su pequeño apartamento atesora una extraordinaria colección que exhibe con orgullo a sus amigos.

Sin embargo, solo carga uno, ceñido a su cintura. Se trata de un hermoso ejemplar con empuñadura de hueso, grande y filoso, que fue fabricado, según contó, por un presidiario santandereano que conoció mientras estuvo en la cárcel.

—¡Cuchillo! —lo saludan los muchachos cuando aparece en la esquina.

Y él, sonriendo de oreja a oreja, responde:

—Todo bien. Todo bien.

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Esta mañana, cuando aún se encontraba en la cama, le asignaron un encargo de carácter urgente. Recibió el mensaje, miró la fotografía y contestó: «Listo, patrón». Después se levantó, lavó sus dientes y con su cuchillo personal, suavemente, cortó varias rebanadas de pan y un trozo de queso. Desayunó a gusto y como siempre, antes de salir a la calle, rezó sus oraciones.

—Te llegó la hora, muñeco —le dijo a la fotografía del hombre que tenía que eliminar.

Luego salió de su apartamento y se dirigió a la casa de su novia. Pero, en mitad del camino, recordó que ella estaba cumpliendo años. Sin tiempo ni dinero en ese momento para un mejor obsequio, solo se le ocurrió una idea: robar una flor. Y así fue: agarró su cuchillo y cortó un girasol de un jardín vecino. Finalmente, su novia quedó feliz con el gesto romántico e inusual del hombre de su vida y le dio un beso acompañado por un fuerte abrazo de despedida.

—¿Vienes más tarde, mi amor? —preguntó ella, acodada junto a la puerta.

—No sé, mi reina —respondió—. Nunca se sabe.

Cuchillo ahora estaba preparado para cumplir su objetivo. El hombre al que debía matar vivía en un barrio cercano y esa mañana, de acuerdo con las indicaciones recibidas, estaría en un parque esperando a otro hombre para un supuesto negocio. Por eso se había dicho que sería algo breve y por eso, además, decidió realizar el encargo solo. No había nada a qué temer.

En efecto, el hombre se hallaba en el parque, recostado a un árbol. Cuchillo, sin darle largas al asunto, decidió atacarlo por la espalda: caminaría despacio hasta estar lo más cerca de él y rápidamente, gracias a un par de puñaladas, certeras y letales como las que ensartaba a los cerdos cuando era niño, acabaría en cuestión de segundos con su vida.

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—Fácil —aseguró.

Así que sacó su arma predilecta, contempló su plateada hermosura y empezó a caminar hacia él. La hora había llegado: diez en punto. Pero en ese instante pensó que no era un día para ver manchado de sangre el cuchillo con el que había cortado los alimentos en el desayuno y con el que cortó el girasol para su novia como regalo de cumpleaños. Entonces se detuvo y se dijo a sí mismo:

—Mañana. Tal vez mañana.

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Por Jhonattan Arredondo Grisales

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