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9 Oct 2021 - 2:00 a. m.

El escritor y sus fantasmas

Presentamos un fragmento del capítulo VI de “Colombian Psycho” (Alfaguara), la más reciente novela del escritor bogotano Santiago Gamboa.
Santiago Gamboa presenta “Colombian  Psycho”, su más reciente novela. Una fascinante trama de espejos entre la realidad y la ficción, pero también entre las propias ficciones del autor, quien se juega la vida en esta perturbadora radiografía de la realidad nacional.
Santiago Gamboa presenta “Colombian Psycho”, su más reciente novela. Una fascinante trama de espejos entre la realidad y la ficción, pero también entre las propias ficciones del autor, quien se juega la vida en esta perturbadora radiografía de la realidad nacional.
Foto: Mauricio Alvarado

El novelista Santiago Gamboa ya estaba al borde. Su carrera literaria, que en alguna época fue calificada de “lúcida, prometedora e implacable”, y que llegó a compararse con la de algunos autores clásicos (nacionales), hacía tiempo que estaba en velocidad baja. “La gente se aburre de uno, es normal”, dijo en una de sus entrevistas recientes, “pero el escritor no tiene edad de retiro. Como ese personaje de El desierto de los tártaros, Giovanni Drogo, el escritor siempre cree (sueña, aspira) que lo mejor está aún por llegar y no logra acostumbrarse y menos aún aceptar los duros plazos de la vida”. ¿Lo mejor está por venir? En otra entrevista, en un periódico de circulación nacional, el escritor dijo: “No logré vivir como quería de mis libros, y esto lo comprendí, en serio, al ver que nunca pude comprar un apartamento en París, ciudad en la que fui arrendatario por más de diez años. Casi podría afirmar que fui el rey de los arrendatarios de la Ciudad Luz. Sentí tristeza por mí y por el capitalismo de los emergentes, ese insistente capitalismo menesteroso que siempre estuvo sugiriéndome que debía ser un escritor pequeñoburgués y dejarme de pendejadas prosódicas, con temas pequeñoburgueses y formas de expresión pequeñoburguesas. Siempre creí que el éxito consistía en tener lectores exigentes, pero el hambriento capitalismo se echó al piso a reír y me volvió a hablar al oído. ¿Exigentes? Al principio no lo escuché porque aspiraba, como Rilke, a “ser sublime sin interrupción” y por eso creía en la novela río, en la novela Maelström, un modo de partir la noche en dos mitades y penetrar la oscuridad. ¿Cómo era eso de Kafka? Un hacha para quebrar el océano congelado en el interior de uno. Pero se hizo tarde y aquí me tiene. Sin apartamento en París, viviendo en una casa de Chapinero. El capitalismo se olvidó de mí para ocuparse definitivamente de autores como Stephen King, Ken Follet, Rowling, de algo llamado Falcones (¿o era Falcon’s, en inglés?) y unos pocos más. Luego pensé que, en el fondo, sublime o no sin interrupción, el verdadero escritor ha sido siempre un muerto de hambre. Es el lugar que esta sociedad libre y democrática le asignó: el del loco o el vagabundo o el bufón. Desde el rey Lear para acá. ¿Y sabe por qué? Porque la literatura le importa cada vez menos a la gente que tiene el poder de dirigir a las masas, y por eso las masas ven un libro y se alejan corriendo”. Le invitamos a leer: De nuestra absurda obsesión por el éxito: una mirada a “La sociedad del cansancio”

(…)

Por esa época, Gamboa vivía obsesionado con el fin del mundo. En una ocasión, alguien le preguntó en un panel: “Si supieras que el fin del mundo es esta noche, ¿qué harías por la tarde?”. Él se quedó pensando un rato y dijo: “Empezaría uno de esos libros que tengo sin leer y que he ido aplazando”. Pero la pregunta le hizo mella, porque en una charla posterior confesó haber empezado un cuaderno que tenía por título Cosas para hacer en la tarde, antes del fin del mundo. Llevaba más de 400 páginas y, según dijo, en la última había sólo una frase: “Volver para siempre al barrio de Jangpura, en Delhi”.

Lo que él quería decir, supuso, es que uno debe seguir viviendo como si no supiera que va a morir; vivir sin saber que el fin está cerca. Así lo expresó en una de sus intervenciones en un panel en la ciudad de Arequipa: “En el fondo es así como hemos vivido cada día. Cada nueva jornada de la vida puede acabar con todo y cada tarde puede ser la última”. Permaneció unos segundos en silencio y agregó: “Ahora que ya llegó el futuro, cualquier noche puede traer el fin”. ¿Cómo así que ya llegó el futuro?, preguntó el moderador. Gamboa se quedó pensativo y dijo: “Para los de mi generación, el futuro era el mes de noviembre de 2019, y esa fecha ya pasó”. A ver, viejo, te vas a tener que explicar mejor, insistió un autor peruano que parecía amigo suyo. “Es el mes en que transcurre la película Blade Runner. Noviembre de 2019. Por eso ahora vivimos en el posfuturo. El futuro quedó atrás”. ¿Tanto te influenció esa película? ¿No es un poco exagerado? “No”, dijo Gamboa, “esa película contiene los secretos de la vida futura que ya pasó. Hoy somos todos replicantes. La pregunta por el fin del mundo es el tema obsesivo de un replicante. Como nosotros, ellos sólo quieren saber cuánto les queda por vivir. El único gran tema de la vida: el paso del tiempo sobre nosotros y nuestros afectos, sobre la memoria y el olvido, con todos los olvidos unidos, el de unos y otros, los olvidos ya olvidados y los que aún están en la memoria, los olvidos propios y ajenos e incluso el olvido que seremos, todos juntos en una enorme llamarada purificadora”. ¿Y qué pasará después? “Ah, ese es un gran argumento. ¿Qué pasará el día después del fin del mundo? ¿Qué sonidos habrá en el universo? ¿Qué planetas se quedarán insomnes para siempre?”.

“Ser poeta es como ser replicante. Es imaginar el silencio del día después, es ser capaz de quedarse hasta el final, hasta el último instante, sin cerrar los ojos”, dijo, y agregó: “Podría ser un viaje de regreso. ¿Dónde estaba yo antes de nacer? Venimos de ninguna parte y vamos a ninguna parte. Llegaremos a la poesía en la aurora, armados de una ardiente paciencia. Eso tan extraño que significa estar vivo. ¿Lo entenderemos alguna vez? No saberlo nos salva. El conocimiento es insuficiente para saber quiénes somos y menos aún el porqué del breve paso por este planeta”. Pareciera entonces, dijo uno de los moderadores, que el inconveniente de la vida es el hecho mismo de existir, a lo que el escritor, aclarando que no tenía formación filosófica, dijo: “¿Cuál es la verdadera naturaleza de los problemas humanos? Tal vez la imposibilidad de cambiar, de existir de otro modo o incluso de desdoblarse. Estar condenados a ser nada más que uno mismo. Si este fuera un país autoritario pondría micrófonos en mi propio dormitorio para espiarme y luego me entregaría con las manos en la nuca a los jueces de la pertinencia histórica, como el padre K, patrono de los confusos, porque eso también supone quitarse un peso de encima. La libertad de la sumisión a una ley, cualquiera, por injusta que sea, aliviana el peso de la vida. ¿Por qué, en lugar de adoptar una felicidad razonable y humana, tanta gente prefiere salir clandestinamente en la noche y perderse en la oscuridad? ¿Por qué nos atrae tanto el abismo? Esa pregunta siempre estará ahí, sin respuesta, porque el destino esencial del hombre está en una zona a la que no se puede llegar con la razón”.

Antes de terminar el panel, una representante de un colectivo anarquista Anti Global pidió disculpas por cambiar de tema y quiso saber la opinión del escritor sobre el cunnilingus interracial, a lo que Gamboa contestó: “Lo más atrevido que se ha dicho sobre ese tema está en la canción Black Sugar, de los Rolling Stones”.

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