2 Sep 2021 - 2:00 a. m.

Julio Paredes: para durar más allá del olvido

Uno de los versos de Borges para sugerir que el fallecimiento del escritor bogotano, ocurrido el pasado martes 31 de agosto por un cáncer que lo aquejaba, no detendrá el recuerdo que deja con su vida y obra dedicada a la literatura colombiana.

De pantalón beige, camisa clara y un saco delgado de lana. Con manos grandes, que más que de escritor parecían de pianista. Con ojos que, más que un color oscuro, eran del color del misterio. Su voz y el ritmo eran tenues y pausados, muy acordes a ese mismo misterio que suscitaba su mirada. Así lo percibí aquella ocasión en que hablamos de Aves inmóviles, el libro con el que se ganó el Premio Nacional de Novela en 2020.

Recuerdo que hace poco Rodrigo García Barcha, luego de escribir su libro Gabo y Mercedes: una despedida, dijo que “los escritores están obsesionados con la pérdida, con el paso del tiempo y su más grande manifestación, que es la muerte. Es esa una contradicción. Es natural y totalmente inaceptable. Es el misterio con el que se vive”. Y esa obsesión, que si bien no es propia de los escritores sino de los seres humanos en general, al ser ese nuestro destino inexorable, es la que también cargaba Julio Paredes, la cual exploró en sus cuentos y novelas.

“Como escritor, hay unos temas que se vuelven recurrentes y en los que uno se siente más cómodo. A mí me interesa hablar mucho sobre oficios en vías de extinción, porque la idea de la extinción me llama la atención, la idea de la muerte y de que existe un único ejemplar de determinada especie y se muere y esta desaparece del mundo. En la novela anterior yo hablaba era de un especialista en lenguas en vías de extinción”, me dijo en aquel entonces, reconociendo que muchas veces se había preguntado y quizá se había enfrentado a la muerte, unas veces con la curiosidad del misterio inherente a ella, algunas con temor, otras con valentía y unas más con la angustia de que, pasados los años, se convierta en una visitante constante en nuestro ser.

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Entre los conceptos de la curiosidad y la búsqueda deambulaba el oficio de Julio Paredes. Además de ser editor y traductor, era un escritor que escudriñaba en el cuento y en la novela las formas de habitar y convivir por medio de metáforas, de una casa que simbolizaba lo más cotidiano o, en el caso de su última novela, de la taxidermia como una forma de escabullirse de la finitud de nuestra naturaleza: “La angustia que empieza a sentir el personaje, que hace que también se mueva, tiene que ver con la idea de la desaparición del cuerpo. Y es lo que ocurre con la taxidermia, pues, además de ser una buena metáfora sobre la ficción, también es una metáfora de cómo puedo engañar a la muerte”.

Un existencialismo oculto que, además de irse construyendo con el paso del tiempo, se formó por la lectura de El revés y el derecho, de Albert Camus, libro que contiene una serie de ensayos del autor argelino en el que no solo vio una especie de escudo, sino el origen y el sentido de escribir y ver la vida desde los ojos del artista: “El artista se forma en esta perpetua ida y vuelta de sí a los demás, a medio camino entre la belleza, de la que no puede prescindir, y la comunidad, de la que no puede extirparse. Por esto es por lo que los verdaderos artistas no desprecian nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si tienen que tomar partido en este mundo, no puede ser otro que el de una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no reine ya el juez, sino el creador, sea trabajador o intelectual (…). Pero, en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de expresarse por un tiempo, el escritor puede reencontrar el sentimiento de una comunidad viva que lo justificará a condición de que acepte, en la medida de sus medios, las dos responsabilidades que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el de la libertad”, escribió Camus.

“Escribir es partir de un espacio a ciegas, así uno pueda tener construida la historia”, me dijo Paredes. Y esa idea la reconstruyó una y otra vez cuando habló de su oficio, pues para él, en las noches en las que se sentaba a escribir luego de compartir con su familia, o en aquellas ocasiones en las que lo hizo en su máquina Royal Magic, de los años 40, era olvidar quién era, era incluso desmontar la idea o la emoción que lo llevaron a creer que allí habría una historia y empezar desde cero, enfrentando ese espacio en blanco, que es otra metáfora del infinito que anhelamos y se nos va cada vez que un dolor nos reafirma la fragilidad de nuestro cuerpo y la vulnerabilidad de nuestro interior.

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Solo su familia sabrá lo que pudo padecer Julio, pero no hay duda de que algo de magia y precisión siempre tendrá la literatura, pues su creación o ficción siempre termina siendo una especie de vaticinio y también un testimonio que busca durar más allá del olvido que mencionaba Borges. Y es que algo del personaje principal de Aves inmóviles parece asomarse en el epílogo de la vida de Paredes, porque aunque no murió ni sufrió por “la mancha en el lóbulo superior del pulmón derecho” del taxidermista, sí tuvo que experimentar “un dolor del que nadie conocía su naturaleza, que lo llevaría al límite y le haría perder parte de su carácter, de su compromiso y gozo con el mundo (...). Más que la desesperación de un cuerpo sometido a rigores que lo consumían, el sobresalto se encaminaba hacia la sospecha de estar persiguiendo el alma que se nos había perdido a todos”.

La obra literaria de Julio Paredes nos deja una narrativa que no cae en extremos, que queda suspendida en un péndulo donde vamos entre relatos nostálgicos, pero no del todo sentimentales, y relatos sobrios, pero no por eso planos. Y en ese péndulo, en el que cuelgan todas las metáforas que acompañan sus historias, queda nuestra obligación, como lectores, de escudriñar y descubrir qué había detrás de cada símbolo, no solo para intentar comprenderlo a él, sino también para seguir comprendiendo la vida que nos quiso plasmar y que siempre tenía preguntas sobre lo volátil de nuestra existencia, la relación con el tiempo y la pregunta por la muerte, esa que se lo llevó este martes 31 de agosto y lo despojó de su cuerpo, pero lo dejó situado más allá del olvido y lo llevó, como sugirió Borges en Elogio de la sombra, a responder finalmente a la duda que solo podremos responder en el fin de nuestras vidas y que no es otra más fundamental que saber quiénes fuimos.

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