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La coleccionista de pijamas (Cuentos de sábado en la tarde)

Por qué me frustro tanto por no dar clases de literatura, si solamente con las compras hechas por Clarisa en esta tienda recibo más dinero por comisiones que lo que gana un profesor de primaria. Lastimosamente, ellos reciben poco para lo que merecen y esa es mi frustración. En mi caso, poco o nada me interesa la cantidad de dinero recibida, yo soy un apasionado lector que por este trabajo le ha tocado dejar muchos libros a mitad de camino.

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Carlos Martínez Buelvas
17 de julio de 2021 - 06:44 p. m.
Clarisa es profesora de literatura, lo veo en sus ojos marrones que me dicen que lo más cercano que ha estado de políticos es mediante los cuentos "El congreso", de Borges, o "El banquete", de Julio Ramón Ribeyro, que seguramente leyó.
Clarisa es profesora de literatura, lo veo en sus ojos marrones que me dicen que lo más cercano que ha estado de políticos es mediante los cuentos "El congreso", de Borges, o "El banquete", de Julio Ramón Ribeyro, que seguramente leyó.
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1.

La música de las tiendas de ropa es similar a las que se escuchan en las discotecas durante los fines de semana, con la diferencia que en estas el cliente no se interesa en sacar a bailar a los trabajadores. Decir que en un almacén de ropa íntima femenina a diario se tejen banalidades es un lugar común y que existan coleccionistas de pijamas aún más, porque eso sí, las mujeres por lo general -pienso en mi ignorancia- conservan en su clóset pijamas para ir a la fiesta de quince, para estar con su pareja, para abrazar a Morfeo e incluso para hacer tareas universitarias.

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El caso de Clarisa, porque aclaro desconozco su nombre, pero tiene cara de llamarse Clarisa y no Marcela ni Policarpa ni mucho menos Gabriela, no solo sobrepasa los límites de la extravagancia, sino que además está relacionado con el canon literario. Sí, así como lo leen y lo escuchan. Clarisa, en sus visitas a la tienda, imagina junto a sus amigas con qué tipo de pijamas esperó Penélope a Ulises durante veinte años, o de qué manera Úrsula Iguarán lo hacía con José Arcadio. De ella percibo que sus aspectos no son tan banales. Así como compra batas de los Rolling Stones para seducir a su amante, también debate y se apasiona en el universo mágico de las bibliotecas.

Usted, amigo lector, dirá que cuento esto que me ocurre en aras de posar como intelectual, pues no. No es como piensa. Ella cuando compra pijamas, también trae libros diferentes y no de cualquier tipo de autores. La he visto dejar en la vitrina, sin importar que intenten robárselos, ejemplares como El retrato de un artista cachorro, de Dylan Thomas, Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, una edición especial de Ojos de perro azul, de García Márquez, otra de lujo de El Aleph, de Borges, A sangre fría, de Capote, entre otros más. Ella tiene un gusto literario que me inquieta, porque nunca cruzamos palabra alguna y he llegado a pensar que es una magíster en Literatura Contemporánea, que en sus ratos libres compra pijamas para cada día de la semana. Sin embargo, puede que esté equivocado en mi apreciación y tal vez sea abogada, pero su rostro no vislumbra ganas de defender reclusos ni a acusados de corrupción en el parlamento.

Ella es profesora de literatura, lo veo en sus ojos marrones que me dicen que lo más cercano que ha estado de políticos es mediante los cuentos El congreso, de Borges, o El banquete, de Julio Ramón Ribeyro, que seguramente leyó. Mientras tanto, yo soy un simple administrador de tienda de ropa íntima femenina sin título profesional, como el dentista sin título de García Márquez. Confieso que tengo vocación de docente y mis frustraciones me llevan a mirar profesoras sensuales, en todos lados. Y mis frustraciones van mucho más allá: mi tío me veía como economista, mi padre como ingeniero mecánico y mi madre como administrador de empresas, pero ni lo uno ni lo otro. Hice un curso online de servicio al cliente y menos mal conseguí trabajo en este lugar para pagarme los libros que compro mensualmente, porque por culpa de la recesión económica, los empresarios están cerrando sus empresas, como lo han hecho en Barranquilla con los teatros, las bibliotecas, los museos. Por esas cosas y previendo estas debacles, estoy leyendo un libro de cartas de Rubem Fonseca que conseguí en una librería de viejo, pero eso no les interesa a ustedes, pues como los lectores chismosos que son (como mi vecina), solo quieren saber qué pasa con la coleccionista de pijamas.

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2.

El nombre real de la coleccionista no era Amaranta, como el personaje de García Márquez, tampoco Vicenta, como la profesora floja que me dictó clases de Biología en la secundaria. Su nombre es Clara Isabel. Lo supe ayer cuando me tocó atenderla en la tienda y le pregunté el nombre para ingresar sus datos al sistema. Sin embargo, para mí ella sigue llamándose Clarisa y no pienso seguir discutiendo ese tema. La única certeza que tengo es que cuando regrese para comprar una nueva pijama le pediré recomendaciones sobre libros, porque algo sí tengo claro desde niño: las lecturas se recomiendan, los libros no se prestan. Todo el que dice: “lee este libro por sus contextos y sus trasfondos” está más cerca de conversar con Cervantes en el cielo, a que un amigo le regale una botella de Johnnie Walker el fin de semana. A diferencia del que asegura que presta los libros y va a devolverlos, ese está más cerca de sufrir un accidente en navidad que de ganar una beca doctoral en Oxford.

Clarisa ha tenido que haber conversado con el Quijote en alguno de sus sueños, porque hace días, mientras se medía un pijama, la escuché invitando a sus amigas a que leyeran un libro de cartas entre Paul Auster y Coetzee. Al segundo lo conozco hace mucho, del primero me ha quedado sonando su nombre y creo que debo comprar el ejemplar titulado Aquí y ahora, citado por ella. Partiendo de esa supuesta relación amistosa con el Quijote, estoy por creer que esta muchacha es un ángel de ojos marrones y no puedo perder la oportunidad de conocer sus gustos y pasiones, así solo le pregunte su identificación, cuando pague lo que compre en la tienda. Tal vez como lector insinuará que mí oído es más chismoso que el de mi vecina, no lo dude amigo, soy chismoso con orgullo, mis vecinas son mi madre y mi abuela, así que no se preocupe por esas nimiedades.

La coleccionista de pijamas es profesora de Literatura, no cabe duda. Cada vez estoy más cerca de hacer realidad esa teoría, pero si quiero cumplirla debo vencer mis temores. El problema radica en que me cuesta hablarle a una mujer, más allá de una relación “empleado – cliente”, por eso mis dos compañeras de trabajo murmuran que soy un introvertido disfrazado de alegre. Tienen razón, yo no salgo todos los fines de semana como muchos en mi barrio. Tal vez tenga miedo al mundo, como el personaje del relato La casa de Asterión, de Borges, y por eso me abstengo de cambiar mi forma de llevar la vida. Sin embargo, la única forma de confirmar si es abogada, docente, bacterióloga, diseñadora de modas o lo que sea, es hablando con ella y para eso necesito antes tomar dos copas de vino para desinhibirme. Sin embargo, ni con eso seré capaz de hablarle.

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3.

Llevo un poco más de un mes leyendo las cartas entre Coetzee y Auster, porque sufrí una gripe demoníaca que me ha tenido en cuarentena estricta. Aunque esté anonadado con esta lectura, quiero volver a la tienda lo más pronto posible, pero aún resta una semana para que se cumpla lo exigido por el médico para mi recuperación, sumado a las secuelas que esto pueda dejarme. Estoy por creer que ese médico conoce mi amor por Clarisa y es su amante y no quiere que la vea. Ese médico es un exagerado. “¡Achú, aaachú! ¿A quién le dan casi catorce días de incapacidad por una gripe?”. Aclaro que no tengo Covid-19. “¡Achú, aaachú!”. Seguramente ese tipo se hace llamar “doctor” y compró el diploma en el mercado negro. “¡Achú, aaachú!”.

Mientras toso un poco, puedo aseverar que Clarisa tiene un gusto sensacional por la literatura. Ese libro que le recomendó a las amigas es demasiado brillante y tiene ciertas particularidades que me llaman la atención. Verbigracia, el debate de la amistad entre los hombres como un tabú y por qué estos no se dicen te quiero entre sí, o de qué manera la alienación ha conllevado a que en la sociedad actual muchas personas duren un día entero viendo deportes sentados frente al televisor -como me ha tocado vivir en carne propia en cuarentena-, o el uso de la academia para hablar de amistad y cómo puede abordarse desde la perspectiva aguda de la crítica literaria.

Luego de todo lo que he contado, estoy totalmente convencido de que Clarisa es profesora de literatura, porque además, ¿qué mujer puede estar interesada en leer sobre la amistad como temática de la crítica literaria? Y no lo digo por machismo, sino porque un lector define sus lecturas por un gusto marcado, eso estoy plenamente seguro. Máxime que, la carta acompañada del ensayo, no es más que el baile de fronteras citado por Enrique Vila – Matas, en el que se desvirtúan ciertos aspectos canónicos de la literatura, como también lo hicieron Walser, Piglia y Rilke en su momento, o la misma Clarice Lispector en su novela La hora de la estrella, donde juegan el concepto y la trama. Por eso, estoy más enamorado que las líneas anteriores de este amor lleno de silencios que quiere desinhibirse y conversar de literatura con esa chica de ojos marrones, quien supongo que en este momento estará sumergida en alguna página de una obra latinoamericana.

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4.

Al fin han pasado los días de incapacidad y he vuelto a este lugar donde llevo más de dos años trabajando. Saben, amigos lectores, me he sentido bien recibido por mis compañeras. Pero a decir verdad, qué me importan ellas, yo lo que deseo es tener un contacto con Clarisa y estoy buscando la forma más original para llegar a ella. Para esto, creo conveniente intentar escribirle algo y dejarlo dentro de su bolsa de compras. No obstante, a pesar de escribir todo lo que siento por Clarisa, no me siento un escritor consagrado. A veces, quisiera dejarle una nota con la frase de Joaquín Sabina: “Te mereces un novio poeta”, pero temo que me responda: “Imbécil, ya lo tengo”. Y sí, una mujer con tantas lecturas debe tener un novio cercano a los literatos de la ciudad: mechudo con barba frondosa y zapatos viejos. En cambio, yo soy un calvo lampiño, que además solo administro una tienda de ropa femenina y estoy frustrado por no dictar clases de literatura.

A todas estas, por qué me frustro tanto por no dar clases de literatura, si solamente con las compras hechas por Clarisa en esta tienda recibo más dinero por comisiones que lo que gana un profesor de primaria. Lastimosamente, ellos reciben poco para lo que merecen y esa es mi frustración. En mi caso, poco o nada me interesa la cantidad de dinero recibida, yo soy un apasionado lector que por este trabajo le ha tocado dejar muchos libros a mitad de camino. Hay unos que los consumo en un fin de semana y hay otros que tardo más. Los que me leo rápido son aquellos que presto y devuelvo. Realmente, yo no estoy cerca de una beca en Oxford porque ni los libros prestados en bibliotecas debería devolverlos. Sin embargo, para ser ladrón de libros me falta la audacia y la astucia que le sobra al delincuente común. Lo he comprobado con un libro de Kundera que presté en la biblioteca municipal y curiosamente está al lado mío. Ese libro no lo quiero soltar, no es La insoportable levedad del ser, no soy despiadado para disfrutar de los celos y desplantes que le hacen a Teresa, no, fíjense que no. La obra lleva por título El libro de los amores ridículos, tan ridículo que lo siento mío y me veo en cada uno de los personajes que representan lo ilógico del amor, y sí, mi amor es tan absurdo que en estos instantes debería estar pensando como invitar a salir a Clarisa. Sin embargo, estoy sentado frente a una computadora relatando sueños y objetivos que por esta absurda timidez nunca serán cumplidos y, para colmo de males, el libro debo entregarlo hoy en la tarde.

Usted como lector dirá que lleva varios minutos con la mirada puesta sobre estas hojas y no encuentra aún marca de pijamas ni situaciones de amores furtivos, y que estas líneas están más cerca de ser el estado del arte de una tesina que de convertirse en una historia con un desarrollo atrapante. Mire amigo, si usted es un vago morboso que no ha podido graduarse de la universidad ese no es mi problema, más bien póngase a escribir y no joda. Estudie vago, como dijo una poeta famosa. Por lo pronto, mientras usted piensa lo que se le antoja, desde este local aburrido y sin gracia, mis ojos guardan la secreta esperanza a que Clarisa venga a comprar una pijama y de paso quiera hablarme de Literatura Contemporánea, pero sé que no lo hará y siendo sensatos tampoco espero que me hable. Solo es un anhelo que me deja claro que la única espera sin prisa, y con los brazos que tenemos los humanos, es la de las calles solitarias de los cementerios, ese es mi destino.

Por Carlos Martínez Buelvas

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