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La especial visita de Pablus Gallinazo

Relato de un encuentro entrañable con el cantautor santadereano Pablus Gallinzo.

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Carlos Iván Mantilla Velásquez, especial para El Espectador
03 de abril de 2026 - 11:10 p. m.
El cantautor santandereano Pablus Gallinazo (de camiseta amarilla) conversa con su amigo Carlos Iván Mantilla.
El cantautor santandereano Pablus Gallinazo (de camiseta amarilla) conversa con su amigo Carlos Iván Mantilla.
Foto: Cortesía de Carlos Iván Mantilla.
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El pasado fin de semana tuve el honor de recibir la visita de mi amigo Pablus, acompañado de su querida esposa. Aquí en el campo, en mi sencilla y apacible estancia en medio del gorgojeo de los pájaros y la melodía del agua: en el sonido del silencio “santuario del colibrí”; en una montañita cercana a San Francisco de Sales, el pintoresco pero pujante pueblecito que hace parte de la provincia del Gualivá.

La paz y tranquilidad que trasmite la encantadora pareja -Pablus y Tita-, supimos conjugarlas con el aire puro que se respira en esta apartada comarca. Conversamos de lo divino y humano sin afanes, con los puntos suspensivos que se requieren cuando evocamos el pasado que no es otro que el eterno e impávido presente que nos ve pasar.

En las horas, que parecieron segundos, agotamos poesía rindiéndole homenaje a la bella vida, pensando en ella libres de ideologías y religiones. Destinamos la mayor parte del encuentro a filosofar de humanidades: sobre la libertad, la conciencia, la compasión, la paz, los amores, las ilusiones, la amistad; en fin, viajamos explorando los sentimientos del ser humano y los de nosotros mismos.

Los petros, uribes, maduros, putines, trumpines, netanyahus, ayatolás -líderes éstos que en su mayoría andan fuera de sí y son los artífices del barullo caótico que se vive en este mundo- fueron olvidados por completo de nuestras charlas: los desaparecimos durante tres días de la faz de la tierra.

Rodeados de libros y de mis adorables perros –las más fieles compañías- hablamos de los astros, de la bella luna, del resplandeciente sol, del aire y el agua. De las teorías científicas y de sus sabiondos autores (Lemaitre, Planck, Einstein, Penrose, Hawkins), de los Agujeros Negros, del Big Bang. De estos científicos y filósofos que, si bien tuvieron otros grandes aciertos, al final de sus vidas, ya cansados y jorobados de lidiar con tan complejos pensamientos y fórmulas físicas, terminaron cediendo a regañadientes -antes de levar anclas- el crédito de la creación y los orígenes del universo a Dios omnipotente. Paradójico pero cierto.

También Hubo tiempo para ver las entrevistas y revisar algunas epístolas del genial Hugo Mantilla (q.e.p.d.), con quien a pesar de estar los dos –Pablus y Hugo- en orillas distintas, los unió la dialéctica y se profesaron enorme estimación. Hicimos el eterno paralelo entre Borges y Neruda y hojeamos a Zweig. Pablus habló de sus apreciados amigos, los nadaistas, en particular de los que ya se fueron -quedan muy pocos en esta vida-; entre otros recordó, su memoria es íntegra, a Fernando Gonzalez, el papá de todos (q.e.p.d.); Gonzalo Arango, fundador y líder del movimiento (q.e.p.d.); a Eduardo Escobar, tal vez el más brillante escritor y columnista de ese grupo, quien se despidió recientemente (q.e.p.d.); de Jaime Jaramillo (X - 504) (q.e.p.d.); Amílcar Osorio (q.e.p.d.); Elmo Valencia (q.e.p.d.).

Los que, a raíz del elogio que le hizo Gonzalo Arango a Pablus, por la novela La Pequeña Hermana, con la que ganó el primer premio del concurso nadaista, asumieron que el autor hacía parte de ese movimiento provocador y vanguardista de la contra cultura literaria de los años sesenta. De la causa que terminó al morir Gonzalo, pero que aún hoy algunos quieren mantener viva con los vestigios de los obsoletos manifiestos de “El Profeta”. Pablus ha declarado una y otra vez de forma simpática que no hizo parte de ese rebaño de jóvenes subversivos que todo lo querían cambiar a punta de irreverencia y nihilismo. “¡Lo mío ha sido y seguirá siendo la canción protesta!“. Lo dice con firme convicción. Y sigue: “Aunque les tengo inmenso afecto y consideración; prueba de ello es mi valiosa y perdurable amistad con Jota Mario; nunca me consideré un nadaista y hoy mucho menos”.

Amaneció, es lunes, y salimos de la casa suspirando por la partida que ya se acerca. Vamos lentamente hacia el pueblo con la suave brisa que acaricia, en busca del bus que los llevará a encontrarse con sus guitarras para seguir cantándole a la vida.

Con un café, una flor para mascar y un fuerte abrazo nos decimos hasta pronto.

Buen camino, Pablus, Dios les cuide.

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Por Carlos Iván Mantilla Velásquez, especial para El Espectador

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Watasabi(56195)Hace 31 minutos
Qué bueno ver al gran Pablus vivito y protestando. Todo un símbolo de jna época llena de sueños y bondad humana que estos años recientes se han llevado por la borda dejándonos sin esperanzas
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