El Magazín Cultural

4 Sep 2022 - 1:39 a. m.

“La Policía, en lugar de protegernos, abrió fuego contra nosotros”: Carlos Lleras

Al llegar al exilio, luego de que el 6 de septiembre de 1952 incendiaran su casa, la de Alfonso López y las sedes de El Tiempo y de El Espectador, el expresidente Carlos Lleras Restrepo dejó el testimonio que aquí publicamos ante la justicia mexicana.
La residencia de Carlos Lleras Restrepo incendiada el 6 de septiembre de 1952 es hoy una Biblioteca Museo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
La residencia de Carlos Lleras Restrepo incendiada el 6 de septiembre de 1952 es hoy una Biblioteca Museo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
Foto: Corteasía Utadeo

“Carlos Lleras Restrepo, mayor de edad y vecino de Bogotá, de profesión abogado, con cédula de ciudadanía número 365715 expedida en esta ciudad, bajo la gravedad de juramento declaro lo siguiente:

En la tarde del día 6 de septiembre del corriente año me encontraba yo en mi casa de habitación. No había ido a la oficina, por tratarse de un sábado y además porque ese día celebrábamos el cumpleaños de mi hija menor. Poco tiempo después del almuerzo se me comenzó a avisar por teléfono que la Casa Liberal, donde funcionaban la Dirección Nacional del Liberalismo y los Directorios departamental y municipal, había sido asaltada, saqueada e incendiada. (Lea aquí el artículo sobre el contexto histórico de estos episodios, explicado por el historiador Guillermo Pérez Flórez).

En el curso de la tarde, el señor Muñoz, uno de los porteros de la Casa Liberal, me llamó varias veces para darme detalles de lo ocurrido. Tiempo después se me avisó que el edificio de las oficinas de El Tiempo estaba siendo asaltado, y más tarde que el edificio de los talleres había sido incendiado. Luego se me dio aviso del ataque a El Espectador. Al Dr. Francisco Umaña Bernal lo recomendé para que llamara a las autoridades con el objeto de proteger al portero Muñoz, que se había quedado en el patio de la Casa Liberal custodiando algunas máquinas que se salvaron del saqueo.

Algunas personas, entre ellas el mismo doctor Umaña Bernal, el Dr. Heliodoro Ángel Echeverri y el estudiante Nestor Hernando Parra visitaron mi casa para darme informaciones.

Ese día, con motivo del cumpleaños de mi hija pequeña, se celebraba una fiesta infantil y la casa estaba llena de niñas. Recuerdo exactamente que alrededor de las cinco de la tarde llegó frente a mi casa un suboficial de policía, que parecía estar ebrio, y conversó con el agente que prestaba servicio frente a mi casa. Este servicio se prestaba desde hacía algunas semanas, o sea desde la noche en que estalló una bomba en el antejardín, pocos minutos después de haber regresado yo a mi residencia. El suboficial en cuestión sacó un revólver y, mirando mucho para mi casa, hacía gestos de disparar. Me alamó el detalle y ordené que ninguna de las niñas saliera al antejardÍín.

Más tarde se me llamó por teléfono para informarme que las gentes que se hallaban en frente de El Espectador y de El Tiempo hacían ostentación de que quemarían también las casas del Dr. Alfonso López y la mía. Llamé al Dr. López por teléfono para informarlo y él me dijo que ya había recibido idéntico aviso y que estaba indeciso sobre la conducta que debería adoptar. Por mi parte, llamé al general Sanjuan, director general de la Policia, para prevenirlo y solicitarle garantÍas, pero se me contestó que no se hallaba en su despacho. Todavía me resistía yo a creer que pudiera llevarse a cabo un asalto contra nuestras residencias, pues como hacía ya varias horas desde que se había comenzado el incendio de la Casa Liberal y de El Tiempo y El Espectador, me figuraba yo que las autoridades habían tenido tiempo, más que suficiente, para controlar la situación y reducir a la impotencia a los grupos de asaltantes, tanto más en cuanto que yo recorda perfectamente las muchas ocasiones en que se realizaron maniobras para demostrar que las fuerzas públicas podían apoderarse completamente de la ciudad en menos de un cuarto de hora.

Pero cuando me llegaron informe fidelignos de que los asaltos e incendios se estaban realizando no sólo con la complecencia, sino con la cooperación de la Policía; que el ministro de Hacienda Álvarez Restrepo había tratado en vano de que se pusiera coto al desorden, y de que no se quería sacar al Ejército, alegando que si se sacaba podrían producirse choques con la Policía, comencé a temer lo peor y me di cuenta de que carecíamos completamente de toda garantía por parte de la autoridad. Los informes que se me dieron respecto de que el presidente Urdaneta había salido de la ciudad, que el ministro de Gobierno estaba igualmente ausente y que no era posible encontrar ni en sus despachos ni en sus casas al ministro de Guerra y al director de la Policía, reafirmaron esa impresión.

En esos momentos llegó muy afanádo un chofer de la vecindad para decirme que él había oído personalmente a algunos asaltantes, en frente de El Espectador, decir que iban a quemar la casa del Dr. López y la mía. Llamé de nuevo al Dr. López, quien me aconsejó que sacara inmediatamente de la casa a las niñas de la fiesta; me dijo que él no sabía qué actitud tomar y yo le dije que iba a buscar algunos amigos para que fueran a acompañarlo y trataran de proteger la casa. No había transcurrido mucho tiempo cuando se me avisó por teléfono que ya había comenzado el incendio de la casa del Dr. López, pero que éste, afortundamente, había logrado salir con la familia unos minutos antes.

Casi simultáneamente llegaron dos o tres miembros de la directiva líberal de Bogotá a quienes pedí que reunieran algunos amigos que quisieran acompañarme a cuidar la casa; se fueron a hacer las diligencias respectivas pero no volvieron. Después me han informado que cuando trataron de acercarse a mi casa ya la policía controlaba la calle y no los dejó pasar. Yo procedí a interrumpir la fiesta de las niñas y a llamar a sus casas para que se las llevaran. Las últimas salieron muy poco antes del ataque. Interrumpí a mi señora, que estaba tomando el té con sus familiares y dos o tres amigas, y le di orden de que abandonara la casa con mis hijos y con el servicio. Apresuradamente salieron, sin más tiempo que el necesario para arrojar dentro de una maleta las pólizas de seguro de vida, las joyas de mi esposa y nuestros documentos de estado civil. Las muchachas del servicio alcanzaron a sacar unas pocas cobijas para que mis hijos pasaran la noche y dos o tres vestidos de mi señora y a bajar sus propios baúles al patio de atrás de la casa, resguardándolos detrás del lavadero. En ese momento quedé solo en la casa, únicamente con cuatro amigos que allí se encontraban ocasionalmente, porque habían ido a informarme sobre los sucesos cumplidos en el centro de la ciudad: el doctor Enrique Acero Pímentel, secretario de una de las comisiones de la dirección liberal; don José Moreno, el estudiante Parra, ya citado arriba, y otro estudiante de la Universidad Nacional llamado Hugo Molina.

Yo les manifesté que estaba resuelto a permanecer en mi casa y a defenderla, pues recordaba muy bien que, cuando los sucesos del 9 de abril, algunas personas que defendieron ellas mismas sus casas y almacenes hebían logrado salvarlos. Gentilmente se brindaron para acompañarme y quedarse conmigo. Procedimos a echarle candado a la verja occidental del antejardín; la verja oriental estaba únicamente sujeta con un alambre. Apenas habíamos tenido tiempo de tomar esa medida, cuando sentimos que en la esquina de la carrera séptima algunas gentes bajaban de dos vehículos y venían gritando hacia mi casa. Cerramos el portón interior y subimos a la mansarda, que juzgamos el sitio más protegido, pues los pisos primero y segundo tienen muchas ventanas. Apenas habíamos alcanzado a asomarnos a la mansarda, cuando vimos que un grupo, como de 50 personas, se detenía en frente de mi casa y preguntaba a gritos cuál era la casa de Lleras. El policia que hacia allí la vigilancía les dio la indicación. Entonces se arrojaron contra la verja más oriental, es decir, la que estaba sujeta con alambre, y comenzaron a tratar de abrirla, mientras algunos encendían objetos que llevaban en las manos.

Aclaro que uno de mis compañeros estaba armado de revólver y que yo tenía tres revólveres, uno de los cuales conservé para mí, entregando los otros dos a José Moreno y al estudiante Perra. Cuando vi que estaban forzando la verja, abrí fuego con el objeto de intimidar a los asaltantes, y mis compañeros me imitaron, El grupo se disolvió dando gritos de “cuidado que hay gente”; pero inmediatamente después, en número más reducido, esos individuos volvieron a acercarse y mientras algunos arrojaban gasolina sobre la cerca de pinos colindante entre mi casa y la casa de la familia Andrade Mejía, habitada por el Dr. Ignacio Mesa Salazar, otros parapetaban detrás de la cerca frontera del antejardín de mi casa y abrían fuego de revólver contra nosotros. Nuestra situación se hizo más delicada porque la llama de los pinos iluminaba la fachada y nos hacía fácil blanco de los asaltantes.

Esta situación se prolongó por algún tiempo, sin que los asaltantes se atrevieran a saltar la verja, pues nosotros disparábamos cada vez que veíamos un intento de hacerlo. Yo bajé al piso inferior para tratar de conectar una manguera con la llave de agua del jardín, a efecto de poder echar agua en la sala si las llamas de los pinos llegaban hasta ella. Llamé a los bomberos, y contesté una llamada telefónica del Dr, José Joaquín Castro Martínez, a quien le informé lo que estaba sucediendo y le pedí que solicitara auxilio de las autoridades, cosa que él hizo, según me informó después.

No había transcurrido sino muy corto tiempo después de que comenzó el asalto, cuando llegó la Policía. Después me ha contado el Dr. Ignacio Mesa Salazar que él llamó a la Policía en solicitud de auxilio, apenas llegaron los asaltantes, y que se despachó inmediatamente un pelotón. Me dice el Dr. Ignacio Mesa que ese pelotón llegó a más tardar un cuarto de hora después de comenzado el asalto, que se trataba de más de 30 agentes y que inmediatamente quedaron en capacidad de controlar la calle. Lo cierto es que la Policía, en lugar de protegernos, abrió fuego contra nosotros, pues pudimos sentir claramente las balas de fusil, y el Dr. Mesa Salazar me informa que en uno de los salones de su casa hay dos grandes impactos ocasionados muy seguramente por balas de Mauser. Yo di orden a mis compañeros de que no dispararan contra la Policía, aun cuando ésta nos estaba atacando, pues yo estaba seguro de que si llegábamos a herir a un solo agente seríamos inmisericordemente exterminados.

El fuego de los pinos se extinguió muy pronto. El Dr. Mesa Salazar me ha relatado después que él salió de su casa y se identificó como conservador, y que entonces los mismos asaltantes fueron por un extinguidor a la bomba de gasolina cercana y apagaron el fuego de los pinos de la cerca frontera de su casa, mientras él mismo, con una manguera, apagaba desde el jardín la llama de los pinos de la cerca divisoria entre su casa y la mía. De manera que este primer intento de incendio que hicieron los asaltantes no tuvo resultado alguno y cuando la Policía controlaba ya completamente la calle, la casa estaba perfectamente intacta.

Después de las nueve y media, y aclaro que el asalto comenzó entre las ocho y cuarto y las ocho y media, según mi recuerdo, oíamos claramente que en la calle se hablaba de tirar una bomba. Don José Moreno, quien ocupaba una de las ventanas, vio que un policía se adelantaba y lo oyó gritar “tiren la bomba” y que otro, con el fusil a la bandolera, arrojó un objeto contra la casa. Esta afirmación nos la hizo Moreno inmediatamente después de que sentimos el estallido y en presencia de mis compañeros. Entonces resolví que deberíamos abandonar la casa, puesto que era claro que la misma Policía nos estala atacando y que nosotros no podíamos entrar en combate con ella. Bajamos al piso segundo y por una pequeña ventana de la habitación de mi hijo menor salimos a un tejado del patio interior, pasamos a la pared medinaera con la casa del Sr. Ernesto S. de Santamarla y de ahí al tejado de esta última casa.

Las señoritas Manrique Santamaría, que habitan con su tío don Ernesto, se asomaron a una ventana interior con el Dr. Alberto Montezuma, quien al oír los disparos había acudido a mi casa y, no habiéndole sido posible entrar habla entrado a la casa de Santamaria, y nosotros les hicimos señas de que nos alcanzaran una escalera pues la pared era bastánte alta. As pudimos pasar a la casa vecina donde permanecimos hasta poco después de las cinco de la mañana y desde allí tuvimos ocasión de seguir el curso de los acontecimientos, ya al través de las ventanas interiores que dan al patio de mi propia casa, ya desde las ventanas fronteras.

Por un rato bastante largo no sucedió nada. Asomándonos a las ventanas fronteras pudimos ver que la Polícia había establecido dos cordones arriba y abajo de la casa y no dejaba pasar a nadie; llegó un carro del cual se bajaron dos personas que conversaron con la Policía, Comenzamos a pensar que la casa se había salvado a pesar de todo, pero de repente el Dr. Acero me avisó que estaban entrando al antejardín unas personas que no alcanzó a distinguir bien. Inmediatamente después oímos fuertes golpes en el portón de mi casa y gritos de “abran”, e inmediatamente sentimos fuerte ruido de cristales, sin duda los de los ventanales de mi escritorio. Por allí se debió arrojar la primera gasolina, porque poco después comenzó a salir una gran nube de humo por la chimenea correspondiente a ese cuarto. Sentimos también que penetraban en la casa y aun nos fue dable distinguir por las ventanas interiores sombras de personas en el segundo piso. Debieron encender una gran hoguera en el hall central, porque las llamas se divisaban al través de las ventanas del comedor que da al callejón de la entrada del automóvil que linda con la casa de Santamaría. Desesperadamente se llamó a los bomberos. Después de muchas llamadas, una de las señoritas Manrique Santamería habló de nuevo con la estación de bomberos y le dijeron:

“Ya hemos ído allá pero no nos dejan pasar”.

“¿Cómo es posible que no los dejen pasar si las únicas personas que están en la calle son los agentes de policía?”

“Pues no podemos pasar, y no tenemos por qué darle explicaciones”, fue la respuesta.

En determinado momento vimos que de un carro se bajaba un individuo que llevaba en la mano algo que a a mí me pareció un extinguidor; habló con la Policía y se dirigió a la casa. El Dr. Acero se sorprendió al ver que aumentaba la violencia de las llamas. Esos miserables, me dijo, están arrojando más gasolina (ilegible) mente. El señor Absalón Rangel, mi chofer, quien seguía los acontecimientos desde la casa de en frente, me ha relatado que tuvo la misma impresión.

El señor Alejandro Samper Gómez y otras personas me relatan que los agentes pedían órdenes a una persona a quien designaban como teniente o capitán Novoa, y que éste ordenó personalmente que trajeran gasolina de la bomba cercana y que los agentes llevaron la gasolina a la casa. El dueño de la bomba es un señor de apellido Bradford, sí no estoy equivocado, y podrá también certificar sobre el particular. Al final de esta declaración doy una lista de personas que me han informado, o de quienes he sabido que pueden declarar sobre los acontecimientos.

Por fin, alrededor de las once de la noche, llegaron los bomberos, ante las insistentes llamadas de los vecinos que temían que el incendio se comunicara a sus casas. No sé sí fue en esta primera venida o cuando el incendio de las cuatro de la madrugada que uno de los señores Andrade Mejía, después de haber llamado a los bomberos en vano muchas veces, fue personalmente a traerlos, según me ha relatado el Dr. Ignacio Mesa Salazar. Primero víno una sola máquina, echó un poco de agua y se fue declarando que se le había acabado. Después volvieron y con una labor más activa extinguieron las llamas.

Se me ha informado que también estuvo en el sitio de los acontecimientos un ofícial de policía de apellido Barberi Zamorano y que el alcalde de la ciudad, Manuel Briceño Pardo, estuvo también allí varias veces.

Debe anotarse que el Ejército concurrió por cierto tiempo al sitio de los acontecimientos. El Dr. Mesa Salazar declara que un comandante increpó fuertemente a la Policía su proceder. Pero después se ignora por qué causa, la Policía si (ilegible) tó al Dr. Mesa Salazar que personalmente sacó de la casa a varios policías que estaban saqueando. En efecto, cuando se apagó el incendio, la Policía siguió posesionada de la casa. Desde la residencia vecina pudimos escuchar toda la noche cómo se embriagaban, disparaban tiros de fusil, rompían todas las cosas, abrían a culata los muebles y saqueaban.

Durante más de tres horas no salió ya humo de la casa y creímos que por lo menos se habría ya salvado su estructura. Pero después de las cuatro de la mañana le volvieron a prender fuego, de manera súbita. Sin duda regaron gasolina en la mansarda, que hasta ese momento se encontraba intacta, porque las llamas aparecieron súbitamente, con gran violencia, saliendo al través de las ventanas que daban del lado de la casa donde nos encontrábamos. Se llamó desesperadamente a los bomberos por la familia Manrique Santamaría, que estaba muy preocupada, y concurrieron como una hora después, cuando ya el incendio había cobrado una fuerza espantosa. Es de anotar que cuando estalló este último incendio, ya no había ni siquiera pequeños grupos de personas en los alrededores de la casa y éste había quedado desde mucho antes, como ya se explicó, bajo el control de la Policia.

Debo dejar constancia de que a muy pocas cuadras de mi casa existe un puesto de bomberos.

A continuación doy una lista de personas que me han relatado directamente que vieron los sucesos o una parte de ellos o de quienes he sabido indirectamente que también los presenciaron:

Quienes me acompañaban esa noche en mi casa:

Dr. Enrique Acero Pimentel, don José Moreno, el estudiante de la Universidad Libre Nestor Hernando Parra Escobar y el estudiante de la Universidad Nacional Hugo Molina.

Don Ernesto S. de Santamaría y las señoritas Manrique Santamaría, habitantes de la casa vecina, y el Dr. Alberto Montezuma, quien se encontraba también allí.

El Dr, Ignacio Mesa salazar, vecino de mi casa, que habita la casa de la familia Andrade Mejía,

El señor don Cesáreo Pardo y su hijo, señor Pardo Torres, y el señor Miguel Calderón y su familia, que habitan las dos casas de en frente y que sin duda pudieron darse cuenta de los acontecimientos.

El señor Absalón Rangel, quien se había refugiado en la casa del señor Miguel Calderón.

El Dr, Eduardo Esguerra Serrano y el reverendo padre Franco, quienes llegaron, enviados por el excelentísimo señor arzobispo.

Los otros habitantes de las casas de la cuadra.

Otras personas que concurrieron a la calle a distintas horas: Alejandro Samper Gómez, Roberto Patiño Samper, Arturo Maldonado Ortiz, Arturo Arango Olarte, Alfonso Caro, Fernando Posada Uribe, Dr. Santiago Salazar Santos y su señora, señor Alberto Walker y su señora, don Jorge Camacho Reyes, don Ignacio Gómez Jaramillo, don Alvaro Andrade Mejía, don Alberto Vargas Martínez, don Joaquín Casas Fajardo, don Nicolás Rocha, Dr. Antonio Muñoz, Dr. Miguel Torres Arroyo, don Bernardo Zuleta Torres, don Hernando Villa S., don Julio Villaveces, don Fernando Quintanas. El señor Bradford, propietario de la bomba, y su ayudante.

Se me ha relatado después que fuerzas de Policía estaban emboscadas en los solares que dan a la parte trasera de la casa y que penetraron buscándome a las casas de los señores Ignacio Gómez Jaramillo y de la familia Gómez Vargas. Por todos los detalles que se me dan, tengo el más firme convencimiento de que se trataba de asesinarme tan pronto como tratara de escapar de la casa y que únicamente me salvó el hecho de que el tejado interior al cual salí está tapado por la parte de afuera por el cuerpo de edificación del garaje y por la parte de atrás por el cuerpo de edificación del baño del servicio.

Alrededor de las cinco de la mañana, una de las señoritas Manrique Santamaría me vino a relatar que un policia había entrado al antejardín de la casa en que nos encontrábamos y que le ha dicho a los demás: “Si me dan una orden escrita, me les entro”. Comprendimos por esto que nos hallábamos en grave riesgo, tanto más cuando nos dábamos cuenta de que se habían embriagado con los vinos y licores que hallaron dentro de mi casa, a juzgar por los gritos, tiros, etc. que habíamos escuchado.

Entonces resolvimos pasar a la Embájada de México, cuya casa colinda por la parte occidental con la del señor Santamaría. Tomando cuidado de escoger el momento en que la Policía no estuviera mirando para el lado de la casa, atravesamos la carrera el callejón de entrada al garaje y saltamos la tapia de la Embajada. Al otro lado, permanecimos algunos minutos pegados a la tapia, mientras unos señores que se encontraban en un cuarto bajo de la Embajada y que nos habían visto por una ventana, abrían el candado que la cerraba para darnos entrada por allí.

Este es el relato fiel de lo que a mí me consta. Quiero destacar especialmente las siguientes circunstancias:

1. Mi casa está situada en la calle 70 A y, Número 7-37, a varios kilómetros del sitio donde tuvieron lugar los primeros disturbios.

2. Fue un hecho público que los promotores de los dist (Ilegible)

3. Los asaltantes, después de quemar la casa del Dr. Alfonso López, tomaron dos vehículos para dirigirse a mi residencia. Se me informa que esos vehículos los tomaron frente a San Diego.

4. El ataque a mi residencia comenzó después de las (ilegible) de la noche, es decir, seis horas después de los primeros asaltos en el centro de la ciudad.

5. Los asaltantes componían un grupo pequeño de personas, no mayor de 50. Yo estoy seguro de que hubiera podido repelerlos, a juzgar por el efecto que produjeron los primeros disparos que hicimos para intimidarlos. Mi intención era resistir hasta que llegaran las autoridades y efectivamente la Policía llegó cuando los asaltantes no habían podido siquiera penetrar el antejardín ni habían podido incendiar la casa.

6. Los bomberos, en todas las ocasiones, se demoraron extraordinariamente en llegar.

7. Yo y mis compañeros no contábamos con más armas que cuatro revólveres y unos sesenta cartuchos.

Los días lunes y martes de la siguiente semana, o sea los días 8 y 9 de septiembre, inspeccioné personalmente las ruinas de mi residencia. Encontré que ésta estaba gravísimamente afectada por el fuego, hasta el punto de que toda la parte central está destruida. Me dí cuenta de que el fuego fue especialmente violento en el salón de mi escritorio y en el hall central, donde debieron prender hogueras muy fuertes, a juzgar por el estado en que esas piezas quedaron. Trajeron desde otras habitaciones objetos para arrojarlos a las hogueras, pues no de otra manera se explica el que encontraran en esas habitaciones rastros de muebles y enseres que se hallaban en otras partes de la casa. La mansarda que constituía todo el tercer piso fue integramente quemada en el incendio de las cuatro de la madrugada y se desplomó totalmente, junto con el piso. Los que penetraron a la casa rompieron las puertas de muchos muebles para robar los objetos que se encontraban adentro y lo mismo hicieron con los clósets. Muchas cosas desaparecieron, otras fueron totalmente destrozadas, fuera de las que se quemaron, y lo que no se llevaron lo arrojaron al suelo, donde después sufrió los efectos del agua arrojada para apagar el fuego. La totalidad de mi biblioteca, de cerca de 7.000 volúmenes, fue destruida y se perdió la casi totalidad de los muebles y enseres, objetos de sobremesa, etc.

Calculado el valor de las pérdidas en cifras muy modestas, estimo que los daños causados a la edificación valen aproximadamente CIENTO CINCUENTA MIL PESOS ($150,000.=); que en muebles, ropas y enseres se perdieron un poco más de CIENTO CINCUENTA MIL PESOS ($150.000=) y que la pérdida de la biblioteca vale más de NOVENTA MIL PESOS ($90.000,=).

Fue destruído igualmente todo mi archivo profesional, político y personal.

Expresamente ratifico, bajo la gravedad del juramento, los cargos que de esta declaración se desprendan para terceras personas.

Señor Juez,

CARLOS LLERAS RESTREPO”

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