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Las formas de Dios (Cuentos de sábado en la tarde)

Nací monstruo, crecí con temor a los espejos y con temor a Dios. De ahí que desde pequeña sintiera un llamado especial desde el cielo. Quise primero ser monja, pero entonces esta apariencia con hábito resultaba impresionante para cualquiera. Para algunos fui demonio, para otros, ángel.

Luz Martínez

17 de julio de 2021 - 01:59 p. m.
“¿Has amado alguna vez?”, me preguntó esa noche. Quedé muda y con la cabeza respondí que no. Se acercó, yo me tapé la cara con las manos. “Qué bien hueles”, me dijo. “Me encanta tu aroma”. Noté que cerró los ojos, cambió la respiración y me besó. Yo caí rendida a semejante cariño. Al día siguiente, su hija abrió la puerta de la habitación y nos vio desnudos.
Foto: GettyImages
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Como andariega no pasé desapercibida. A donde llegaba, impactaba. No solo por mi anormal estatura, mis largas piernas y mis enormes ojos asimétricos, uno más alto que otro. Pero por más fea, siempre procuré oler bien. Gastar en fragancias, aceites y esencias que mezclaba en aguas y lociones hidratantes, era mi único capricho. Eso me hacía sentir bien, y obvio, menos horrenda.

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En algunos lugares me lastimaron, me golpearon y me cerraron la puerta, pero también me siguieron para tocarme. El ciego vio, el sordo escuchó.

Lo supe hasta el día que llegué a la última comuna de aquella ciudad plagada de hombres con revólver en el cinto y mujeres que renuncian a sus hijos. Los que me tiraron por el barro, se empeñaron en buscarme y unos hasta se arrodillaron ante mí y me ofrecieron fajos de billetes.

Al principio no entendí cómo sucedió todo, pero al parecer, me explicó doña Rosa, que aquel que me diera buen trato y se atreviera a tocarme, o a darme una caricia, podía curarse. Ella dejó de toser, y así se despidió de cientos de noches infernales. Según Rosa, el buen trato, debía ser genuino, por eso en aquel lugar, solo fueron ella, el ciego Tomás y la sorda tía Lulú (así la llamaban en el comedor comunitario) quienes consiguieron el milagro.

Mantener en secreto una noticia semejante fue difícil. Muchos se enteraron y tuve que escapar o camuflarme. La Lulú y el Tomás ayudaron y me sacaron en medio de un viaje que uno de los comerciantes haría en su camión repleto de verduras. Le pagaron una buena suma a Jeremías y le dijeron que yo era una santa, que tuviera fe porque el camino iba a estar despejado por Dios. Jeremías era un hombre bueno e incrédulo de todo. A él solo le importaba hacer plata. Con tal de que todos sus negocios salieran bien, lo demás eran meros cuentos de ignorantes. Y obvio, quién iba a procesar que alguien como yo fuera una enviada del cielo. Por el viaje le pagaron muy bien y él hizo su trabajo. Ya está.

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De ese helada y fría comuna terminé en un pueblo donde el calor hace alucinar.

El plan dictaba que Jeremías y yo estacionáramos en un motel, de esos con aviso de luz parpadeante, y que allí pasáramos un tiempo prudente.

La vergüenza no le dio a Jeremías las fuerzas para quedarse más horas conmigo y aparentar que habíamos entrado para tener una tarde de amor prohibido. Se percató de que nos miraban de forma extraña y eso le molestó muchísimo. Por más que quisiera haber dicho que yo no era nada suyo, tuvo que contenerse. Eso sí, envió el mensaje de otra manera, porque ante todo dizque su ‘dignidad’. Salió muy pronto del motel y me dejó ahí, sin decirme adiós. Quien sabe qué dijo, pero el aparentar que no había pasado nada, era prioritario para él.

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Tan pronto salí de allí, volví a ser un show público. Todos me miraban, o con asco o con pesar. Los más piadosos me daban trabajo y así terminé haciendo domicilios en bicicleta.

Pronto la gente se acostumbró a mi presencia y yo también me acomodé a uno que otro insulto o burla. La verdad no me importaba. Tuve unos buenos años así, hasta que de nuevo un ser de aquel pueblo se encariñó de a deveras conmigo. Fue Milton, un viudo que debía lidiar con Carlota, su hija paralítica, una niña de 13 años, que además sufría de histerias. Yo siempre les llevaba lo que solicitaban de la farmacia.

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Pero un buen día, el señor Milton me dejó la puerta abierta para que yo entrara y le dejara el paquete. Desde la entrada escuchaba gritar a la niña. Parecía poseída, decía que se quería matar. Milton oyó cuando llegué y me pidió que lo ayudara a sostener a la muchacha, porque estaba dándose golpes en la frente, con tal fuerza, que le estaba quedando grande impedírselo. Acudí a su llamado y tan pronto Carlota clavó su mirada en mis asimétricos ojos, paró de gritar. Repasó cada uno de mis rasgos, sin ningún asomo de impresión o emoción. Desde entonces, Milton me hacía seguir a su casa y siempre sucedía lo mismo: la histeria de Carlota desaparecía.

Para agradecerme, me insistía en que me quedara a comer. Un par de veces así lo hice. Hablábamos de todo y de nada. Con el tiempo nos habituamos a las voces y a la presencia de cada uno. Le conté por las que había pasado y de los duros trabajos que tuve, hasta haber sido uno de los shows de un circo denigrante. Milton me prestaba atención y era amable.

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“¿Has amado alguna vez?”, me preguntó esa noche. Quedé muda y con la cabeza respondí que no. Se acercó, yo me tapé la cara con las manos. “Qué bien hueles”, me dijo. “Me encanta tu aroma”. Noté que cerró los ojos, cambió la respiración y me besó. Yo caí rendida a semejante cariño. Al día siguiente, su hija abrió la puerta de la habitación y nos vio desnudos. Carlota estaba de pie.

Por Luz Martínez

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