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Las pérdidas insensibles

Un relato corto en primera persona para cerrar el fin de semana.

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Catalina Vargas-Acevedo
05 de julio de 2021 - 12:29 a. m.
Relato corto en primera persona.
Relato corto en primera persona.
Foto: Piyapong Saydaung en Pixabay
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En medicina le llamamos pérdidas insensibles a aquella fuga de líquido que no podemos cuantificar. Lo que perdemos por la piel, en el sudor, con cada respiración e incluso lo que alcanzamos a perder con cada lágrima. Son pérdidas, quizás, que no notamos, pero que en situaciones de vulnerabilidad son capaces de hacernos cruzar esa delgada línea entre la vida y la muerte. En un recién nacido, en una niña o un niño enfermo, en un anciano acercándose a verle los ojos a la muerte, las pérdidas insensibles pueden ser esas que determinan el punto final en el latir conjunto.

Pero hay otras pérdidas que son capaces de romper el alma: las pérdidas fetales. Son pérdidas que no reconocemos, que normalizamos, pues todas respiramos, todas sudamos, todas perdemos. Pérdidas pequeñas, gota a gota, que pasan el umbral de lo invisible a la significancia, al valor, al peso, con una meticulosidad única de la soledad. La soledad sin remedio como la de un cuarto vacío, la soledad sin suplicio en el desvestir de una sinfonía, la soledad en la pérdida sin razón ni capacidad de comprensión. Son pérdidas, sin embargo, insensibles al no ser reconocidas. Son pérdidas ciegas al no ser discutidas. Son pérdidas solas, terriblemente solas, en una soledad propia de lo invisible. Son pequeñas, son insignificantes, son normales, son esperadas, pero son pérdidas. Son pérdidas que duelen, que se pierden. Son pérdidas penosas, consumidas en la vergüenza de la sociedad. Son vulnerables. Pero un alma rota con un hueco, por pequeño que haya sido, es, sin duda, suficiente para perpetuar esa fuga insensible hacia el destierro. Son muchas, y son pocas, son pérdidas y en el silencio perpetuamos su soledad.

Por Catalina Vargas-Acevedo

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