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¿Cómo empezó a interesarse por los temas de liderazgo y la resolución de conflictos?
En mi país de origen, Italia, a comienzos de los años noventa se vivía una crisis muy profunda, muy similar a la que ha atravesado Colombia, marcada especialmente por el auge de la mafia siciliana. En ese contexto surgió un líder disruptivo y visionario: Leoluca Orlando, el alcalde antimafia de Palermo. Su ejemplo me inspiró profundamente y me permitió comprender el valor del liderazgo para impulsar un cambio sistémico y una transformación cultural de actitudes.
Usted ha acompañado procesos de negociación de paz con el ELN en Colombia. ¿Cuáles fueron las principales dificultades de abordar ese trabajo en un contexto como este?
Participé específicamente en procesos con el ELN entre 2005 y 2008, durante el gobierno de Álvaro Uribe. El principal desafío para mí, como extranjero, fue comprender un contexto muy complejo. También fue clave entender que los comportamientos, tanto de las organizaciones al margen de la ley como del propio gobierno y de la sociedad, eran el resultado de historias, heridas y narrativas que se habían perpetuado en el tiempo. En ese sentido, comprendí que la paz no iba a llegar simplemente mediante la firma de un cese al fuego, un proceso o un acuerdo de paz, ni a través de un cambio en el equilibrio de poderes, sino a partir de una transformación cultural profunda.
Ante los momentos críticos que ha atravesado en su trayectoria, ¿cómo ha logrado gestionarlos tanto a nivel personal como profesional?
Sin duda, ha habido grandes momentos de presión y de miedo. Incluso atravesé un periodo en el que estuve bajo amenazas de muerte. Estos fueron momentos difíciles que también me llevaron a cuestionarme profundamente. Sin embargo, he encontrado la manera de mantener la calma, la serenidad y la lucidez. En algunos casos, también de sostener cierta valentía aferrándome a mi propósito, al para qué y al por qué de lo que estaba haciendo. Eso ha sido lo que, especialmente en los momentos de mayor dificultad y crisis, siempre me ha guiado.
¿Cómo definiría ese propósito?
Desde niño, el propósito que más me ha movido en la vida ha sido la posibilidad, o si se quiere la utopía, de contribuir a la creación de un mundo más unido. Esto implica reconocer los conflictos, las diversidades que chocan y las identidades que no logran convivir juntas no como un problema que deba resolverse, sino más bien como una oportunidad para trascender una realidad existente. Esa mirada siempre ha despertado en mí una gran curiosidad, porque la mayoría de las veces no existen soluciones evidentes, claras o sencillas, sino que se trata de una exploración, de un camino.
Hablemos de su llegada a Colombia, ¿qué oportunidades o retos ha encontrado para adaptar este propósito en un contexto distinto?
Viajé a Colombia por primera vez en 2001. La oportunidad surgió a partir de una invitación de una universidad de Medellín para realizar un taller de resolución de conflictos. En esos años el contexto aún era muy complejo y trabajamos durante varios días con líderes sociales. Me impactaron profundamente la valentía, la creatividad y la esperanza de estas personas, a pesar de enfrentar situaciones extremadamente difíciles. En ese proceso reconocí varios de los patrones que ya había observado en mi propio país, especialmente en Sicilia. Ese reconocimiento fue lo que dio inicio a una relación con Colombia que ya cumple 25 años.
Desde su rol como docente, ¿cuáles cree que son las competencias esenciales que se le deben impartir a un buen líder?
Pienso que esto hoy está cambiando con respecto a cuando yo inicié mi trayectoria profesional. Estábamos en otro mundo, en el que el énfasis estaba puesto en la inteligencia emocional, en un contexto que se abría, tras la caída del Muro de Berlín, hacia una mayor interdependencia. Hoy vivimos en un mundo muy disruptivo y generador de mucha inseguridad y ansiedad.
Frente a este escenario, considero que un líder debe desarrollar la contemplación. Se trata de una práctica antigua en gran medida olvidada, que remite a los padres y madres del desierto, y que nos ayuda a despertar otra cualidad esencial: la intuición. Me gusta pensarla y nombrarla como “inteligencia espiritual”. Vivimos rodeados de ruido, y un buen líder necesita tener la habilidad de retirarse de ese ruido cuando es necesario, hacer silencio y conectarse con una fuente de intuición que le permita navegar la complejidad del presente.
Usted fue reconocido recientemente en el listado de Global Gurus como uno de los principales referentes mundiales en liderazgo. ¿Qué significó esto para usted?
Sin duda, encabezar este listado junto a Simon Sinek es una fuente de gran satisfacción y de profunda gratitud. Al mismo tiempo, lo vivo como un llamado a actuar con la mayor coherencia posible frente a los temas que promuevo, a servir más y a acompañar con mayor compromiso. Siento que este reconocimiento no es tanto por algo que yo haga o por la manera en que lo hago, sino el resultado de un camino que recorro, al final, de la mano, hombro a hombro, con los líderes alrededor del mundo a quienes acompaño. Me gusta pensar en mis clientes no como clientes sino como mentores, porque aprendo enormemente de ellos.
¿Qué recomendaciones le daría a los líderes del futuro?
Les recomendaría profundizar en el autoconocimiento. No limitarse únicamente a observar la realidad externa, sino atender a la realidad que habita en su interior. Es fundamental pensar en el desarrollo del propio ser, porque al final lo que hacemos, el impacto que generamos y las acciones que tomamos son un reflejo directo de quiénes somos. Por eso esa es, en última instancia, la pregunta más importante y la exploración más valiosa: comenzar por un proceso de autoconocimiento honesto y auténtico.