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“No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido”
Joan Manuel Serrat
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Medellín, 15 de enero de 2019
Querido Julián, hoy te hablaré de Lucía, a quien conocí en la universidad. A diferencia nuestra, ella creció sin saber quiénes diantres eran Aureliano Buendía, Mario Conde, Arturo Belano, Miguel Páramo y William Wilson. No le interesaban ni los nombres de los escritores ni sus libros ni si habían inventado personajes ni los objetos líricos de un poema. Ella solo quería imponerse ante el resto de las personas por su belleza física, más que por su conocimiento.
La primera clase universitaria que tuvimos juntos, fue la misma mañana que recibí tu llamada por teléfono, en que me avisabas que toda nuestra familia había sido asesinada en la finca de Concordia y que te habías salvado, porque temprano habías ido hasta Caicedo a buscar unas semillas de café, lo escribo con lágrimas, porque ese día tuve el contraste, de segundos antes haber visto un poema hecho mujer, de esos que leía en las viejas antologías de literatura latinoamericana que traía mi abuelo en vacaciones y el del dolor que aún no me repongo: el desmembramiento de nuestros padres, los disparos a nuestros abuelos, como si fueran criminales a manos de unos contrabandistas de gasolina que nos quitaron todo, para posar como empresarios del campo antioqueño. Desde aquel martes 13, mi vida es un huracán que devastó para siempre la calidez del sol, pero eso no quiero recordarlo. Ahora me interesa contarte de ella.
Te preguntarás ¿De qué me enamoré o qué me asombró? No lo sé, tal vez el misterio de poder conocerla y de no obtener ese placer. Pienso que todo está ligado a su nombre y a la relación con la música y no aludo a la trova antioqueña de los campesinos, que desde niños nuestro abuelo nos ponía en la finca o la de los trovadores cubanos, no. Me refiero a “Lucía”, la canción de Joan Manuel Serrat, esa que dice que “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido”, que entre otras cosas no tendré por si acaso, porque ella tiene otros gustos, como el reggaetón, por ejemplo. Además, se enorgullece de su arrogancia, detesta a los becados, lo cual evidencia cuan distantes somos y que podemos estar al lado en un mismo avión durante un viaje a Europa que ni su voz escucharía hablándome.
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Lucía es la fiel muestra que, en todo el orbe, existen seres humanos que viven en una burbuja. Esos que piensan que todas las familias tienen Smart TV de 80 pulgadas en sus casas, mueblería fina, almohadones de plumas en sus alcobas o celulares de última tecnología, pero la vida es tan cruenta que en algunos lugares el desayuno, el almuerzo o la cena -depende la hora que se consuma- se convierte en la única bendición alimenticia del día y eso me pasa a mi como becado de comunicación social en la universidad más costosa de la ciudad y también le puede pasar a aquel que viva en los barrios San Javier o en La Pradera de Medellín, que en su casa vivan cinco personas y solo trabaje una, sumado a que pagan arriendo, porque la vida no es dolorosa, sino una tragedia como un alud de tierra que nos impide transitar en una vía que construyeron a medias. Más aún, cuando lo que forjaron tus padres durante años, te lo despojo la oscura envidia humana.
Tal vez no me lo creas, pero ella es inteligente, brillante, versátil y talentosa. También grosera y despreciable, porque hasta para ser mala gente, se requiere creatividad. Eso la hace impredecible de blancos y negros, nunca grises y quizá por eso, eligió la comunicación social, porque para denigrar o elogiar al mismo tiempo sin sonrojarse, es imprescindible no tener pudor y ella tranquilamente por dinero se atrevería a hacerlo, de eso no tengo duda alguna. No sé cómo me gusta tanto, será porque es todo lo negativo que nunca seré como persona, en realidad no lo sé.
Hermano, no sé si alguna vez lo pensaste, pero el amor sin correspondencia es una desdicha que voluntariamente aceptamos padecer y yo desde el primer día que la vi, asumí que Lucía no hacía parte de mi destino ni nunca lo sería. Es más, Julián a ti que te escribo esta carta puedes dejar de leerla, porque como verás fracasé en el intento como siempre y quizá estabas esperando que te enviara un audio por WhatsApp, porque de pronto te daba flojera leerme. Sin embargo, bien sabes que como dijo Hernán Casciari, cuando se envía un audio en WhatsApp hay un cuento menos y yo quiero contarte esta historia vivida el semestre anterior, porque la próxima semana ingresaré al último semestre y quizá ya no pueda verla.
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Sierra Nevada de Santa Marta, 19 de febrero de 2019
Parce, te escribo desde algún lugar de la Sierra Nevada, como lo señala el inicio de esta respuesta a la carta que me enviaste hace un mes, acá estoy sembrando café junto a unos arhuacos y esto me recuerda nuestro pasado en Concordia y cuando recorríamos los municipios de Antioquía o cuando llevábamos la mercancía cafetera hasta Guatapé y Marinilla para ganar unos pesos de más, a pesar que los viajes eran extensos y a veces el frío de Marinilla me calaba los huesos, aunque el clima acá es muy parecido. Por eso, me siento lleno de nostalgia, porque extraño a nuestra Concordia, pero allá de nosotros no quedó nada absolutamente.
Calvo, vos sabés que soy muy reservado con mis cosas y no quise mortificarte con la verdadera historia de nuestra infelicidad familiar. Sabés, te pido perdón por no contártelo antes, pero yo perdí el ojo izquierdo, porque intenté huir de los contrabandistas que asesinaron a nuestra familia y residuos de una de las balas me cayó allí y por falta de dinero, en la clínica no pudieron extraerme nada, sumado a que ni recuerdo cómo llegué a ese hospital, así que perdí la visibilidad en esa parte y bueno, los campesinos somos así: sembramos unas semillas para la alimentación de la sociedad, para que la injusticia de la vida ni siquiera nos permita dar sepultura a nuestros muertos.
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Cuando llegué a Santa Marta en noviembre, conocí a unos indígenas artesanos que me ofrecieron trabajar para ellos en la siembra de café, en principio a cambio de estadía. Lo curioso es que, no me llaman por mi nombre, me apodan “el pirata paisa”. Y así como vos me contaste de lo que sientes por Lucía, yo te contaré las razones de lo acaecido con nuestra familia y porqué nada volvió a ser como antes, bien sabes que como dice la canción de Serrat “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo perdí”. Y vaya que nosotros perdimos toda esperanza, como diría Dante.
Luego de que te fueras a vivir a Medellín con la implicancia que tiene de transportarte todos los días en metrocable, para luego tomar el metro y cruzar la ciudad completa, hasta llegar a la universidad donde estudias como becario por un programa gubernamental en apoyo al campesinado, nuestros padres quedaron un poco nostálgicos y con deseos de vender la tierrita, para acompañarte en la gran ciudad. La demora fue que pusieran el aviso, para que llegaran propios y extraños preguntando por el coste. Sin embargo, los contrabandistas nunca pensaron en comprar, sino en robar. Un señor de apellido González, ofreció quinientos millones de pesos por un sector de la finca, pero el viejo nuestro tan testarudo como siempre, no aceptó. Otro de nombre Roberto Castañeda, si mal no recuerdo, ofreció mil millones de pesos por el cincuenta por ciento de la finca y mi padre no quiso tampoco, quería venderlo todo y esa fue la punta del iceberg de todo lo que sobrevino después.
Tal vez te preguntarás, cuáles fueron las consecuencias de no vender por partes las tierras y es que el señor González y el otro Castañeda no eran más que testaferros de los contrabandistas. Es más, el señor Castañeda siempre llegaba acompañado de su hija Lucía, quien se presentaba como estudiante de comunicación social de una universidad prestigiosa, sé que es mucha casualidad, pero la coincidencia es poética y esa chica era tan pedante como vos describís a la Lucía que te gusta, que no dudo que sean la misma persona y si, vos no especificaste el apellido de ella, pero esta Lucía quería imponerse ante todos y su mentalidad era clasista, pero también inteligente y versátil y hasta criminal.
A ella no le apetecía leer clásicos literarios ni a su padre le interesaba cultivar granos de café o exportar el producto final y enriquecer el prestigio cafetero de nuestro país, no, a ambos solo les importaba legalizar el dinero, producto de esa gasolina que traían de Venezuela y que pasaban ilegalmente por Cúcuta, para venderla más barata y así acrecentar su fortuna, lavándole los activos a asesinos y evasores de impuestos. Claro, esa misma gasolina con la que prendieron fuego al auto de nuestro padre por no venderles la finca por lo que ellos ofrecían, para que después de llegado el martes 13 fatal, asesinarlos a todos y demostrarnos que no hay nada más bello que lo que nunca habían tenido, para quitarnos a quienes lo forjamos y nada más amado que lo que nosotros perdimos. Calvo, lamento decirte que: fracasaste en el amor, porque te enamoraste de la asesina intelectual de nuestra familia.
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