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22 Jan 2022 - 10:00 p. m.

Nietzsche: el Estado no surgió de ningún contrato social

La filosofía política moderna creó la teoría del contrato social para describir el paso desde un presunto “estado de Naturaleza” al “estado civil”. Nietzsche, en el siglo XIX, calificó a esta idea como una fantasía (idea sin ningún referente histórico) poniendo de presente, más bien, que es la crueldad el origen mismo de la sociabilidad.

Damián Pachón Soto

El filósofo alemán Friedrich Nietzche estudió ampliamente el nihilismo.
El filósofo alemán Friedrich Nietzche estudió ampliamente el nihilismo.
Foto: Pixabay

Las teorías del contrato social, por lo menos desde Thomas Hobbes, pasando por John Locke, J.J. Rousseau, hasta Inmanuel Kant, asimilaron sociedad, sociedad civil y Estado. Ya en Hegel, sociedad civil y Estado, y sociedad civil y sociedad política aparecerán delimitadas. Estas teorías trataron de “explicar” el origen de la sociedad, del poder, de la autoridad, del Estado, de la vida política. Más precisamente, buscaron justificar la necesidad de la convivencia social misma. Para lograrlo, acudieron a la hipótesis del tránsito del ser humano desde un “estado de naturaleza” originario, primigenio, hasta un estado civil, paso posible gracias a una mediación: el contrato social o, en otros términos, un acuerdo o un consenso entre individuos racionales. Las teorías contractualistas fueron diversas y variadas e hicieron diferentes apuestas especulativas. La más popular, sin duda, ha sido la de Thomas Hobbes.

Este filósofo inglés, espectador de la guerra inglesa entre la corona y el parlamento, publicó en 1651 el libro El Leviatán, donde básicamente exponía ideas que previamente, en 1642, había postulado en textos como Elementos de la ley natural y civil que contenía su De Cive. En El leviatán Hobbes describió de manera efectista la naturaleza humana, el hombre y sus pasiones. Postuló que hay tres razones básicas que mueven a los seres humanos al conflicto: el deseo de superioridad, la desconfianza mutua, y el afán de honor, riquezas y autoridad. Pues bien, ese “estado de naturaleza” es un estado de guerra permanente, donde el hombre es un lobo para el hombre, donde el más imbécil puede asesinar al más inteligente, pero, especialmente, es un estado donde se hace imposible la vida, la seguridad. Es un estado donde la muerte es una posibilidad omnipresente, pues el otro se convierte en una amenaza permanente sin ningún freno o contención. En fin, en el estado de naturaleza la vida misma no está garantizada y el progreso social se hace imposible.

En Hobbes es el miedo el que lleva a la necesidad de la vida en el Estado; o como ha dicho G. Agamben en su librito Stasis. La guerra civil como paradigma político (2015): “el carácter ‘político’ de la vida humana deriva de la posibilidad de la guerra”. Para salir del “estado de naturaleza”, los individuos realizan un doble pacto, primero entre sí, y luego entre ellos y una autoridad a la cual delegan el poder absoluto. Es gracias a esta autoridad como nace lo injusto y lo justo, lo bueno y lo malo; donde es posible delimitar, como diría Kant después, lo tuyo y lo mío, donde se puede garantizar la libertad, la seguridad, la propiedad, la búsqueda de la felicidad, etc. En fin, es en el “estado civil” donde se hace posible la vida en comunidad, la satisfacción de las necesidades y el progreso espiritual y material. Así, el Estado absoluto es un Leviatán (en analogía con el monstruo bíblico) en la tierra, que impone el orden; es un producto artificial creado por medio del contrato social para garantizar la vida y la paz social.

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En el siglo XIX, en textos como Humano, demasiado humano (1878) y en Más allá del bien y del mal (1886) Nietzsche de manera fragmentaria hará algunas anotaciones sobre el Estado. Sin embargo, será en La Genealogía de la moral (1887)donde dará una célebre respuesta al origen de la socialidad, respuesta muy distinta a la que habían ofrecido los teóricos de los siglos XVII y XVIII.

Para Nietzsche, el origen de la sociabilidad puede explicarse como una disciplinación del ser humano. Esa disciplina implica, como diría después Freud, una represión de los instintos. Hacer que el hombre sea sociable requiere hacerlo uniforme, sujeto a reglas. La sociabilidad fue posible, si se acude a la antropogénesis, gracias a la conciencia. Ésta, a su vez, nació de la relación del hombre con el mundo exterior y de la necesidad de comunicación para la supervivenciacomo sostiene en La gaya ciencia. En fin, la conciencia, como la verdad, el conocimiento, etc., en Nietzsche están al servicio de la vida. La conciencia permite la intercomunicación humana y “exige”, “supone”, desde luego, la comunidad. Es en la conciencia donde está lo común (y lo menos relevante) del ser humano, dirá el filósofo alemán.

Ahora, ¿cómo se logró que el hombre adquiriera ese tipo de conciencia llamada “conciencia moral”? La explicación resulta bastante tenebrosa. La adquisición de la conciencia moral solo pudo ser posible gracias al dolor. A la práctica de ciertos actos de barbaridad, pues el dolor constituye el instrumento más efectivo de la mnemotécnica, tal como decían los maestros sádicos: la letra con sangre entra. Gracias a la barbarie el individuo no olvida lo que debe hacerse, sólo así se arraiga el sentimiento de responsabilidad en el ser humano. La sociabilidad se construyó haciendo memoria. Por eso, son la fe y la autoridad la fuente de la conciencia moral, de ese deber de responsabilidad dirá en El caminante y su sombra. En la conciencia así constituida, en el individuo así subjetivado se origina la “obligación”, “el deber”, “la responsabilidad”. Sólo así el individuo aprende a medir sus actos, a temer a sus consecuencias. En esa conciencia están los parámetros de la acción, el canon del comportamiento, o lo que el pensador alemán también llama “racionalidad”. Por eso: “ay…la razón, la seriedad, el dominio de los afectos, todo ese sombrío asunto que se llama reflexión, todos esos privilegios y adornos del hombre: ¡qué caros se han hecho pagar!, ¡cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las cosas buenas!”. La razón, pues, tiene también un origen escabroso. Ser racional, medido, prudente, es, justamente, actuar para hacer posible la convivencia, es haber inoculado la “mala conciencia” que nos dice cómo actuar para poder coexistir.

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En la consolidación de la memoria, de esos contenidos que el individuo no debe olvidar y que debe seguir para la vida en comunidad, juega un papel relevante el castigo. Éste no es sólo una venganza individual de la comunidad hacia el individuo, sino una forma de prevenir futuras infracciones, es lo que los penalistas llaman “prevención general”; el castigo es un espectáculo donde a partir del sufrimiento de unos se les muestra a los otros (a lo asociados) lo que no deben hacer. Así, el castigo refuerza la socialidad pues invita a los demás miembros de la sociedad a que actúen cautamente para que no sean igualmente castigados. El miedo al castigo termina manteniendo el orden y la estabilidad social. Por eso dice Nietzsche: “en todo lugar en que se anda a la busca de la responsabilidad suele ser el instinto del querer-castigar y juzgar el que anda en su busca”. Tenemos, entonces, que el dolor es la base de la memoria, de la adquisición de la conciencia moral, de la responsabilidad, para hacer posible la vida social. Dice Nietzsche: “Con la ayuda de tales imágenes y procedimientos [el castigo, el dolor] se acaba por retener en la memoria cinco o seis ‘no quiero’, respecto a los cuales uno ha dado su promesa con el fin de vivir en las ventajas de la sociedad”. Y si el hombre es el animal que puede hacer promesas, ingresar al “estado civil” implica prometer el cumplimiento de las normas que hacen posible la convivencia del rebaño dentro del Estado.

Por eso, las leyes penales, esas prescripciones de la conducta impuestas por el Estado para hacer posible la vida en común, son herramientas contra nuestra inevitable capacidad de olvido, y buscan mantener presentes unas cuantas exigencias primitivas para la convivencia. Por eso, Nietzsche sostiene en Ecce homo de 1888 que él por primera vez presenta la crueldad como uno de los más antiguos y más necesarios fundamentos de la civilización. En Más allá del bien y del mal ya había dicho: “Casi todo lo que nosotros denominamos ‘cultura superior’ se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad –esa es mi tesis”.

Arthur Schopenhauer había sostenido que el Estado era ese “total de todos los egoísmos individuales, [donde] se ha depositado los derechos de cada uno en manos de un poder infinitamente superior”- el Leviatán diríamos con Hobbes-, de tal manera que es posible que queden en las tinieblas “la perversidad de muchos” y la “ferocidad de todos”. Es decir, la vida en comunidad implica y exige la represión. Esta es también la idea de Nietzsche y de Freud en El malestar en la cultura. Por eso, la consecuencia que saca Nietzsche de sus hallazgos genealógicos es la negación del contractualismo. Veamos.

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Para Nietzsche, el Estado surge cuando una horda cualquiera, fuerte, guerrera y organizada, y con capacidad de organizar, se lanza sobre un pueblo nómada, desorganizado y lo amolda bajo sus parámetros. Son los pueblos más fuertes, conquistadores, quienes, teniendo capacidad racionalizadora, diríamos, somete bajo sus instituciones y formas sociales preestablecidas a los pueblos más débiles. En La genealogía de la moral sostiene: “El Estado más antiguo apareció, en consecuencia, como una horrible tiranía, como una maquinaria trituradora y desconsiderada, y continúo trabajando de ese modo hasta que aquella materia bruta hecha de pueblo y de semi-animal no sólo quedó por quedar bien amasada y maleable, sino por tener también una forma”.

Y concluye: “así es como, en efecto, se inicia en la tierra el Estado: yo pienso que así queda refutada aquella fantasía que le hacía comenzar con un contrato. Quien puede mandar, quien por naturaleza es señor, quien aparece despótico en obras y gestos, ¡qué tiene él que ver con contratos!”. El Estado pues, es una organización, racionalizada, “una concreción de dominio dotada de vida”, el más frio de los monstruos fríos, “en la que las partes y las funciones han sido delimitadas y puestas en conexión”. Como puede verse, hay aquí ideas que serán desarrolladas posteriormente por el genio histórico-sociológico de Max Weber, quien fue influido profundamente por Nietzsche.

Nietzsche no fue, como se sabe, anarquista, pero sí llegó a pensar que “en la aniquilación del Estado se encuentra una posibilidad más elevada de existencia»; consideraba que el exceso de Estado atentaba contra el individuo y alcanzó a avizorar que en el socialismo el Estado sería un gran pulpo, una especie de jaula de hierro que controlaría todos los aspectos de la vida. Por eso pensaba que el Estado era, más bien, un medio, un instrumento, y el individuo era la meta.

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La negación del contractualismo por Nietzsche encaja en su dura crítica al Estado moderno y a la democracia, supone un desconocimiento de los mecanismos constitucionales e institucionales del Estado de derecho que, precisamente, permitieron proteger al individuo del abuso del poder y de la autoridad de los gobiernos. Esa lectura no se comprende, por otra, parte, sin su dura crítica a la metafísica occidental y a sus derivadas construcciones ideales que inventaron un más allá como reacción y temor al más acá. Por eso, detrás del Estado no está el apacible consenso idealista, sino la crueldad material más brutal.

Por lo demás, si uno de los papeles de la filosofía consiste en la problematización de la tradición, es claro que el contractualismo contiene varios problemas sin resolver. Si atendemos con Ortega y Gasset en su prólogo para franceses de La rebelión de las masas, de 1937, en que: “una sociedad no se constituye por acuerdo de voluntades. Al revés, todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad preexistente”, es claro para mí que el contractualismo, aún aceptado como hipótesis normativa para la vida social, cae en una petición de principio, en un argumento circular, donde precisamente se intenta explicar el origen de la sociedad que es presupuesta, y que hace posible ese mismo consenso. Por lo demás, hilando más más fino, si todo acuerdo presupone alguna forma de interacción social (asimétricas la mayoría de las veces), un lenguaje, cierta comprensión entre los hablantes, etc., es evidente que arribamos al problema de qué fue primero: ¿la conciencia, el lenguaje, la comunidad? O, ¿son éstos co-originarios? Estas preguntas nos lanzan a cuestiones de la antropología científica, la teoría evolutiva, la neurociencia, etc., con lo cual caemos en un nuevo abismo. Por eso, suponer que el contrato social permite fundar la sociabilidad es “poner la carreta delante de los bueyes”.

La necesidad del contrato es un postulado de la razón práctica, y el ingreso a la vida estatal es, como aceptó el mismo Kant, un mal necesario. Nietzsche no discutió estos problemas en esos mismos términos, pero sí fue consciente de que las ficciones, las ilusiones, etc., eran necesarias para la vida. Cuál sea el futuro del Estado no lo sabemos, lo cierto es que hoy es, junto con la democracia, una institución muy cuestionada. Y lo es justamente por su incapacidad de garantizar una vida digna para todos sus asociados.

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