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Por supuesto, no es algo que se note, ni que haga que el gozo que genero se vea disminuido, en realidad, soy yo el que más lo siente.
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Soy amarillo como el sol, y como el sol, ilumino la risa de Toñito. Él me tiene desde que la memoria le alcanza, duerme conmigo, come conmigo, se baña conmigo y, claro, juega conmigo.
Es celoso, no quiere que nadie más me use. Solo sus amigos, los más cercanos, los más queridos.
Hoy me presentó a uno de ellos y por eso terminé aquí. Se encontraron en la playa, solo los dos, el uno pateaba y el otro tapaba. Cuando llegó el turno de Toñito de hacer las veces de portero no me alcanzó, el viento me empujó con fuerza a la corriente del mar, que justo en ese momento recogía con su mano húmeda y poderosa, todo aquello que yacía sobre la arena.
Y así, sin más, terminé flotando en mar abierto. Toñito intentó alcanzarme, claro, hasta que su mamá lo sacó del mar, que precisamente estaba fuerte y ruidoso.
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Sé que se quedó llorando y aunque puede que me recuerde por mucho tiempo, cuando el mar en su devenir me devuelva, Toñito ya tendrá otro como yo, más amarillo y más redondo. Y, entonces, yo habré dejado de brillar como sol.