En una ciudad que no es tuya, caminamos siendo parte de la noche, buscando conversaciones, intenciones y respuestas para conocer al otro, aún un perfecto desconocido. Nos desvanecimos entre las calles y las luces, entre las miradas furtivas y las caricias cómplices.
La brisa corría furiosa, la lluvia caía impetuosa y mis deseos eran incontenibles. Tus ojos, tus labios y tu cuerpo me invitaban a buscar refugio en ti, del frío y de mi vida. Me diste un beso fuerte, largo y profundo. Y fue en ese momento, con el corazón en medio de una revolución, que recordé lo que no estábamos destinados a ser.
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He llorado contigo y por ti. He sido honesto y he puesto todo este cariño en tus manos, y me duele porque se resbala y no puedo hacer nada para evitarlo.
Es así como el mundo se acaba, en medio del desastre que dejas, en el que estoy solo, como siempre lo he estado. Y tengo miedo porque ahora es tu calor el que necesito, es tu pecho en el que quiero descansar y son tus manos las que anhelo me hagan entender la calma.
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Escribo con heridas, pero también con orgullo porque me quería arriesgar contigo y lo hice, sintiéndome bien dentro de la tristeza y las cenizas de nuestro último beso.