La imagen del cosmos de Pedro Apiano (1495-1552) tiene una larga historia que se remonta a la obra de Aristóteles (384-322 a. de C), quien en su “Física” y “Sobre el cielo” construyó un modelo del universo cuya aceptación se mantuvo sin mayores modificaciones por casi dos milenios, hasta el triunfo del sistema copernicano defendido por personajes como Johannes Kepler y Galileo Galilei en el siglo XVII.
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Si bien Copérnico publicó en 1543 su libro “Sobre la revolución de los orbes celestes”, en el que propuso un modelo alternativo del cosmos con el Sol en el centro y la Tierra en movimiento como un planeta más, a lo largo del siglo XVI seguía dominando el modelo geocéntrico. Con crecientes complejidades, ajustes como los del astrónomo egipcio Claudio Ptolomeo (c 100-170) e incluso críticas y objeciones de astrónomos árabes a lo largo de la Edad Media, la idea de sacar a la Tierra y al hombre del centro del universo necesitó una nueva autoridad filosófica que tuvo que enfrentar tanto a la filosofía griega como a la teología cristiana.
Pedro Apiano trabajó al servicio del emperador Carlos V, y además de matemático y astrónomo de la Corte fue un hábil impresor. El libro “Cosmographia” (1575) se reimprimió varias veces y fue traducido a 14 idiomas antes de concluir el siglo. En las primeras líneas del libro Apiano explica que a diferencia de la geografía que se limita a la pintura de la Tierra y de la corografía que describe lugares particulares de la Tierra, la cosmografía se ocupa de la descripción y pintura del mundo entero.
La pintura de la esfera celeste se presenta al inicio del libro, en el capítulo segundo, sobre “el movimiento de la esfera y de la división o partición de los cielos”, y en ella se resume la idea del cosmos que dominó por siglos la astronomía occidental. La imagen es bella, podríamos decir perfecta, y representa un universo de obvia armonía y proporción geométrica, el diseño de un gran demiurgo cuya perfección podemos admirar en su obra. Fiel a una tradición pitagórica y platónica, la forma esférica del universo responde a la más bella de las figuras geométricas, la cual además está compuesta de 10 esferas concéntricas, siendo el número 10 emblema de perfección matemática.
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La pintura del mundo que aquí vemos retoma una larga tradición cosmográfica, en la que se unen el ideal del orden platónico del mundo, explicaciones físicas aristotélicas y la concepción cristiana del universo. Este simple grabado encarna una de las ideas que definieron la esencia de la cultura occidental: la Tierra y el hombre como centro del universo. El hombre no solamente ocupa un lugar central en el universo, sino en la naturaleza terrestre, la cual para Aristóteles tiene un orden jerárquico con los hombres en la cúspide, ya que estos poseen alma vegetal como las plantas, alma animal como los animales, pero además una particular y única condición de poseer un alma racional (el uso del masculino “hombre” para referirnos a la humanidad en este artículo es consciente y deliberado, ya que tanto para Aristóteles como para la tradición cristiana es el hombre y no la mujer quien ocupa el lugar central en la naturaleza).
Siguiendo las nociones físicas de Aristóteles, Apiano explica que el mundo se divide en dos partes principales, la Tierra y el cielo, la cuales responden a leyes físicas distintas.
La esfera terrestre que Apiano llama elemental está compuesta de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, los cuales se encuentran en permanente contienda, transustanciación y movimiento. En su física Aristóteles explica la naturaleza de estos cuatro elementos que tienen sus particulares movimientos naturales. Los cuerpos compuestos de tierra y agua tienen la tendencia natural a moverse hacia el centro del universo. El aire y el fuego, por el contrario, tienden de forma natural a alejarse del centro del universo. El sentido común y nuestra experiencia parecen corroborar estos principios de la naturaleza, ya que somos testigos de cómo los objetos sólidos caen buscando su lugar y reposo en la superficie terrestre, de manera similar vemos el agua buscando su lugar lo más cerca posible del centro del universo. Lo contrario podría concluirse al observar el movimiento natural del fuego y del aire, que parecen querer alejarse de la tierra.
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A diferencia del mundo terrestre, el mundo de los cielos se compone de un quinto elemento que, a diferencia de los componentes de la esfera terrestre, es una sustancia inmutable cuyo movimiento natural es circular alrededor del centro del universo. Esta gran esfera celeste a su vez está compuesta de 10 esferas concéntricas. Justo sobre la última esfera terrestre de fuego aparecen la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Sobre la esfera de Saturo se encuentra lo que Apiano llama el firmamento, la octava órbita de las estrellas y sobre esta una novena cristalina esfera sin estrellas, en la cual se repiten los símbolos del zodiaco. La décima y última esfera contiene una compleja entidad metafísica, que Aristóteles denominó el primer motor o motor inmóvil, que es la causa primera del movimiento del universo. Finalmente, por encima del motor inmóvil se encuentra “el cielo divino morada de Dios y de todos los elegidos”, el cual, dice Apiano, se encuentra en total quietud y perfección.
La noción aristotélica del motor inmóvil adquirió para el mundo cristiano un sentido teológico que merece ser comentado. Aristóteles supone que el mundo está en permanente movimiento (kinesis) y que todo cambio o movimiento requiere una causa. No siendo posible una cadena infinita de causas para el movimiento, Aristóteles argumenta que es necesaria la existencia de algo que puede causar movimiento sin moverse. Algo que no puede cambiar o moverse, porque no puede ser nada distinto de lo que es, acto puro sin potencia, diría el filósofo griego.
Santo Tomás, quien hizo de la filosofía de Aristóteles el gran soporte racional del dogma cristiano, se apropia de esta noción para referirse a la perfección del creador, quien es eterno e inmutable, y al mismo tiempo causa del movimiento del universo. En la primera de las cinco vías para la demostración de la existencia de Dios, el teólogo cristiano del siglo XIII recurre a esta idea aristotélica identificando al creador del mundo cristiano como la causa primera del devenir.
La filosofía griega será fundamental para la defensa filosófica de las grandes tradiciones monoteístas que llevarán el antropocentrismo al máximo nivel, al suponer que los humanos no solo estamos en el centro del cosmos, sino que somos criaturas creadas a imagen y semejanza del mismo creador, marcando una tajante separación entre los seres humanos y las demás criaturas de la naturaleza.
Dos grandes revoluciones científicas, las que mayor atención han recibido de los historiadores, y conocidas por los nombres de sus más visibles exponentes: la revolución copernicana y la revolución darwiniana, tuvieron lugar en momentos de la historia muy distintos, pero compartieron una difícil tarea: la de modificar la manera como entendemos la relación del hombre con el mundo natural. La revolución copernicana no fue el fin del antropocentrismo, pero sí marcó el inicio de una nueva relación del hombre y la naturaleza, una naturaleza de la cual, hasta hace poco, empezamos a reconocer que somos parte. Todo parece indicar que el futuro de la Tierra y de la humanidad depende del reconocimiento de la peligrosa soberbia de nuestra especie, obstinada con el supuesto derecho divino y mandato bíblico de someter la naturaleza al servicio de los antojos humanos.