En los tiempos de Pericles, del año 507 a.C. en adelante, la asamblea o ikklesia era el único órgano legislativo de Atenas. Tenía un poder total sobre la judicatura y la administración, y estaba constituida por todo hombre adulto que no tuviera cuentas pendientes con la justicia. Se reunía todos los meses, y en ella cualquier ciudadano podía hablar y hacer algún tipo de propuesta o promover un debate. Con el tiempo, las reuniones eran poco menos que interminables, así que en la misma ikklesia se aprobó la moción de que se formara un comité que estudiara los asuntos que se irían a tratar, y luego, las distintas iniciativas que se habían presentado. De los cinco mil o más ciudadanos que hacían parte de la asamblea, se escogieron 500.
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Esta división fue bautizada como la ‘boule’. Sus miembros eran definidos al azar para evitar la posibilidad de que se formaran mayorías corruptas. En cuanto a los asuntos de justicia, por ejemplo, los atenienses defendieron una y otra vez el derecho que tenían los hombres agraviados a hablarle a la asamblea directamente para explicar sus actuaciones y exigir justicia. Como no había abogados, los acusados debían proceder según sus capacidades y conocimientos para defenderse a sí mismos. Los jurados eran seleccionados también por suerte, y la cantidad para cada caso oscilaba entre 101 y 1001 miembros. Como lo reseñó H. D. F. Kitto en su libro “Griegos”, no existía la opción de la apelación.
“Si el delito no tenía una pena específica, el acusador, en caso de ganar el pleito, podía proponer una, mientras que el acusado sugería otra. Después de ellos, el jurado escogía entre las dos”. Antes de cada sesión, se les recordaba a los ciudadanos que hacían parte del jurado y a los asistentes, así como al acusado y al acusador, que “la responsabilidad de tomar decisiones propias, actuar de acuerdo con ellas y aceptar sus consecuencias era una parte fundamental de la vida de un hombre libre”. Aquella era una de las premisas más importantes de la democracia de los antiguos atenienses. Para Peter Watson, autor de “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, “Dadas las dimensiones de Atenas, su democracia fue un logro extraordinario y único”.
“Durante su período de gobierno, que pudo durar unos cuarenta años, según Plutarco, Pericles comandó una alianza de reinos y ciudades griegas, conocida como la Liga de Delos”, de acuerdo con con Pablo R. Arango en su libro “Sirvan la cicuta, crucifiquen al autómata”, en el que entre tantas otras cosas, añadió que Pericles se afianzó en el poder luego de la victoria de la alianza contra los persas. “Consolidó el poder de Atenas sobre sus aliados, ordenó la construcción de muchos de los edificios y monumentos cuyas ruinas hoy se asocian a la Grecia clásica, y aprovechó la creciente popularidad de los demócratas en los territorios griegos (debida, en parte, a que los pobres eran mayoría en todas partes) para lanzar una política imperialista de anexión de la mayor cantidad de territorios”.
Pese a los logros y a las victorias, y esencialmente desde las ideas y conceptos, la democracia tuvo varios contradictores, comenzando por Platón, que la condenó en reiteradas oportunidades. En “La República”, dejó muy en claro que la democracia era “una forma de gobierno encantadora, llena de variedad y desorden, que otorga una especie de igualdad tanto a los iguales como a los desiguales”, y que para gobernar, él prefería a los más capacitados. Pensaba que los sistemas masivos de elección llevarían a la larga a que para guiar un estado se escogiera a los más populares, con todo lo que ello implicaba, y no a los capaces. Consideró que la democracia acabaría por corromper a los elegidos y a los no elegidos, e incluso, a sus hijos. “La tiranía surge de forma natural a partir de la democracia”, aseguró.
Era absurdo para él que un gobierno fuera elegido por personas que no tenían la capacidad de ir más allá de su sustento diario. En “La República”, comparaba al vulgo con los sofistas, “Que cada uno de (estos) particulares asalariados (…) (los sofistas) no enseña otra cosa sino los mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones, y a esto es a lo que le llaman ‘ciencia’. Es lo mismo que si el guardián de una criatura grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y humores, y supiera por dónde hay que acercársele y por dónde tocarlo, y cuándo está más fiero o más manso, y por qué causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual voz, y cuáles son, en cambio, las que le apaciguan o irritan”.
Hablaba de los deseos para referirse a un tema crucial, el de los demagogos, que para llegar al poder le prometerían al pueblo la satisfacción de esos deseos primarios, en lugar de labrar un camino para que llegaran a lo que “debían desear”. Era claro que para acceder a esa situación, el vulgo debía educarse, bien fuera por medio de la instrucción vertical, o como producto de las conversaciones y lecturas, o por la mezcla de todos esos procedimientos. De cualquier modo, el sistema democrático se originó y afianzó, cayó y resucitó, de la mano de varias herramientas, entre ellas, la retórica, que era la manera de hablar, discutir y persuadir de los griegos, básica para las multitudinarias asambleas de entonces.
“La retórica —en palabras de Peter Watson— desarrolló sus propias reglas y fomentó espectaculares exhibiciones de elocuencia y mnemotecnia, lo que ejerció una profunda influencia sobre la evolución de la literatura clásica. En las oligarquías electivas, en cambio, la etiqueta política está más interioridad (y es más cínica) y ello hace que la retórica carezca de verdadero espacio: para los oídos modernos, cualquier ejercicio retórico suena forzado y artificial”. Con los siglos y el final de las democracias griegas y romana, los lugares para el debate desaparecieron, y sin debates, la retórica también languideció, más allá de que su declive se hubiera iniciado precisamente en las plazas públicas, cuando algunos de sus cultores empezaron a usarla para manipular a los posibles electores.
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