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La universidad y la historia de la verdad en Occidente (El teatro de la historia)

La academia ha desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de Occidente. Su evolución nos muestra cómo su misión, en términos generales, se ha mantenido desde sus orígenes.

Mauricio Nieto Olarte

31 de enero de 2025 - 08:00 p. m.
“Clase de Aristóteles en la universidad medieval”, de Laurentius de Voltolina.
Foto: Wikimedia Commons
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Con más de 800 años de historia desde su fundación, en el siglo XII, la universidad ha cambiado de diversas maneras. Aunque esperamos que siga cambiando, resulta asombrosa su relativa estabilidad. Las universidades siempre han sido espacios para la enseñanza y la producción de nuevos conocimientos, los maestros y estudiantes de hoy y de siempre la hemos vivido como un ámbito propicio para la reflexión y la innovación, pero de cierta manera son instituciones conservadoras que, en lo esencial, guardan similitudes con su antecesora medieval.

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Los salones de clase ya no tienen atrios para que los maestros nos dirijamos a los estudiantes desde una posición privilegiada de autoridad incuestionable, pero como vemos en esta imagen del siglo XIV, a pesar de las obvias diferencias, la escena resulta familiar. En las primeras filas se ven estudiantes atentos a la lectura de su maestro, más atrás, otros muestran poco interés por el discurso de su tutor, e incluso algunos se ven vencidos por el sueño, muy posiblemente como consecuencia de la resaca de la noche anterior. En la pintura solo hay hombres —hasta el siglo XIX la admisión de mujeres en las universidades fue excepcional—. Con cierta nostalgia, en la imagen veo libros y, por lo tanto, estudiantes que leen, al igual que encuentro envidiable la ausencia de celulares y computadores portátiles.

Claro que hay grandes diferencias: hoy, la mayoría de universidades del mundo son instituciones seculares que se han distanciado de su misión original de salvaguardar la autoridad religiosa, pero no por eso podemos caer en la inocencia de imaginar que las universidades de hoy pueden operar al margen de las demandas de la sociedad contemporánea y al servicio de las verdades de nuestro tiempo.

Con cierta independencia de los monasterios, en los albores del siglo XI emergieron escuelas urbanas cuyo número de estudiantes y maestros creció gradualmente. Este crecimiento generó nuevas instituciones que se conocieron como universitas, término que desde el Imperio romano había sido utilizado para nombrar a un número de personas organizado en una corporación o sociedad, que más adelante se asociaría con la pretensión de universalidad de la Iglesia católica.

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En el siglo XII, la filosofía y las ciencias griegas y árabes irrumpieron con fuerza en el mundo cristiano, y no fue una coincidencia que este fuera el mismo período de surgimiento de las universidades que se nutrieron de un creciente número de traducciones del árabe y del griego. En las universidades se estudiaban los auctoritas, textos cuya autoridad resultaba difícil de cuestionar: la Biblia y los padres de la Iglesia no podían faltar, pero tampoco ciertos autores griegos como Aristóteles y Platón, al igual que posteriores tratados de ciencias naturales como la geometría de Euclides, la medicina de Galeno, la cosmología de Ptolomeo y la historia natural de Plinio, entre otros.

Las primeras y más importantes universidades de la Edad Media fueron las de Bolonia (1088), Oxford (1096) y París (1150), las cuales se convirtieron en modelos para una docena de instituciones similares que se crearon en los años siguientes. Es significativo el grado de relativa uniformidad en los contenidos y la forma de enseñanza en diversos lugares de la Europa cristiana. La Facultad de Artes Liberales era la más robusta y jugaba un papel central. Allí se enseñaban las siete artes liberales, compuestas por el quadrivium de las disciplinas matemáticas (Astronomía, Música, Geometría y Aritmética) y el trivium de las disciplinas lógicas y lingüísticas (Gramática, Dialéctica y Retórica). Es oportuno entender la función otorgada a las siete artes liberales, que eran un requisito para aspirar a un título en Medicina, Leyes o Teología. En estas tres facultades es fácil identificar un propósito práctico: formar médicos, expertos en asuntos legales y teólogos hábiles en la defensa del dogma. Sin embargo, las artes liberales no tenían una utilidad específica, pero eran un cuerpo de conocimientos considerados fundamentales. Entre estos, la lógica tuvo gran importancia a lo largo de la Edad Media, en parte porque las competencias en el correcto uso del lenguaje y su inferencia eran percibidas como herramientas necesarias para todos los campos del conocimiento.

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De manera en que el trivium ofrecía las disciplinas básicas para el correcto uso del lenguaje y de la argumentación; el cuadrivium, por su parte, era una serie de conocimientos relacionados con las matemáticas y la geometría, que en la tradición platónica conformaban un campo de alto valor, que también servían como herramientas básicas para entender el mundo natural. En términos actuales, las artes liberales serían el equivalente a una formación científica básica y la capacidad de argumentación rigurosa.

Un joven con conocimientos de latín y con el perfil social indicado podría ingresar a la universidad a los catorce años. El ingreso tenía un costo y, en muchos casos, implicaba un juramento de lealtad de los nuevos estudiantes a los principios religiosos y morales de la institución. Los estudiantes universitarios podían aspirar a títulos similares a los que hoy ofrecen la mayoría de universidades modernas; es decir, los de bachelor (bachiller), magister (maestro) y doctor en Filosofía. Con el título de maestro se adquirían las credenciales necesarias para enseñar; el título de doctor exigía estudios más profundos e implicaba, como ahora, aportes nuevos al conocimiento por parte del egresado, lo cual implicaba una permanencia en la universidad de diez a quince años.

La universidad desempeñó un papel notable en la legitimación de un nuevo conocimiento letrado que se diferenciaba de los oficios artesanales. El caso de la medicina es claro. Si bien había sido en gran parte una práctica empírica, la formación de médicos con conocimientos en las artes liberales marcó una diferencia con el oficio de los curanderos.

Como una natural consecuencia de la necesaria especialización que supone el mundo del saber, las tres facultades tradicionales se han diversificado y las universidades han incrementado sus ofertas a un sinnúmero de opciones profesionales y técnicas. La actual fragmentación de los saberes parece inevitable y puede tener ventajas prácticas, pero también tiene riesgos. Las disciplinas modernas ofrecen perspectivas estrechas que difícilmente dan cuenta de la complejidad de los retos de la sociedad. La educación técnica especializada también da la peligrosa impresión de que todo el conocimiento que podemos ofrecer es efímero. Parece inevitable que todos los saberes técnicos que hoy tenemos pronto sean obsoletos, incluso sustituibles por máquinas o algoritmos; pero el talento para diseñar esas máquinas, programar algoritmos y, aun más importante, la capacidad de entender las consecuencias de estas innovaciones sobre la sociedad exige habilidades de pensamiento riguroso, crítico y creativo que no son efímeras y debemos seguir cuidando por los próximos 800 años.

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Desde sus orígenes, la universidad ha tenido el propósito de defender la verdad, la cual, sabemos, está sujeta a cambios que se dan con el tiempo, pero no podemos renunciar a promover un pensamiento disciplinado que tome distancia de la simple opinión. No podemos rendirnos frente a la tarea fundamental de la educación: cultivar la capacidad de discernir y construir un juicio propio, y cimentar un pensamiento crítico y riguroso.

Por Mauricio Nieto Olarte

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