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Traducir a imágenes la voz de la conciencia y la del silencio no es fácil ni para el más experimentado de los cineastas.
Sin embargo, Schnabel con tan sólo tres películas en su trayectoria (Basquiat, Antes que anochezca y La escafandra y la mariposa), todas excepcionales, supo plasmar lo aparentemente invisible y convertirlo en una obra de arte porque antes que pintor o director, es un artista en todo el sentido de la palabra.
La película trata sobre el giro repentino de la vida de Jean-Dominique Bauby, editor de la revista Elle, padre de dos hijos, separado, exitoso y con un gusto pronunciado por las mujeres. Un accidente cerebro-vascular lo deja en estado de coma, y al despertar le informan que sufre de una enfermedad poco común llamada “síndrome de cautiverio”. Su cuerpo está parcialmente paralizado y las conexiones entre el cerebro y el resto del sistema nervioso no funcionan. Su párpado izquierdo es el único puente que lo une con el mundo exterior y su herramienta de comunicación. Su cerebro está en perfectas condiciones, puede sentir, oír, pensar pero no puede hablar ni valerse por sí mismo. Afortunado y desafortunado al mismo tiempo, es dejado al cuidado de un trío de especialistas que más parecen los Ángeles de Charly.
Al protagonista, el hecho de asumirse en la impotencia y en un encierro sin sentido le costó rabia, desilusión, pataletas de infancia, ganas de morir y de mandar una vida tras las rejas de unas pestañas al más allá.
Bauby tiene mucho de parecido al Sísifo del ensayo de Camus El Mito de Sísifo. Este último es condenado por los dioses a empujar una piedra cuesta arriba de una montaña hasta la cima para dejarla rodar y empezar de nuevo. Por su parte, Bauby, es condenado por la casualidad de la vida, el destino o los dioses a estar encerrado en vida como si estuviera aislado en una escafandra. Los dos son prisioneros en un mundo que resulta absurdo e inútil. Los dos toman conciencia de esto y al hacerlo se rebelan y deciden aceptar su destino experimentando instantes de libertad. Bauby dice: “He decidido dejar de compadecerme. Mi memoria e imaginación son las únicas vías para escapar de la escafandra”. Y así empieza un festín de imágenes y un recorrido por el calendario afectivo que va desde las olas de Martinica hasta las pirámides de Egipto, pasa por el sabor de las ostras y la champaña y el tacto de la piel de una mujer hermosa.
Ésta es la celebración de lo humano puesto en imágenes. Lejos de la sensiblería efectista, es una película que trasciende y conmueve recordándonos la fragilidad y la vulnerabilidad de la vida.