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A 8.800 metros de altura el cuerpo comienza un rápido proceso de descomposición. La falta de oxígeno nubla la conciencia, la baja temperatura tiende a desprender manos, dedos y brazos. Contra todas las probabilidades y recomendaciones, los montañistas persisten en caminar una senda que no representa ninguna conquista material, pero que está llena de misticismo, valor y coraje.
¿Por qué escribir acerca de montañismo?
Por dos razones: una familiar y la otra metafórica. La familiar es que mi hijo, Marcos, es escalador y con él he tenido una relación amor-odio que me parece normal entre padre e hijo y que me llevó a tratar de explicarme por qué él había renunciado a todo para entregarse a la montaña. La razón metafórica es que vivo de escribir y hago telenovelas, y cuando entendí lo que era subirse a una montaña supe que es muy parecido a escribir una telenovela en términos del esfuerzo físico y la privación para conseguir un resultado que básicamente no le importa a nadie, sino a uno mismo. Compartimos una manera parecida de soñar y ahí decidí escribir un libro sobre ellos.
¿Qué descubrió de su hijo a través de las crónicas?
El texto me sirvió para conversar con él del tema y entender las motivaciones del montañista. Para mí, el montañista es un místico: es alguien que busca una dimensión trascendental a través de la conquista de un objeto simbólico que es la montaña. En ese sentido, tiene mucho de héroe de viejo cuño, del hombre que busca el Santo Grial: alguien que busca una excelencia que sólo tiene sentido para él. Esto me parece lindísimo en un país como Colombia, tan entregado a la materia y al tema de la superación social. Aquí estamos atrapados por lo inmediato.
Aquí todo lo queremos rápido y en rama. Y eso es lo que hemos legitimado. Lo que hay detrás de lo que llaman la cultura mafiosa es eso: un materialismo afanado. El montañista tiene otra perspectiva. Son muchachos colombianos, gente como nosotros, que escogieron otro camino, que no es el de la inmediatez, sino el del tremendo sacrificio. Ahí hay algo bonito y respetable, y fue lo que traté de rescatar. Creo que si el libro tiene algún valor, éste es poder mostrar un camino distinto para una sociedad muy despistada.
“Cuando Luis Felipe Ossa llegó a la cima del Everest, en la madrugada del 23 de mayo de 2007, el sol bañaba de oro la ladera izquierda y allá abajo estaba el mar de vapor salpicado de cumbres que asomaban entre la bruma como un archipiélago de cuento de hadas. Fue consciente de que nunca llegaría más arriba, que había llegado al límite y que de ese momento en adelante sólo podría descender. Ante sus pies estaba el planeta.
“Ya estoy aquí y la emoción no deja decir mucho. Pero aquí arriba pienso en todos los que quiero. Esta cumbre es para María. Es para Matías. Para mis amigos, mis hermanos”.
Diciendo eso demoró casi un minuto. El video que grabó en la cumbre muestra a un hombre que está realizando un esfuerzo inmenso, alguien al que le cuesta un trabajo infernal poner una palabra tras otra. El que habla no está simplemente fatigado, es un ser humano que lo entregó todo y está caminando en una cuerda floja al borde del colapso”.
¿Estas crónicas son un acto de negación de la realidad?
Son un acto de afirmación de otra realidad. Creo que estas crónicas son refrescantes, porque se alejan de lo que siempre se publica y que ha sido la carne de cañón de la industria editorial durante los últimos cinco años: la ‘Operación Jaque’, ‘Los Pepes’, las prepagos. Me parece que esos temas no justifican que les sigamos botando corriente. Tenemos que enterrar el tema del narcotráfico en Colombia: ellos ya ganaron la guerra, no jodamos más. Señores: así es y no va a cambiar. Dejemos de quejarnos.
¿Cuánto tiempo lleva escribiendo?
De tiempo completo, viviendo de eso, 23 años.
Entonces, ¿por qué hasta ahora hace crónica?
La crónica siempre fue mi novia. Antes de pensar en escribir, a los 15 años, quería irme por Colombia a hablar con la gente, a grabarlos y a tomarles fotos. Me parecía que los cuentos los tenían ellos, que a los demás eran a los que les pasaban las cosas. Es que nunca aspiré a encontrar las historias en mí mismo. No soy una persona interesante. Tengo una mirada particular, una forma personal de ver el mundo. Pero hasta ahí, por lo demás soy un tipo jartísimo.
¿Por qué se metió a trabajar en televisión?
Por vanidad. Uno se cansa de no encontrar auditorio. Pienso que la vida del escritor, particularmente en Colombia, es muy difícil por lo complicado que es publicar y, si eso pasa, es aún más complicado que te lean. Entonces uno termina escribiendo para sí mismo y para los amigos. Es un círculo demasiado reducido y eso no garantiza la continuidad de una escritura. Cuando entré a trabajar en televisión descubrí un auditorio.
¿Cómo llegó al tema del montañismo, en qué momento se enamoró de él?
La primera vez que fui al Cocuy, en el año 2000, con mi hijo. El tema de la alta montaña es muy singular, porque el organismo te cambia, así como cambia la manera de ver las cosas, por la falta de oxígeno. Al tener muy poco oxígeno se te ocurren unas cosas extrañísimas a 5.000 metros: la montaña tenía una voz y me hablaba. Ese es un hecho y te lo puede decir cualquier montañista. Y, entre más alto estés, más duro habla. Los incas dicen que a 5.000 metros habita un demonio que se te mete en la cabeza y te mata. Puedes sobrevivir, de acuerdo, pero siempre te deja rayado.
“...terminé azotado por una gripa feroz, que me tiró a la cama. Entonces, acostado, con una tos inclemente y la nariz llena de mocos, mientras una señora que me recordaba a mi mamá me daba caldito de pollo, empecé a delirar con el Alpamayo*. Llevado por la fiebre, soñaba que esa montaña me hablaba al oído, diciéndome que mi viaje al Perú sólo estaría completo cuando lograra escalarla.
... Entonces, justo cuando estábamos en el punto de mayor dificultad, donde los españoles habían fracasado, volteé hacia la izquierda, clavé los ojos en la cabeza del titán y le pedí que entendiera: escalarlo no era un acto de insolencia, sino un homenaje. Un rayo de luna atravesó el bloque de hielo y me deslumbró. El penitente se movió y juro que lo vi sonreír. Me sentí autorizado a dar el siguiente paso y lo di, fue muy fácil. Un segundo después, estaba encima de la arista, seguro, a veinte metros de la cumbre. Coroné y sentado sobre la cornisa, sentí que el Alpamayo danzaba. El Alpa se movía para decir que era mi amigo, que me quería y me felicitaba porque yo no sólo había soñado con una meta, sino con un camino, porque para merecer este momento había consagrado mi vida a la montaña durante cinco años (...). El tránsito hacia mi madurez como escalador me había enseñado que el montañismo era un deporte duro y arriesgado, pero que pagaba, porque sólo el que apuesta su vida puede aspirar a ganarla”.
Ascenso de Marcos González al Alpamayo, uno de los picos de la Cordillera Blanca, en Perú.
Estas crónicas son el tipo de relato que hace cualquier tipo de atleta. De nuevo, ¿por qué el montañismo?
El montañismo tiene una cosa que marca una diferencia fundamental: no es, en esencia, competitivo. Al contrario, usted define una meta y la recorre: quiero escalar esta montaña y no las otras, quiero hacerlo solo o con mis amigos. Es más, en general, el montañismo es una vaina de grupo en la que todos trabajan juntos para llegar arriba, con gran generosidad. El montañista no busca un récord. Lo que hay es una cosa de compañerismo, de apoyarse el uno en el otro, de comunicarse con la naturaleza mientras subes.
“—Dios sabe cómo hace sus cosas, dice Ana María. Al quedarnos en el campamento le salvamos la vida a Elkin. Doryi y ella se habían quedado en la misma carpa, compartiendo el único regulador que funcionaba. Más tarde decidieron que era más fácil abrir a intervalos una botella de oxígeno para inundar la carpa con el gas y respirar sin necesidad de estarse pasando el regulador. Acababan de quedarse dormidos cuando escucharon una voz afuera.
Se levantaron sobresaltados y salieron. Ya no se oía nada, pero después de buscar en la oscuridad de los alrededores encontraron a Elkin caído en la nieve. Ya no se quejaba siquiera y estaba delirante. El Campo 3 estaba casi vacío. La siguiente carpa habitada estaba a más de cincuenta metros de donde cayó Elkin y nadie más escuchó su llamada de auxilio. Si Ana María y Doryi hubieran subido con Lucho, Elkin habría muerto congelado.
—Cuando más o menos se dio cuenta de dónde estaba y de lo que había pasado, empezó a llorar como un niño. Era impresionante. Ver a un hombre tan grande y tan fuerte como Elkin absolutamente derrumbado me hizo ver con claridad el enorme poder del Everest, lo poco que somos ante una montaña”.
Relato del ascenso al Everest de Ana María Giraldo.
¿Cómo construyó estos relatos?
Hay que hablar con mucha gente y muchas veces porque los cuentos se cuentan de una manera la primera vez y de otra la segunda y así. La única es cruzar la información. Eso pasa porque, en general, la gente no sabe quién es. Normal. Por eso, les di a leer los textos a los entrevistados antes de terminarlos. La idea era hacerlos conscientes de lo que habían dicho y darles la oportunidad de cambiar lo escrito, de participar en la creación de ellos mismos. Y creo que la gente lo agradeció, se hicieron los cambios que solicitaron y se sintieron legibles.
“En ese momento Lucho estaba viendo fosfenos, las alucinaciones visuales que se producen en la alta montaña. El sistema nervioso central se intoxica por la falta de oxígeno, el nervio óptico y el lóbulo occipital se llenan de cortocircuitos y se ven colores brillantes que navegan sobre la superficie de lo real adaptando todo tipo de formas. Fosfenos, la prueba de que el Demonio de la Altura entró a tu cabeza.
—Estaba desorientado, ni siquiera era consciente de estar en el Everest. Me concentré en seguir respirando y me entregué a las visiones. Como las explosiones de color eran cada vez más frecuentes, las empecé a acompañar con la música de Johnny Pacheco. Canté: con el faisán no se meta nadie / con el faisán.
Cuando recuperó la conciencia y la mirada se le limpió de fosfenos, se descubrió rodeado de noche, al borde de la Escalera China, parado sobre un campo de nieve que sus pies habían trillado como si hubiera estado caminando en círculos.
—Fue lo que hice: bailar salsa a 8.700 metros de altura, para recuperar la razón”.
Relato del ascenso al Everest de Luis Felipe Ossa.