Los caballeros ya no son lo que eran y hasta los dragones están viejos, con la piel áspera colgando de los huesos. De los tiempos de Merlín y el rey Arturo sólo quedan hechizos de magia y tratados de paz a punto de expirar. Esta es la historia de la decadencia de aquellos guerreros, de las aldeas tranquilas, de las historias de ogros y demonios. Puede ser culpa de lo que llaman “la niebla”.
Una pareja de ancianos empieza a sospechar de ese aliento que está robando la memoria y ambos inician un viaje para reunirse con su hijo, a quien aún no olvidan. Axl y Beatrice se preguntan si quieren que la niebla se vaya. Recordar es recordarlo todo, la euforia y también la decepción: “¿No es mejor que ciertas cosas se mantengan ocultas para nuestras mentes?”. ¿Seguirían juntos después de evocar lo amargo aunque sepan que el final es feliz? ¿Podrán probar que su sentir es verdadero?
En El gigante enterrado (Anagrama), el premio nobel Kazuo Ishiguro nos provoca estas cuestiones tan reales como el amor, el perdón y la muerte valiéndose de un escenario fantástico. Seamos o no amigos de este género, seguiremos con intriga el sendero del guerrero hacia la verdad; el sendero que sube montañas escarpadas, conoce el frío y el hambre y se cruza con el de personajes como el valiente Wistan, sir Gawain, el monje a quien los pájaros atormentan como si fueran culpas con picos y garras, y el barquero, o una metáfora de Caronte: “Saludaré al barquero con satisfacción, subiré a su oscilante barca, envuelta por las aguas, y tal vez dormiré un rato, con el sonido de su remo en mis oídos”. La anterior es una de las ideas de muerte más plácidas que he leído.
La niebla persiste y así mismo los ancianos esposos persisten en recuperar su memoria: “deseamos volver a disfrutar de los momentos felices que hemos compartido. Que nos los sustraigan es como si apareciese un ladrón en plena noche y se llevase nuestras más preciadas posesiones”. Es interesante el punto central de esta novela, ya que no es una fantasía aquel pensamiento de que la paz se hace con olvido: “(deseáis que) vuestros horrores del pasado se transformen en polvo. Pero esperan bajo tierra convertidos en blancos huesos, aguardando a que los hombres los desentierren”.
De Ishiguro podrían ser más conocidos sus libros llevados al cine, Lo que queda del día y Nunca me abandones, pero de El gigante enterrado no hace falta hacer una película. Ya está hecha. Las palabras son suficientes para trazar los escenarios medievales y el ambiente enrarecido por el olvido. Los diálogos les dan carne y espíritu a los personajes, y no hay cabo que quede suelto. Si alguien cojea, aunque sea poco, en ese caminar podría estar la clave de la escena final.
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