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El filme ideal es un filme en el que no se note al director, en el que el espectador nunca sea consciente de que el director hace nada deliberadamente. Naturalmente, todo tiene que hacerlo deliberadamente —eso es la dirección. Pero si alguna vez llegara a hacer un filme dirigido con tanta simplicidad que nunca se advirtiera un cambio de plano o un movimiento de cámara, creo que ese sería el éxito real de la dirección.
Otto Preminger
Ladrones de bicicletas recibió un Oscar a la mejor película extranjera antes de que la Academia estableciese esa categoría. Obtuvo el Gran Premio Internacional del Festival Mundial del Cine y Bellas Artes de Bélgica en 1949, el Premio Especial del Jurado en el IV Festival de Locarno, el Primer Gran Premio Saint Michel del Festival de Knokke y la Cinta de Plata en Roma en Mejor Argumental, Dirección, Guión, Fotografía, Música. Premio al Mejor Filme Extranjero de la Asociación de Críticos de New York. Premio de la British Film Academy de 1950. Mejor Película Extranjera en Japón. Su estreno, en Italia, se hizo el 24/nov/1948. Cuando en 1954 la revista inglesa Sight and Sound hizo pública su primera lista de las Diez mejores películas jamás hechas, ocupó el primer lugar. Tercer lugar entre Las doce mejores películas de todos los tiempos, votado por 117 críticos e historiadores del cine de 26 países en 1958, en Bruselas, apenas superada por El acorazado Potiomkin (sic), de Eisenstein, y La quimera del oro, de Chaplin. Otras películas de De Sica son La ciociara (1960) o La campesina, basada en la novela de Moravia aparecida tres años antes: retitulada como Dos mujeres; El juicio universal (1961); Matrimonio a la italiana (1964); Los girasoles (1969) y El jardín de los Finzi-Contini (1970), sobre la obra de G. Basani.
Lo primero que debe aclararse, tiene que ver con el título: no es Ladrón de bicicletas sino Ladrones… puesto que antes de que Antonio Ricci tenga que robar una bicicleta ya otro le ha robado la suya: de ahí… Además, el término ladri, en italiano, es ladrones, en plural. Lo segundo, el filme está basado, libremente, en la novela homónima de Luigi Bartolini. Así, en ella el protagonista va a buscar su bicicleta robada en una segunda dispuesta para casos de emergencia. El filme, nacido a causa de la prohibición de las bicicletas (durante los nueve meses de ocupación nazi), al mostrar cuando Antonio pierde la suya mientras pega un cartel de Gilda (1946), de Charles Vidor, dio pie a toda suerte de ataques: desde la prensa de derecha, por su ofensiva visión de la Italia de posguerra, hasta la prensa de izquierda, por mostrar desesperación y conformismo en lugar de revolución. Ni el periodismo ni la política, tan inmiscuido como está uno en la otra, a lo largo de la historia han logrado tratar e interpretar adecuadamente al arte. Siempre se quedan cortos o se equivocan: el periodismo, por atrevido e ignorante; la política, por miope e ignorante.
Pese a lo anterior, vale la pena conocer la mirada del crítico Marcel Martin en La estética de la expresión cinematográfica (Rialp, 1958): “En Ladrones de bicicletas, el obrero Ricci está pegando un cartel con Rita Hayworth cuando le roban la bicicleta. Si se conocen las opiniones de su director y de su guionista, no se dudará de que este cartel sea el símbolo de la multitud de imágenes embrutecedoras y envenenadas que Hollywood difunde por las pantallas del mundo. Imágenes cuyo lujo y ficción no tienen parangón más que con la miseria espiritual y moral de un gran número de seres humanos”. Novedosa interpretación para un asunto que ha pasado como algo anodino a través de la historia del cine y en particular de la crítica. Lo que enseña que en el verdadero arte no hay nada gratuito, no necesariamente que haya que ir contra la interpretación o que lanzar una hipótesis sea apenas ir a la aventura de la exégesis… No, lo terrible es tomar la exégesis como aventura.
La de Antonio Ricci es la búsqueda en vano de la solidaridad de sus semejantes. Ladrones de bicicletas es un cine que sintetiza la insolidaridad humana. La indiferencia social. La indolencia del hombre con su prójimo, con el Otro. Eso sí, sin caer en moralismos. El gran arte no puede ser moralista, es amoral. Como lo es Umberto D., la historia de aquél jubilado insignificante para la sociedad, que no despierta en nadie fraternidad, apenas indiferencia. Umberto D., de ahí que se omita su nombre completo (Umberto Domenico Ferrari), como si se tratase de un ser anónimo, que en realidad es, como Antonio Ricci, sabe que no es “prójimo” de nadie. El propio De Sica ha subrayado: “Su sola presencia molesta la existencia de una colectividad que ya ha olvidado la guerra”. Pero, el conflicto no se acaba con la desmemoria, sino que únicamente se puede solucionar a partir de un trabajo sobre la memoria, “el único tribunal incorruptible”. Para hacer historia, primero hay que hacer m…
Y la memoria es lenguaje. Del libro Un oficio del siglo 20, por Guillermo Cabrera Infante, vale la pena retomar un comentario de Guido Aristarco: “…todos los grandes éxitos del cine italiano están hablados en dialecto: Ladrones de bicicletas, en dialecto romano; Milagro en Milán, en milanés; La tierra tiembla, en siciliano; porque en Italia, como dice Visconti, ‘el italiano no es el idioma de los pobres’”. En otras palabras, el idioma del poder, de los ricos, no de los marginados. Sin embargo, el asunto puede verse exactamente al contrario: el lenguaje vivo se opone al del poder. Y esto es lo que quizás muestran De Sica y Zavattini. Un lenguaje popular que se resiste al hegemónico. Además, el único que le queda hablar a los marginados para evitar las intromisiones abusivas del poder. Lenguaje vivo con el que aquellos hacen memoria. Memoria que a través del lenguaje vivo construye un continuo presente. Presente que también es historia y permite vislumbrar el futuro. Pues la historia no es sólo pasado… es también lo que ocurre aquí y ahora y a lo que no se debe temer contar, como ocurre con tanto historiador al que el sociólogo termina haciéndole la tarea... y al que aquél, obvio, desmiente por no ser historiador aunque sea mejor que él, jeje.
De Zavattini se ha dicho que pertenece a un cine miserabilista cuando en realidad junto a De Sica rechazó al personaje clásico y se acercó al hombre de la calle, dándole un giro al neorrealismo. Le dijeron: “Usted es un miserabilista”. Y Zavattini respondió como hubiera podido hacerlo Victor Gaviria aquí: “Hemos comenzado por la miseria, simplemente porque es una de las realidades más vivas de nuestro tiempo”. En igual sentido, la crítica de su tiempo atacó a los primeros diciéndoles que, en realidad, no daban ninguna respuesta al problema social. Como si el arte tuviera que dar alguna. Bastante problema tiene con solo sintetizar una problemática, para que también tenga que dar respuestas. El arte muestra, no demuestra. Y a menos que se considere a Bruno como la esperanza de un porvenir mejor, pero no una respuesta al presente angustiante del filme, Ladrones de bicicletas no puede presentar soluciones a nada. De ahí que haya tomado cuerpo ese “miserabilismo” del que se habló y en el que se ha querido encasillar a De Sica y Zavattini, en Italia, así como a Gaviria, en Colombia. Como dice Hovald: “¿Pero advertir y comprobar la miseria, la indiferencia, la inmensa inercia del pensamiento social sobre el individuo, no es en cierto modo denunciarlos?” Al final del filme se sabrá si tiene o no razón con respecto a tal trío.
Razón que asiste a De Sica al mostrar un lenguaje, tanto verbal como fílmico, de extrema desnudez. El camino hacia ella es lento, como quien responde a la sentencia romántica de Schiller en el sentido de que “hay que detenerse en las cosas con amor”. Toda espectacularidad, todo alarde visual, toda dramatización son obviadas en los largos planos fijos de las 26 secuencias de la obra en los que nada llama la atención sobre la cámara (como quien ha conseguido el filme ideal, el éxito real de la dirección) que se esconde en los primeros planos, planos medios y generales, en las tomas subjetivas, en los largos travellings laterales descriptivos, así como en los dramáticos hacia delante y hacia atrás. El diálogo es tan banal como la vida misma y, como esta, verdadero y como tal irresistible.
Ladrones de bicicletas, para algunos podrá ser un filme inofensivo; para muchos, uno de denuncia. Y uno sobre la mirada. Baste citar dos hechos: el primero, la denuncia, podría basarse en lo que el crítico Georges Altman refiere a propósito de la caída mortal de Giuseppe ante la amenaza previa de Pasquale, en Limpiabotas: “Un niño desgraciado en la vida, es algo que no debe ser tolerado. Es algo así como un remordimiento, como un grito de víctima”. Y en Bruno, el hijo de Antonio, tras la detención de éste, puede verse a un niño desgraciado, algo intolerable, el grito de una víctima de un sistema arbitrario y excluyente que se dice democrático. El segundo hecho, con la idea de un filme sobre la mirada, tiene que ver con el epílogo. En efecto, cuando Antonio es pescado como ladrón y abofeteado, delante de su hijo, por la turba revanchista, gavillera y potencialmente criminal, Bruno deja de mirarlo como a un dios para en adelante contemplarlo, con sus virtudes y miserias, como a un hombre, sencillamente porque reconoce que aquél ser víctima de la desigualdad, la injusticia, el desempleo, no es otro que su padre. Y su mirada penetrante encarna el dolor del espectador que ve a Antonio y a su hijo Bruno acechados por la dura realidad en unos minutos de su vida, en uno de los más dolorosos viajes al fondo de la noche de la insolidaridad. Que es lo que les puede pasar a los hombres de cualquier credo o latitud, en el continuo presente, mientras no se implante un sistema político y social más incluyente, menos arbitrario e injusto, que el que pretende imponerse como el del éxito asegurado para unos pocos, el de la vanidad, la competencia, el éxito y la patada en el culo para la mayoría, el del codazo, la alienación, el extravío existencial… ah y, claro, la desmemoria para todos.
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Para Valentina, por su sensibilidad, carácter e inteligencia.
Y a Santiago, por lo mismo, que no es poco.
Ficha técnica: Título original: Ladri di biciclette (1948). En español: Ladrones de bicicletas. País: Italia. Dir.: Vittorio de Sica. Esquema argumental: Cesare Zavattini, basado en la novela homónima de Luigi Bartolini. Guionistas: Oreste Biancoli, Suso Cecchi D’Amico, Aldo Franci, Gherardo Gherardi, Gerardo Guerrieri, Vittorio de Sica, Cesare Zavattini, con base en la obra de Bartolini. Género: Drama. Neorrealismo, Trabajo/Empleo. Fot.: Carlo Montuori; Asistente de Fot.: Mario Montuori. Escenografía: Antonio Traversa. Mon.: Eraldo da Roma. Mús.: Alessandro Cicognini; Director Musical: Willy Ferrero. Protagonistas: Lamberto Maggiorani (Antonio Ricci); Enzo Staiola (Bruno Ricci); Lianella Carell (María Ricci); Vittorio Antonucci (el ladrón), entre otros. Producción: PDS (Produzione De Sica), Vittorio de Sica. Formato: 35 mm; b/n; 88 min. Estreno: 24/nov/1948.
* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE. Mención por su trabajo sobre MLK, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (5/feb/2018). Hoy, autor, traductor y coautor de ensayos para Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com