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“Las cartas del Boom”: cuando García Márquez y Vargas Llosa se tuteaban

Uno de los reveladores mensajes del libro publicado bajo el sello editorial Alfaguara, intercambio epistolar entre los premios Nobel colombiano y peruano y los también escritores Julio Cortázar y Carlos Fuentes.

Especial para El Espectador
13 de agosto de 2023 - 04:00 p. m.
Las cartas del Boom
Las cartas del Boom
Foto: Cortesía Penguin

De Gabriel García Márquez a Mario Vargas Llosa.

México, 20 de marzo de 1967:

“Mi querido Mario:

No sé en virtud de qué extraviada asociación de ideas se me ha ocurrido escribirte a ti después de recibir una carta de José Miguel Oviedo. Debe ser porque este me cuenta que te vio en Londres, y hablándome un poco de tu vida hace una referencia incidental a Alvarito, a sus llantos exigentes y a tus desvelos maternales, y todo esto ha conmovido profundamente a mi mujer, que es una egipcia de lágrima fácil. (Recomendamos: El correo privado entre el periodista Guillermo Cano y Gabriel García Márquez, una crónica de Nelson Fredy Padilla).

En las semanas anteriores se insistió en que vendrías a un congreso medio fantasma que se está celebrando aquí. Ha sido algo bastante accidentado. Oportunamente, yo declaré en los periódicos que no asistiría “porque en mi opinión la situación de los escritores no se resuelve con congresos sino con un fusil en la sierra”. A última hora, Fernández Retamar trató de hacerme asistir con la ilusión de que pudiéramos formar mayoría, pero era una ilusión vana: es un venerable congreso de fósiles reaccionarios, cuyo objetivo —no sé si por inspiración de su ancianidad o por influencia de la CIA— es crear la Asociación Latinoamericana de Escritores, una entidad con pretensiones estratosféricas destinada a garantizar la apolitización de la literatura continental.

El gran negocio para ellos, por supuesto, en países donde los escritores de izquierda son los más y los mejores. Algunos amigos —Ángel Rama, Mario Benedetti, Salvador Garmendia y muy pocos más— cayeron por falta de información. Los cubanos vinieron, supongo, por no lastimar las relaciones diplomáticas con México. Las noticias hasta hoy son que aquello se ha vuelto una pelea de perros, de la cual, por fortuna, no ha de salir nada.

No faltará ocasión de vernos por esos mundos. Mis proyectos se van definiendo con gran rapidez. La primera semana de julio meteremos nuestras cosas de aquí en una bodega, iremos a Buenos Aires —donde soy jurado del concurso de Primera Plana— y al regreso me detendré unos días en Colombia, desde donde daré un salto a Caracas, en agosto, si te dan el Premio Rómulo Gallegos. En septiembre volaremos a Barcelona —¡con dos hijos!—, donde pienso escribir un año gracias al dinero que en estos meses he logrado sacarles a los trabajos forzados.

De allí, escaparse de vez en cuando a París o a Londres no será nada difícil. Aparte de que procuraremos tener un cuarto donde encerrar a Alvarito con mis don Rodrigo y don Gonzalo, por si a ustedes se les ocurre aparecer por allá. La definición por Barcelona no se debe, como todo el mundo lo cree, a que allí será más fácil sacarle el dinero a Carmen Balcells, sino porque parece ser la última ciudad de Europa donde mi mujer podrá tener una Bonifacia —que es el nombre que ella les da a todas las criadas desde que leyó La casa verde—.

Ahora comprenderás mejor por qué se conmovió tanto cuando supo que ustedes tienen que cargar solos con la cruz de un hijo en Londres. Espero que un año me alcance para sacar adelante el disparate del dictador. Creo que será mi novela más difícil. No sé si te dije que es el largo monólogo de un dictador de 120 años, sordo y completamente gagá, que trata de justificarse ante el consejo revolucionario que lo ha derrocado y ha de fusilarlo al amanecer. El problema es que este hombre debe hacer una recapitulación de sus 80 años en el poder, y hacerla en un tono decididamente lírico. Quiero ver hasta dónde es posible convertir en un relato poético la infinita crueldad, la arbitrariedad delirante y la tremenda soledad de este ejemplar bárbaro de la mitología latinoamericana.

Acabo de corregir las pruebas de imprenta de Cien años de soledad. Ya no me sabe a nada, así que en vez de cambiarlo todo, como era mi deseo en las noches de insomnio, decidí dejarlo todo como estaba. Lo único que modifiqué por completo fue la situación y el ambiente de un burdel de Macondo, que según mis recuerdos era una casa de madera en medio de un arenal, y que a última hora resultó ser sospechosamente parecido a cierto burdel de Piura. Creo que el libro sale en mayo, y Paco Porrúa me ha prometido que tu ejemplar caliente irá volando a Londres.

La coincidencia del burdel me ha inspirado una idea que tarde o temprano tendremos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela nos enseñaron a romper filas con un grito: “¡Viva Colombia!, ¡abajo el Perú!”. La mayoría de las tropas colombianas que mandaron a la frontera se perdieron en la selva. Los ejércitos enemigos no se encontraron nunca. Unos refugiados alemanes de la Primera Guerra Mundial, que fundaron Avianca, se pusieron al servicio del Gobierno y se fueron a la guerra con sus aviones de papel de aluminio.

Uno de ellos cayó en plena selva y las tambochas le comieron las piernas: yo lo conocí más tarde, llevando sus condecoraciones en silla de ruedas. Los aviadores alemanes al servicio de Colombia bombardearon con cocos una procesión de Corpus Christi en una aldea fronteriza del Perú. Un militar colombiano cayó herido en una escaramuza, y aquello fue como una lotería para el Gobierno: llevaron al herido por todo el país, como una prueba de la crueldad de Sánchez Cerro, y tanto lo llevaron y lo trajeron que al pobre hombre, herido en un tobillo, se le gangrenó la pierna y murió. Tengo dos mil anécdotas como estas. Si tú investigas la historia del lado del Perú y yo la investigo del lado de Colombia, te aseguro que escribimos el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir.

Me dice Roger Klein que se quiere llevar nuestros libros para Coward-McCann. Le dije a Carmen Balcells que por mí no había inconveniente, y ella me comunica ahora que el asunto se decidirá en Londres por estos días. A ver qué pasa. Éditions du Seuil parece que tomaron Cien años de soledad. Esto me hace pensar que a lo mejor las cosas cambian, después de veinte años de estar escribiendo para los amigos.

Amaru me ha parecido una buena revista, pero no me sorprendería que ya estuviera agonizando por falta de colaboración para el segundo número. No hay mucha gente para sostener una empresa como esta. Su principal defecto —y no me he atrevido a señalárselo a Westphalen— es que no se le ve claramente su ideología, y no solo la política sino tampoco la estética. En cambio, contra la vanidad de la Atenas Sudamericana, he tenido la sorpresa de encontrar una serie de notas estupendamente escritas por peruanos: Oviedo, Loayza, Cisneros, Pacheco, Oquendo...

Creo que difícilmente se encuentra en un solo país de América Latina un equipo más lúcido y maestro de su prosa, y es de esa gente de quien depende el porvenir de la revista. Al fin y al cabo son ellos quienes están al pie del cañón.

Paco Porrúa me habló de la carta que le escribiste a Klein sobre Cien años. Estas cosas me conmueven, en un mundo donde la gente del mismo oficio anda tirándose zancadillas.

Un gran abrazo, y la solidaridad de mi mujer para la tuya,

Gabriel”.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Especial para El Espectador

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