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Las corrientes sonoras del alma

Natalia Bedoya extiende su red y establece un vínculo entre las canciones de Duke Ellington y los versos tradicionales de la compositora Rita Fernández. En este recorrido, la cantante cuenta con el respaldo de su Martini Blues Band.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
26 de agosto de 2015 - 03:43 a. m.
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La primera chispa de sonido blusero que tuvo en el espíritu Natalia Bedoya se la generó La Negra Grande de Colombia. Ocurrió durante un espectáculo en Cartagena, cuando la artista hacía parte del Ballet de Sonia Osorio y Leonor González Mina fue la invitada especial para asumir en su estilo una versión sentida del tema El socavón.

La canción, cuya sinopsis podría ser “se compran las cosas, a los hombres no”, llegó a los oídos de Natalia Bedoya y en ese momento algo se le fragmentó por dentro. Fue un sonido nunca antes escuchado, que por su originalidad se le metió en los huesos y empezó a ser parte de ella. La sensación se le repitió años después cuando se estrelló de frente con Summertime, en la voz de Ella Fitzgerald.

No fue casualidad pero le tocó esperar a que la invitaran a ser la protagonista del montaje María Barilla para entender qué era lo que le había pasado por dentro y establecer los vínculos reales entre las manifestaciones folclóricas de Colombia y aquellos géneros de raíz afro como el jazz y el blues.

María Barrilla me retó a empezar a interpretar sonidos del Sinú y a buscar mi conexión con las cantaoras de Cereté (Córdoba). Lo que más me sorprendió fue encontrarme con que las manifestaciones del Pacífico y los aires del Caribe tienen una propuesta estética muy distinta. A partir de este trabajo, el Mincultura me invitó a liderar el proyecto ‘Del Valle de Upar para el mundo’ y me insinúa que quiere que el vallenato tenga una plataforma internacional más sólida. Ese es el punto de partida de la iniciativa Sonidos del Misisipi al Guatapurí”, cuenta Natalia Bedoya, cuya primera experiencia artística fue con Los Monachos, de María Angélica Mallarino.

La cantante se aventuró de nuevo en el folclor. Llegó a Valledupar, se relacionó con muchos juglares y entre ellos conoció a Rita Fernández, quien la motivó a ponerles voz a algunos de sus versos. Bedoya se negó diciendo que no es costeña y que no se siente en la capacidad de asumir en su garganta los cuatro aires del vallenato. Sin embargo, el género no dejó de rondarla y tomó la decisión de abordarlo desde la comodidad de su formato instrumental, la Martini Blues Band.

El contacto inicial con Fernández le suscitó a Bedoya el proyecto Rita, una experiencia teatral en la que plasmará la historia de esta juglar del Caribe colombiano. Mientras se consolida ese sueño, canciones como Sombra perdida, El loco y Mi corazón pregunta buscaron su camino y encontraron en su talento un vehículo para aflorar. De esta manera se consolidó Sonidos del Misisipi al Guatapurí, la forma que encontró la artista para complacer a los demás sin descuidar sus más genuinas inquietudes.

“Hay un lugar donde encontré una relación entre los dos sonidos. Los juglares del Misisipi hacían sus cantos de blues en los campos de algodón porque era su manera de expresarse en un momento en el que la esclavitud no los dejaba ni respirar, ni pensar. La música era su único camino de salvación y la plegaria que ellos elevaban al cielo para liberar su alma. Mientras que los juglares en el Guatapurí, incluida Rita Fernández, simplemente relataban las noticias y narraban lo que pasaba a su alrededor. Ambos cantos son liberadores del alma”, manifiesta con convicción Natalia Bedoya.

En la realización de Sonidos del Misisipi al Guatapurí, la artista caldense contó con la complicidad Orlando Barreda Batanga, como director musical, y con Pedro Salazar como guía escénico. El músico cubano la ha acompañado durante todo su proceso artístico desde Martini Blues Cabaret y con él logró una textura fresca sin perder la identidad de las canciones de Rita Fernández. Mientras que Salazar, por su parte, ayudó a construir una estética escénica diferente contada a partir de la presencia de actores que enfatizan el relato.Natalia Bedoya se pone a prueba y deja sobre las tablas el blues y el folclor, dos cantos que le nacen del alma.

Jueves 27 de agosto, a partir de las 7:30 p.m. Restaurante Tábula (Calle 29 Bis Nº 5-90. Bogotá). Reservas: 287 7228- 285 8875.

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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