Las fachadas amanecieron un poco más opacas y magulladas. Los pájaros no cantaron porque su silencio anunciaba la ausencia. El sol se escondió en los nubarrones y las tenues sombras de los fusiles aparecieron en el corregimiento de Mampuján, en el municipio de María La Baja (Bolívar), el 10 de marzo del 2000. En este territorio perteneciente a los Montes de María, el bloque Héroes de las Auc llegó a desalojar a 300 personas que habitaban en aquel tiempo con la incertidumbre de amanecer y ver cómo en sus calles y hogares recaía la violencia cruel y obstinada que un mes antes había condenado a la comunidad de El Salado a la muerte, la soledad y los aires lúgubres.
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Janiris Pulido y Alexandra Valdez fueron dos de las víctimas del desplazamiento forzado de aquel marzo del 2000. Sus voces entonan esperanza y resistencia. Sus vestiduras reflejan el color y el calor del Caribe colombiano. Su mirada potente y sus manos trabajadoras guardan historias tenebrosas y otras tantas maravillosas. Sus manos poseen memorias tejidas, memorias narradas, memorias lloradas. “Esta es la memoria. Esos tapices que están en la exposición no se pueden vender porque la memoria no se vende”, afirmó Valdez.
Fue un momento estremecedor. De las manos que labraron la tierra color bronce apareció un tejido de esperanza, un tejido que también es símbolo de la remembranza de un tiempo prolífico y esperanzador. Ese tejido de borde rojo, con una casa austera del color de la pureza en todo el centro del telar, unas montañas que se asoman imponentes en la parte trasera del paisaje, un par de árboles que se mecen entre el aire sofocante y la efímera brisa refrescante, y un grupo de mujeres y niñas con los brazos en alto, como sinónimo de victoria, y con una sonrisa que resistió a los días pálidos y parcos hacen parte de un telar que ahora reposará en el lugar más importante del hogar, como un testimonio de la violencia que se alza perpetua, del dolor que pese a todo se deja atrás, anhelando quedarse en la condición natural del pasado y no convertirse en la figura de un tiempo cíclico que recae sobre un territorio en el que las segundas oportunidades para la esperanzas se pervierten en los ríos que llevan cuerpos y en las flores que crecen mientras se entierran líderes sociales.
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Tanto Valdez como Pulido cuentan que los primeros tejidos tardaron varios meses en realizarse, pues las lágrimas y el dolor acumulado tras seis años de callar sus traumas les impedía coser constantemente. Esos primeros encuentros con las reminiscencias del desplazamiento, con la experiencia de habitar tierras ajenas y no tener un lugar dónde llorar y reconocer la muerte de sus seres queridos costaron escozor, repudio y luceros malaventurados.
“Empezamos a visitar esos lugares donde las mujeres no podían orar. La experiencia más grande fue cuando llegué a Tierra Alta, Córdoba, y conseguimos una pastora evangélica. Mataron al pastor. Duró tres meses sin hablar, sin comunicarse con alguien. Se encerró. Llegamos allá y llevamos esta terapia, estos telares. Empezamos a hablar con ella, leíamos la Palabra, y ella no quería decir cómo le mataron al esposo. Yo le dije que cosía el recuerdo de ella. Cuando empecé a coser la figura del pastor, tirado, muerto, ella me dijo: ‘No, es que él no quedó con ropa’. Y le pregunté cómo quedó y me dijo: ‘Venga’, y empezó a coser. Yo la miraba y las lágrimas caían. No hablaba todavía. Lloraba y lloraba. Yo le daba masajes en la espalda y ella lloraba mientras cosía a su esposo ahí en el telar. A los tres días la señora pidió la palabra y habló. Todo el mundo lloró cuando vio que la señora habló después de tres meses. Después, antes de irnos, la señora dio su taller explicando su tapiz. Nos abrazó, nos dio gracias. Quedó sana. Esta terapia ayuda a sanar, ayuda a perdonar. Queremos que la gente recuerde. Nosotros no vamos a olvidar a nuestros seres queridos. Pero queremos recordar sin dolor. El dolor es lo que está dañando al corazón hoy, eso es lo que daña a los seres humanos”, relató Alexandra Valdez.
Paulatinamente, quienes sobrevivieron a la violencia y quienes creyeron que era posible recuperar las raíces donde alguna vez vieron nacer a sus hijos y sus añoranzas, regresaron a Rosas de Mampuján (o Mampuján Nuevo). Desde allí observan su pasado y los senderos que conducen al Mampuján de siempre, al que pertenecen y al que se acercan con amor, gratitud y tesón. En medio de los rayos implacables del sol y del retorno del canto de las aves, los mampujanos dibujan un nuevo municipio, un nuevo porvenir. A lo largo y ancho de la tierra árida y entre las montañas donde antaño se escondieron los artífices del terror y la barbarie se erigen casas con un techo tímido, con un espacio austero, pero con una base sólida y un interior constituido por la virtud del sobreviviente.
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Los telares del Colectivo de Mujeres Tejedoras de Mampuján, que estarán hasta el 8 de abril del presente año en la Procuraduría General de la Nación, son expuestos gracias a esta entidad y la Fundación BAT. Este ejercicio de sanación se llevó en el 2015 el Premio Nacional de Paz por su compromiso con el tejido de la historia, con las memorias de las víctimas del conflicto armado en Colombia y con la reconstruccíón de sucesos que visibilizan las múltiples formas de violencia que acaecieron sobre la población vulnerable y sobre aquellos territorios alejados de las capitales que ignoraron —o siguen ignorando— el fragor de la guerra.