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Las matriarcas de Trujillo según los niños

En Trujillo (Valle), escenario de una de las más cruentas masacres de la historia reciente del país, un grupo de niños escribió la vida de las sobrevivientes a la violencia de narcos y paramilitares.

María Paula Rubiano

07 de diciembre de 2015 - 10:44 p. m.
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“Muchos creerán que es ficción y otros llorarán leyendo, pero es una realidad que se vivió en mi pueblo hace mucho tiempo, pero parece que fue ayer". Fabio Andrés Escobar escribió la primera frase de su libro. Durante varios meses, el niño de 9 años dejó de hacer las tareas y de asistir a los entrenamientos de fútbol. Lo único que quería hacer al llegar del colegio era sentarse a escribir la historia de Consuelo Valencia, una de las fundadoras de la Asociación de Familiares de Víctimas de los hechos violentos de Trujillo (Afavit).

El manuscrito de 47 páginas es uno de los 16 libros escritos por los niños del grupo infantil Jimmy García Peña que el pasado 18 de noviembre fueron premiados por el Programa Nacional de Estímulos 2015 del Ministerio de Cultura. En el Teatro Colón, frente a un público de adultos, Fabio Escobar, Alejandra Torres Lozano y Mayerli Mayorga recibieron el diploma de manos de la ministra de Cultura, Mariana Garcés. Después leyeron dos discursos y un poema.

Maritzé Trigos, religiosa y cabeza de Afavit, cuenta que la iniciativa surgió de los niños, después de que en 2014 la Unesco incluyera al libro "¡Tiberio Vive hoy!: testimonios de la vida de un mártir, Tiberio Fernández Mafla", en el Registro Memoria del Mundo. A través de cartas, relatos y dibujos, todos hechos a mano por habitantes de Trujillo, El libro narra la vida del sacerdote, la víctima más emblemática de la masacre ocurrida en el municipio entre 1988 y 1994.

“El año pasado, ellos viendo la importancia del libro de Tiberio me dijeron ‘nosotros también queremos recoger la vida de las matriarcas que llevan 25 años en la lucha’ ”, recuerda Maritzé Trigos. “El primer paso fue seleccionar a las matriarcas y a los niños del grupo que ya sabían escribir. Había varias mujeres que querían escribir y hubo que hacer hasta una rifa”. Fue el caso de Consuelo Valencia. Así, mientras Fabio Escobar escribía la historia de la jardinera del Parque Monumento, otros 15 niños entrevistaron a otras 15 mujeres sobrevivientes de la violencia y escribieron, con sus manos, aquello que habían escuchado.

La masacre dejó 235 muertos y desaparecidos. “Era una tarde cuando todo empezó”. El detonante de la violencia fue la marcha campesina convocada por el padre Tiberio Fernández el 29 de abril de 1989. En el libro de la vida del sacerdote, una niña de 10 años pintó con crayones hombres y mujeres sosteniendo pancartas blancas, amarillas, azul rey: “por la escuela”, “paz”, “amor”, “salud”, “comida”. En el centro, el padre Tiberio Fernández sostiene un megáfono. Consuelo Valencia recordó a través de Fabio Escobar que “se formó una protesta muy fuerte y los trataban como grupos al margen de la ley, el gobierno del pueblo en esa época les quitó todo lo que llevaban para vender, absolutamente todo, hasta el revuelto, los plátanos, las yucas (...)

Comenzaron a suceder cosas, muchas cosas pequeñas. Al cabo de un mes empezaron a aparecer personas extrañas vestidas de civil y les decían cosas que los intimidaba; venían a veces camuflados que no sabían si eran ejército o grupos armados al margen de la ley”. Un año después llegó el clímax del terror: en 17 días desaparecieron y asesinaron a 46 habitantes del municipio. Uno de ellos fue el padre Tiberio Fernández, cuyos restos se encontraron flotando en el río Cauca –el río de los “caraveres”, dicen los dibujos infantiles–. Como en las demás víctimas, su cabeza y sus extremidades fueron cortadas con motosierra cuando el cura aún vivía.

“Un martes lo encontraron. Yo estaba desyerbando el patio de mi casa, cuando escuché por la radio que habían encontrado al padre, a mí me dio como una alegría, porque yo pensé así como lo habían encontrado a él (sic) padre así podrían encontrar a mi hijo, al rato volvieron avisar (sic) en la radio, como en un extra, extra, que lo habían encontrado unos pescadores en el río Cauca, pero asesinado y torturado, sin cabeza, a mí me dio una tembladera, para mí esa noticia fue muy dura, sentía mucho miedo”, dice Rosa Elvira Pineda en el libro escrito por su sobrina, Miyerladi Rojas, la escritora más “vieja” del grupo, de 23 años. Ella es además de autora, la educadora de los niños en las tres tardes que van a Afavit cada semana.

El caso de Miyerladi Rojas no es excepcional. “Los niños en general son nietos o sobrinos de los que murieron”, comenta Maritzé Trigos. En Trujillo fue casi imposible aislarse de la masacre. La sevicia de los crímenes generó miedo en todo el pueblo: en quienes nunca volvieron a ver al ser querido y en quienes vieron cómo montaron a vecinos en una camioneta blanca, a veces incluso, con el sol de la mañana cayendo sobre el pueblo y a escasos pasos de la estación de Policía. Todos escucharon los rumores de que en las haciendas Villa Paula y Las Violetas, los narcotraficantes Henry Loaiza, alias el Alacrán y Diego Montoya, Don Diego, estaban torturando a los supuestos guerrilleros, guiados por un miembro del Ejército, el mayor Alirio Antonio Ureña, hoy prófugo condenado a 33 años de prisión.

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Para Maritzé Trigos es fundamental que los niños “no beban de los muertos, sino de mujeres vivas que siguen luchando”. La memoria, dice la religiosa, se construye como el relato oral desde la antigüedad: de generación en generación. “Si la última generación no habla y no escribe, la memoria se pierde”, explica. Por eso, los libros de los niños son sólo una de las formas de la memoria que Trujillo viene construyendo desde 1995, cuando el presidente Ernesto Samper reconoció la responsabilidad del Estado en la masacre, una de las primeras de los grupos paramilitares auspiciada por narcotraficantes de la región.

“Afavit empezó fue por el padre Javier Giraldo, él intercedió y luchó por esclarecer la verdad y los hechos de nuestras víctimas. Para poder reunirnos con él le tocaba esconderse, incluso hasta disfrazarse (…) con los años consiguieron una tierra donde iban a construir el parque en memoria de todas las víctimas”, recuerda Rosa Elvira Rojas en Una Rosa que no se marchita, el libro escrito por Miyerladi Rojas. Otra de las mujeres entrevistadas, Dioselina Santa, les contó a los cuatro hermanos Montoya Osorio que “sembrando jardines, barriendo nos sacaba ampollas de las manos de trabajar en el parque”.

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“Después de que colocaron el proyecto del parque nos tocaba hacer los osarios, las esculturas y rostros de nuestros familiares, también asisto a las reuniones y peregrinaciones con las hermanas que ahora lideran el proceso, Maritzé y Cecilia”, recuerda Rosa Elvira Rojas en las páginas del libro escrito por su sobrina. A pesar de que en Trujillo la masacre “oficial” ya culminó, los muertos y las amenazas siguen apareciendo: de acuerdo con el Primer Informe de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación Trujillo, una masacre que no cesa, entre 1996 y 2006 hubo 76 nuevas víctimas, a las que se sumaron más muertes, la más reciente en 2013.

Los atentados contra la memoria son también constantes: en 2008 se profanaron los restos del padre Tiberio Fernández, en la cima de la ladera donde se construyeron en 2001 las siete terrazas con osarios que constituyen el Parque Monumento. El “Muro de la sombra del amor”, al lado de los restos del sacerdote, ha sido baleado en múltiples ocasiones. Desde la peregrinación de 2014, la capilla de Afavit tiene las paredes blancas rayadas con marcador negro: “Afavit muera. Orlando, Maritze, perros hijueputas. Defensores de mierda: o se van o los picamos”. A las letras las acompañan dibujos de tumbas.

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A pesar de esto, la comunidad continúa recordando. Trinidad Páez habla en las páginas escritas por la niña de 13 años Luisa Alejandra Garzón: “He participado en muchas peregrinaciones y talleres, e incluso he ido a audiencias de El Alacrán, donde grito y exijo justicia. Y me da repugnancia cómo miente de verdad (…) a pesar de mis años me siento joven para seguir en la lucha contra la impunidad”. Como las de otras matriarcas, su voz y su lucha ya han sido fijadas en el papel, con la esperanza de que la palabra escrita no le ceda el paso al olvido que todo lo corroe.

Por María Paula Rubiano

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