Maldad masculina
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Estaba frente a una puerta cerrada. Los primeros dos agentes a los que había ido a ver me habían rechazado. De hecho, ni siquiera había pasado de la secretaria. Aquellos implacables profesionales te dejaban claro que necesitabas al menos una fotografía y un currículum para cruzar la puerta. Yo no tenía ninguna de las dos cosas.
«¿Qué es un currículum?», pensé. No tenía ni idea. Y aunque la hubiera tenido, ¿qué iba a poner? ¿«Ninguna experiencia» o «Nada que valga la pena»? Supongo que podría haber incluido el papelito que hice en El proceso de Kafka en el Ring Theater, cuando estaba en la Universidad de Miami. O mi primer papel importante en el American College de Suiza, donde interpreté a Biff en Muerte de un viajante. Un gran papel, una obra seria. Pero solo actuamos ante un centenar de personas, como mucho, y la mitad de ellas no hablaba inglés. No parecía que ninguna de esas experiencias «contara» de verdad.
Por suerte, justo en la esquina había una farmacia con una de aquellas cabinas de fotomatón que, por cincuenta centavos, te fotografiaba y luego escupía una maravillosa tira de fotos. Cuatro, en distintas poses. En la primera, miré directamente a la cámara. Luego a izquierda y a derecha. Y para la última me eché hacia delante con una mirada intimidante. Al acercarme a la lente, sin embargo, mi nariz, grande de por sí, quedó completamente deformada, de manera que parecía un oso hormiguero italiano. La mejor de toda la tira del fotomatón.
Al cabo de un momento, la tira de fotos salió por la ranura y yo pensé que ya estaba preparado para empezar. En realidad, la tira entera resultaba inquietante y, como descubriría enseguida, no servía de nada. Yo era muy consciente de mi boca torcida. Cada vez que sonreía parecía que estuviera gruñendo, así que me negaba a sonreír cuando me sacaba una fotografía. No quedaba nada guapo.
En la tercera visita del día a una agencia, la cosa fue exactamente igual que en las dos anteriores.
—¿Tiene fotos y un currículum? —preguntó aquella secretaria.
—El currículum lo están mecanografiando —dije—, pero aquí tiene unas fotos recién hechas. —Le tendí la espantosa tira del fotomatón como si fuera el regalo que ella siempre había deseado—. Si le gusta alguna, puede recortarla —añadí.
—Solo fotos profesionales, por favor —dijo ella, devolviéndomelas.
Al cabo de un momento, volvía a estar en la calle. Por Dios, ¿cómo podía ser tan ingenuo?
El último nombre de mi lista para ese día era uno bastante extraño que no voy a divulgar en caso de que aún tenga parientes vivos. Su oficina estaba en el West Side, en un edificio sin ascensor y con unos escalones torcidos cuyos clavos sobresalían a través de una alfombra andrajosa que se interrumpía de golpe en el segundo piso. A partir de ahí, solo había unos escalones de madera desnuda con las profundas muescas que, a lo largo de los años, habían dejado allí los aspirantes a actor que subían y bajaban persiguiendo sus sueños.
—Adelante —oí que decía una voz con fuerte acento alemán cuando llamé a la puerta. Entré en una oscura oficina. No había secretaria.
El agente tenía un aspecto muy raro. Un tipo completamente calvo que llevaba unas gafas diminutas en la punta de la nariz. Su mesa estaba cubierta por una montaña de guiones sobados.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Mike Stallone.
¿Mike Stallone? ¿Quién es Mike Stallone?
Al nacer, me llamaron Tyrone Gardenzio Stallone. Mi madre me puso el nombre de su actor preferido, Tyrone Power. Cuando mi padre lo descubrió, se enfadó muchísimo. Dijo que ni hablar y cambió ese nombre en el certificado de nacimiento por el de Sylvester. Se trata de la versión anglosajona de Silvestro, el nombre de mi abuelo paterno, que es como tradicionalmente se bautiza a los primogénitos en una familia italiana.
Yo agradecía no tener un nombre que rimara, como “Tyrone Stallone”, pero, si a mis ojos caídos, mi boca torcida y mi balbuceo se sumaba el hecho de llamarme como un famoso personaje de dibujos animados, el gato Silvestre, ya se puede suponer que mis años escolares fueron difíciles. Tuve innumerables altercados con otros niños. Y como fui a un buen número de colegios distintos, siempre era el “nuevo”. En cada uno de ellos, el maestro me presentaba a la clase diciendo algo así como: “Desde hoy tenemos un nuevo alumno en nuestra clase; se llama Sylvester”, y entonces se desataba el alboroto. “¡El gato Silvestre!”, decían exagerando el ceceo característico de Silvestre. Luego alguien añadía la muletilla del ingenuo compañero del personaje, Piolín: “¡Creo que he visto un lindo gatito!”. Y una vez que todos oían mi forma balbuceante de hablar, ya no paraban: “¡Sylvester el lindo gatito!”, “¿Cómo está Piolín?”, “¿Te lo has comido?”. Yo solía responder a esas preguntas con los puños, con lo cual se armaba un gran barullo y acababa castigado. Luego me expulsaban durante unos días y, al final, tras unos cuantos incidentes, me echaban del colegio.
Tras pasar por varios, decidí que lo más fácil sería evitar esa fuente de conflictos y usar un nombre norteamericano normal e inocuo: Mike. Desde entonces, había sido Mike para todo el mundo salvo para mi familia.
—Quizá pueda ayudarte, Mike —dijo el agente.
—Vale —dije. Me había pillado desprevenido. Yo estaba preparado para contarle una historia inventada sobre mi currículum y ofrecerle las fotos en miniatura que más le gustaran.
—Quizá haya una prueba en Brooklyn esta noche a las diez. Puedo quedar contigo en el andén del metro y mostrarte dónde has de ir —dijo.
—¿Cuál es el papel? ¿Qué clase de prueba es? ¿Y por qué en Brooklyn? —pregunté.
Le hice tantas preguntas en parte por mi excitación, pero sobre todo por desconfianza. Aunque fuera nuevo en la ciudad, sabía que había partes de Brooklyn muy peligrosas si no sabías por dónde andabas.
—No sé bien cuál es el papel —dijo el agente—. Te puedo llevar al apartamento del director donde se hacen las pruebas, si quieres.
Tenía que tomar una decisión. Quería el trabajo. Pero si digo que aquel tipo parecía un rechoncho vampiro en busca de su siguiente festín, me quedo corto. Dejar que me llevara al apartamento de un director desconocido en pleno Brooklyn en mi primer día oficial como actor no parecía la opción profesional ideal. Aun así, ese era el primer agente que me prestaba atención desde que había llegado a la ciudad. Aquella parecía mi primera oportunidad de verdad. Valía la pena correr el riesgo de confiar en él.
Hacia las diez de la noche, me bajé del metro en la estación de Brooklyn que el agente me había anotado. No sabía dónde demonios estaba. Había oído hablar de Brooklyn, pero nunca había estado en aquel lugar. Para el caso, podría haber sido un país extranjero. Cuando las puertas se cerraron y los vagones se alejaron, el agente se materializó frente a mí como el malvado de una película de terror. Echamos a andar hacia el apartamento del misterioso director.
Las calles estaban desiertas. La conversación brillaba por su ausencia. Recorrimos unas manzanas y nos detuvimos ante un viejo edificio de ladrillo sin ascensor. Finalmente, el agente abrió la boca.
—Bueno, aquí es —dijo.
—Vale… No parece gran cosa —dije examinando el oscuro edificio.
—Toma, este es mi número. Te llamaré mañana, o puedes llamarme tú.
—¿Usted no viene?
—No. Es un director muy bueno y le gusta analizar el potencial de la gente por su propia cuenta. Te irá bien —respondió. Luego añadió—: Apartamento 3D.
—¿3D?
—Buena suerte. Es un tipo con mucho talento. —Ese fue el último dato que me proporcionó el agente antes de alejarse.
La escalera no podía haber sido menos acogedora. Estaba pintada de color azul. Solo había tres lámparas a lo largo del pasillo del tercer piso. Llamé a la puerta del 3D. No oí pasos acercándose, pero la puerta se abrió enseguida y apareció un hombre al que llamaré Ed.
—Bueno, lo has encontrado. Estupendo.
Ed medía apenas un metro setenta y era más bien delgado. Pelo rizado a lo afro. Barbita. Dinámico. Llevaba una bata corta roja con pájaros estampados. Se me quedó mirando. Yo intenté echar un vistazo rápido alrededor para hacerme una idea de dónde estaba. El apartamento era pequeño. El mobiliario también. Oscuro y reluciente, como barnizado de negro. Aparte de eso, el lugar estaba vacío. No había nadie más. «Extraño para ser una prueba», pensé.
—¿Cómo te ha tratado Nueva York hasta ahora? —me preguntó él.
—Bien…
—¿Te apetece una copa? ¿Sake frío? Es buenísimo.
—Quizá más tarde.
—Así que quieres ser actor —dijo mientras se servía una copa.
—Sí…
No me quitaba los ojos de encima.
—No es fácil —dijo sonriendo.
—Ya lo estoy viendo.
—Siéntate. Yo siempre estoy ojo avizor para captar nuevos talentos.
Me senté. Ed se dirigió al sofá situado frente a mí. Llevaba la copa llena, así que caminaba con cuidado. El silencio entre ambos resultaba incómodo.
—Bueno, ¿qué tienes tú de especial? —dijo Ed, y soltó una risita.
—No lo sé, la verdad.
—Pero tú tienes que pensar que eres especial; necesitas toda la seguridad posible para abrirte paso en este negocio.
—Sí, estoy bastante seguro de mí mismo.
—¿Qué has hecho hasta ahora? —dijo mientras ponía en marcha un tocadiscos. Empezó a sonar una música de jazz.
—Hice una obra de teatro en Suiza.
—Eso es una novedad. «Suiza» suena exótico.
—No, solo una obra modesta —respondí mirando hacia la puerta.
—¿Nervioso?
—Estoy bien —dije preguntándome cuándo aparecerían otros actores para hacer la prueba.
—Toma un poco de vino. —Me sirvió un vasito.
—¿Estás trabajando en algo? —le pregunté.
—¡Claro! —respondió alzando su vaso—. Salud.
Estuve a punto de probarlo. Tenía la boca seca. Pero me lo pensé mejor.
—Yo siempre estoy trabajando —dijo antes de dar un trago—. Bueno, ¿qué puedes hacer? ¿Tienes algo que puedas recitarme? —preguntó.
—Recuerdo algunas cosas de la obra Muerte de un viajante. Yo interpretaba al hijo, Biff —le dije.
—¡Me encanta ese personaje! Oigamos algo —dijo—. Prueba de pie, caminando de aquí para allá.
Recuerdo que me levanté y deambulé un poco. Tenía la sensación de que estaban jugando conmigo. Notaba que me ardía la cara y que me estaba entrando el mal genio. Quería mantenerlo bajo control, porque, cuando pierdo los estribos, la cosa se pone seria. En ese aspecto me conocía bien.
—Era algo así. Biff, mi personaje, decía: «Ahora escucha, Willy. ¡Ya sabes cómo soy! ¿Sabes por qué no he tenido dirección durante tres meses? ¡Porque robé un traje en Kansas City y me metieron en la cárcel! Robé…».
—Muy bien, muy bien… ¡Brindemos por eso!
Aquello era una burla; yo era el idiota. Entonces oí algo. Un ruido. Venía de una habitación del fondo del pasillo. Del dormitorio. Yo creía que estábamos solos. Me fui hacia allí.
—¿A dónde vas? —gritó el diminuto director—. ¡Vuelve aquí!
—¡Cierra el pico!
El corazón me palpitaba. Volví a oírlo. Un tintineo de perchas. Algo se movió en el armario. Metí la mano, palpé una piel desnuda, agarré un cuello. Tiré con fuerza.
—¿Qué coño estás haciendo? —gritó Ed, que agitaba los brazos de tal manera que se le aflojó el fajín de la bata y asomaron por debajo unos calzoncillos rojos.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba un hombre semidesnudo. No dejaba de parpadear mientras sus ojos se adaptaban a la luz.
—¿¡Qué haces ahí dentro!? —dije.
—¡No es asunto tuyo, joder! ¡Llama a la policía! —le gritó a su amigo el director, que estaba histérico.
—¡Fuera de aquí! ¡Vamos a llamar a la policía!
Fulminé con la mirada a aquellos dos depravados de pacotilla y me largué.
Salí de allí con el corazón acelerado. Aquella era mi entrada a un mundo que pensaba que iba a amar. Acababa de tener mi primera «reunión» profesional desde que había llegado solo a la Gran Manzana Podrida. Encendí un cigarrillo con manos temblorosas.
Mientras iba hacia la parada de metro, empecé a serenarme. Y al subir las mugrientas escaleras del metro elevado, me dije que aquello podría haber sido mucho peor. Yo había intuido que la bebida que me había dado el director podía contener algo. Aquello podría haber acabado fatal de verdad.
Pagué la tarifa justo cuando los vagones se detuvieron chirriando en el andén. Entré en la bestia metálica y tomé asiento. Mientras el metro arrancaba e iniciaba su trayecto de vuelta a Manhattan, pensé: ‘Estoy orgulloso de ti, Sly. Estás madurando. No has cometido una estupidez que podría haber cambiado el curso de tu vida entera. Esos tipos no tienen vida; la tuya está esperándote más adelante, suplicando que la descubras’.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.