25 Nov 2020 - 4:37 p. m.

Las mil y una muertes de Maradona I (Homenaje)

Su primera muerte fue a los 17 años, cuando el técnico de la Selección Argentina lo llamó aparte después de un entrenamiento y le dijo que lo iba a dejar por fuera del plantel que jugaría la Copa del Mundo.

Fernando Araújo Vélez

Las mil y una muertes de Maradona I (Homenaje)

Diego Maradona era la gran sensación del fútbol argentino por aquellos tiempos. César Luis Menotti lo había convocado para que hiciera parte de los 25 jugadores que entrenaban para ganarse un lugar entre los 22 definitivos. Pocos días antes de que se iniciaran los trabajos finales para llegar a punto al Mundial del 78, tuvo que borrar de la lista a tres. Maradona fue uno de ellos. Con el tiempo, con las polémicas, las idas y vueltas, las declaraciones y los rumores, tomaría forma la historia, y las razones del entrenador se filtrarían. Tenía ya a varios volantes ofensivos: Norberto Alonso, Daniel Valencia, Osvaldo Ardiles, e incluso, Mario Alberto Kempes, que jugaba de delantero pero también bajaba unos metros.

Maradona diría que ese fue el momento más duro de su carrera. Era un muchacho apenas. Ni siquiera había cumplido la mayoría de edad. Sin embargo, se la tuvo que aguantar. Soportó el dolor dándole a la pelota, como antes, como desde que tenía dos años. Y siguió. Vio por televisión a la Argentina celebrar el título del mundo en el estadio de River Plate, su primer título del mundo, y explotó en gritos con los goles de Kempes y Bertoni en la final contra Holanda, y alguna lágrima de emoción se le escapó cuando Daniel Alberto Pasarella levantó la copa. Menotti le había dicho que tenía toda la vida por delante, que de cualquier manera, iba a ser el mejor del mundo. Él se imaginó con una copa así entre sus manos, como lo había hecho desde niño, cuando jugaba en las inferiores de Argentinos Juniors. Escuchó a Menotti, aunque no le importaron sus palabras y premoniciones.

Para él, la vida era plena y completa a los 17 años, sólo a los 17 años. No había largas vidas por delante ni nada por el estilo. Un año más tarde, en Tokio, levantó una copa del mundo, parecida a la de Pasarella, pero diametralmente distinta, la copa del título del mundo juvenil de 1979. Tenía el pelo corto porque había tenido que pagar el servicio militar obligatorio que había decretado la dictadura de entonces, Jorge Rafael Videla y Cía, y un rencor que sólo desaparecía cuando tocaba una pelota, pero era y seguía siendo Maradona. Movedizo, gambeteador, impredecible, zurdo, veloz, claro. En Tokio, se juntó una y mil veces con Ramón Díaz, y entre los dos, a pura pared, a puro cuento de fútbol, destrozaron a todos sus rivales. Se volvieron a encontrar tres años más tarde, en el equipo que iba defender el campeonato del mundo en el Mundial de España, 1982. Ya Maradona era el mejor del mundo para muchos.

Acababa de ser contratado por el Barcelona en medio de una transferencia de novela en la que hubo intereses de todos los tipos y colores, incluidos los de la dictadura argentina. Entonces explotó la Guerra de las Malvinas. Leopoldo Galtieri dio la orden de que el ejército se tomara las Islas Malvinas, y luego, el 2 de abril, ante el pueblo, en la Plaza de Mayo, llevado por la emoción de los hechos, por algunos tragos de whisky de más, por la locura del poder, declaró una guerra que Maradona jamás podría perdonar. La guerra fue cruenta y estúpida, como todas las guerras, y los combates y las muertes, las 649 muertes, fueron el saldo de los 74 días de odio. Sin embargo, la guerra siguió. Y el odio. No se detuvieron. La copa del 82 fue uno de sus tantos coletazos. Argentina era favorita. Maradona, su carta ganadora. En la cancha, no obstante, los favoritismos y las cartas ganadoras se esfumaron desde el primer partido, derrota ante Bélgica 1-0, y terminaron por enterrarse en la segunda ronda, ante Italia (1-2) y Brasil (1-3).

En aquel partido hubo palos, puños y bofetadas, como cantaba Rubén Blades. Maradona fue el centro de todo. Sangre, la camiseta rota, las piernas hinchadas, rabia, impotencia. Un tal Claudio Gentile lo persiguió por todo el capo del estadio de Sarriá y lo masacró. Eran otros tiempos, otras costumbres. El fútbol no era solo jugar a la pelota. Era eso, y era aguantar, y era devolver, y era caerse y ser capaz de levantarse, y era no dejarse provocar. Era jugar contra todo y contra todos, y en ese juego, Argentina perdió. Fue sepultada por Brasil, cuatro días más tarde. Diego Maradona acabó expulsado por un planchazo en la mitad del campo contra Batista, que era la síntesis de la rabia, de la derrota, del dolor: su segunda muerte. Muerto, pero con la cabeza levantada y una barba de cinco días que se había dejado como “cábala”, se retiró de la cancha silbado e insultado, “cuesta abajo en su rodada”, como decía el tango.

Pasados unos cuantos días, “y el dolor de haber sido y no ser”, se trasladó a Barcelona, donde jugó a la pelota, deslumbró por momentos, perdió, ganó, fue ovacionado, amado y odiado, repartió patadas en una final de Copa ante el rey Juan Carlos, se levantó, volvió a jugar, sufrió de una hepatitis, de una rotura de tibia y peroné y empezó a conocer el infierno. En Barcelona, Maradona fue Maradona en todo el sentido del apellido. Allí comenzó a darle significado a aquellas ocho letras. Fue Maradona en la cancha, impredecible, mágico, y fue Maradona en las noches, a punta de drogas, mujeres, música y locura. Fue Maradona cuando murió por un virus y terminó postrado en una cama, y cuando volvió a jugar, y después, en el minuto 59 de un partido anodino ante el Atlético de Bilbao, cuando Andoni Goikoetea lo cazó por detrás y le rompió pierna, y fue Maradona para recuperarse y regresar a la pelota.

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